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Felipe II, el rey cruzado

Jueves 23 de Julio, 2009
Fue el soberano de dos mundos en un tiempo de profundos conflictos políticos y religiosos. Emperador sin corona y rey de reyes, se erigió en defensor de la cristiandad enfrentándose en ocasiones a la mismísima Santa Sede. Felipe II hizo su particular lucha contra la herejía, el protestantismo y el Islam. Para ello, no dudó en rodearse de un eminente cuerpo de diplomáticos, espías y ejércitos a su servicio. Aquella fue la particular guerra santa del llamado Rey Prudente. Por: Óscar Herradón
Historia de Iberia Vieja Felipe II

En la mente de Carlos V se mantuvo siempre imperturbable la idea de un imperio unificado que fuera garante del catolicismo, amenazado por el surgimiento de nuevas “herejías”, principalmente la Reforma Protestante y las viejas amenazas de Europa, como la expansión del Islam. Obtuvo loados éxitos y grandes fracasos, aunque nadie pone en duda que, aprovechando la importante labor de sus abuelos, los Reyes Católicos, y sabiendo codearse de los mejores banqueros de su tiempo (como los Fugger, que apoyaron su candidatura imperial y financiaron sus empresas bélicas, y los Wesler), logró sentar las bases de un imperio que bajo el cetro de su hijo, Felipe II (un emperador sin corona) no vería ponerse el sol.

Pero lo que en en el césar Carlos fue la consecución natural de una política expansionista unida a una concepción responsable del poder temporal  en su primogénito se convertiría casi en una obsesión, erigiéndose en temible “martillo de herejes” de su tiempo, y en rey cruzado por antonomasia.

El reinado de Carlos V vio nacer la amenaza de Lutero cuyas ideas, tras publicar sus 95 tesis que desafiaban el poder de Roma, se expandieron como la pólvora por el Viejo Continente, convirtiéndose en una peligrosa amenaza para la estabilidad del “cristianísimo imperio”. El anglicanismo que surgió en Inglaterra tras del Cisma de manos de Enrique VIII (episodio dramático que también tuvo lugar durante su reinado), no vino sino a echar más leña al fuego ya encendido, creando un frente común, aunque complejo, que en muchos países cuestionaba el poder que tanto España como la Santa Sede representaban.

A estos importantes problemas religiosos se unía la amenaza que desde el mundo musulmán se cernía sobre el Mediterráneo, lo que obligó al Habsburgo a enfrentarse al temible Barbarroja en Túnez o al sultán turco Solimán el Magnífico; campañas dificultadas por las guerras contra Francia, curiosamente, contra el “rey Cristianísimo” Francisco I, su principal antagonista. Europa era un complejo tablero de ajedrez en el que cada pieza que se movía podía ser decisiva y también dramática para la estabilidad.

En medio de tantos conflictos religiosos y políticos se fue forjando la compleja personalidad del príncipe de Asturias, Felipe, quien se enfrentaría durante su largo reinado a las herejías de diversa índole, en ocasiones con mano de hierro, en otras, de forma más transigente, aunque sin dar tregua a quienes desafiaban el orden establecido.

Debido a las largas ausencias de su progenitor, que siempre gustaba de vestir armadura y colocarse en primera línea del frente, el pequeño Felipe fue educado principalmente por su madre, Isabel de Portugal, piadosa hasta el extremo, que le inculcó un fuerte sentido de la religiosidad y valores como el deber y el honor. 

Isabel nunca manifestó en público sus debilidades. En sus partos, rodeados generalmente de grandes dificultades, exigía que le cubriesen el rostro con un velo para que nadie pudiese apreciar su expresión de dolor; y su austeridad llegaba hasta el punto de comer sola en silencio, con tres damas arrodilladas a su mesa que le alcanzaban las viandas.

No es de extrañar que con una progenitora así y un padre que se creía elegido por la Providencia para realizar su misión de gobierno, que ansiaba unificar a toda la cristiandad bajo su cetro, emulando a personajes como San Luis o Carlomagno, Felipe II acabase por adquirir una personalidad mesiánica y una visión providencialista de la existencia, sintiéndose defensor de la fe frente a las herejías. A guisa de “nuevo Salomón” mandaría erigir el apoteósico monasterio de San Lorenzo el Real del Escorial, daría un mayor impulso a la Santa Inquisición y perseguiría con ahínco el protestantismo; pero su personalidad compleja, en ocasiones contradictoria y su forma particular de entender la fe, le llevaría a enfrentarse a la misma cabeza del catolicismo, al igual que hiciera su padre, más por motivos políticos y estratégicos que religiosos.

El reinado de Carlos V estuvo marcado por sus triunfos en el frente y sus conquistas pero también por un fatídico episodio, el saqueo de Roma.

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