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Felipe II, enemigos íntimos y conspiración en la corte

Jueves 18 de Agosto, 2011
Felipe II, el rey más poderoso de su tiempo y el monarca que más extensiones dominó de nuestra historia, hubo de enfrentarse, ante las dimensiones de su imperio, a enemigos muy poderosos. A la lucha contra turcos, moriscos, herejes y protestantes, se unieron los numerosos complots que en la corte española se pergeñaron contra su persona, algunos instigados por personajes de su entorno más cercano. Por: Óscar Herradón
Historia de Iberia Vieja Carlos V y Felipe II

El hijo de Carlos V e Isabel de Portugal, el monarca ilustrado en los años del Renacimiento que, rodeado de austeridad y una religiosidad exacerbada erigiría el monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial y firmaría algunos de los grandes triunfos –jalonados también de sonadas derrotas– de las armas hispanas, no tuvo lo que se dice, y como es de prever, un reinado fácil. Rodeado de un poder inconmensurable, se debatía entre graves problemas internos –principalmente las bancarrotas que asolaban a la Corona– y externos: las revueltas en Flandes, la amenaza turca del Mediterráneo, el acoso de ingleses y franceses, las discrepancias contra la Santa Sede, la herejía y los levantamientos en la Península de diferentes facciones…
Pero además, aquel que debido a su perseverancia y disposición a llevar él mismo todos los asuntos de Estado sería conocido como “el rey de los papeles”, vivió en su propia carne todo tipo de conjuras y luchas intestinas en palacio que pretendían, de una u otra manera, debilitar su figura o causarle grandes quebraderos de conciencia y que servirían a los promotores de la llamada Leyenda Negra para cebarse con su figura y convertirlo poco menos que en un tirano azote de herejes.

Tuvo numerosos detractores, no sólo protestantes, embajadores o príncipes extranjeros, también a aquellos que, ávidos de poder, y por muy fieles que se mostraran ante su señor, realizaron todo tipo de artimañas y movieron hilos en palacio, conspirando incluso con los enemigos de aquel al que debían ciega obediencia.

Hoy sabemos que Felipe II, impregnado de una devoción llevada aún más al extremo que la de sus progenitores y antepasados, persiguió con mano firme las disidencias religiosas, principalmente el protestantismo, y fortaleció, entre otras instituciones patrias, el temible Santo Oficio, pero ni fue un sanguinario ejecutor sistemático ni mucho menos el monarca más despiadado de un tiempo marcado por numerosas contradicciones: mientras el Renacimiento en las artes florecía en media Europa, las batallas se sucedían en los campos de todo el Viejo Continente. La amenaza del infiel, las guerras de religión, los conflictos con el Sacro Imperio, las complejas competencias en el Nuevo Mundo, la piratería… Problemas difíciles de resolver para un solo hombre, por poderoso que fuera.

Ni siquiera la familia más cercana de Felipe II se vio libre del estigma de la ambición por el poder, formando parte de una conjura que, de haber llegado a consumarse, podría haber causado grandes estragos a la Corona española, quizá, incluso, acabar con el derrocamiento del “príncipe de los príncipes”, algo que finalmente no pasó gracias a la intrincada red de hombres que, en la sombra, espiaban para el Rey Prudente y le ponían sobre aviso de cualquier movimiento que se gestaba en su contra tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Los enemigos de aquel en cuyo reinado no se ponía el Sol fueron muchos…

Aunque en un principio la reina británica María Tudor estaba destinada a casarse con Carlos V, una alianza entre Inglaterra y España anhelada por los embajadores españoles pero temida por franceses y por los protestantes ingleses, lo cierto es que finalmente sería Felipe II quien contraería matrimonio con la hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, trece años mayor que el primogénito del César Carlos, el 25 de julio de 1554. Aunque el tratamiento al rey consorte –que todavía no había heredado la Corona española- sería inferior a lo que requería su rango –no podría intervenir en los asuntos internos de Inglaterra–, lo cierto es que de haber tenido un heredero, la Corona hispana podría haberse hecho con el dominio de todo el Viejo Continente.

Pero María Tudor, prematuramente avejentada y muy enferma de hidropesía, murió sin haber engendrado un hijo de Felipe. La persecución que la reina católica –conocida como “La Sanguinaria” por los protestantes– llevaría a cabo contra la herejía, provocó el detonante de la Leyenda Negra que se forjaría en torno al Rey Prudente. La subida al trono de su hermana, Isabel I –hija de Ana Bolena–, protestante hasta la médula, acabaría con el viejo anhelo español, el sueño de unir Inglaterra a la Corona, a pesar de los intentos de los embajadores de Felipe II por unirle en matrimonio con la Reina Virgen, convirtiéndose el país en el principal enemigo de nuestro protagonista junto a los rebeldes flamencos. Isabel I sería la antagonista por antonomasia del segundo Felipe.

Entre los espías destacó Bernardino Mendoza. Él fue clave en la lucha del monarca hispano contra sus numerosos enemigos en las cortes europeas, especialmente contra Inglaterra. 

A partir de entonces, la obsesión de nuestro protagonista durante los años que le quedaron de vida sería la denominada “Empresa de Inglaterra”, conquistar el país y que pasara a formar parte de sus extensos dominios católicos. En las islas británicas y en Flandes el monarca español sería conocido como “el Demonio del Mediodía” y sus enemigos llamarían a Isabel la “Jezabel del Norte”, en alusión a la reina que según el Antiguo Testamento promulgó una cruzada contra el pueblo judío, fortaleciendo la herejía y el paganismo.

Entre la extensa red de espías y embajadores –ambas funciones, en el siglo XVI, se solapaban– al servicio de Felipe II, destacó por encima de todos, gracias a sus numerosos éxitos en beneficio de la Corona, Bernardino de Mendoza, sobre todo frente a su gran antagonista, Isabel I de Inglaterra. En principio, la reina inglesa estuvo de acuerdo con el nombramiento, pues había quedado muy complacida cuando en 1574 don Bernardino había ido a Inglaterra desde Flandes en una misión especial. Ante este panorama este juego de espias que se dió en la corte de Felipe II fue clave para una ganar la guerra contra Inglaterra desde la retaguardia.

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