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FELIPE IV, UN REY ATORMENTADO

Miércoles 23 de Junio, 2010
Pasó a la historia como el “Rey Planeta”, pero le tocó vivir una época de numerosos conflictos políticos, sociales y religiosos. Bajo su cetro el gran imperio español comenzó a resquebrajarse inexorablemente. Poeta y mecenas de grandes artistas, dejaría el Gobierno en manos de sus validos, mientras se entregaba a una vida lúdica y lujuriosa. Su reinado, lleno de claroscuros, es fundamental para comprender la posterior evolución de la Historia de España. En el libro Historia Oculta de los Reyes, se repasan algunos de los episodios más apasionantes de los reinados hispanos, por ejemplo, sobre este atormentado personaje que dirigió los designios de España. Por: Óscar Herradón.
Historia de Iberia Vieja Felipe IV

Felipe IV nació el 8 de abril de 1605, del matrimonio formado por Felipe III y la archiduquesa Margarita de Austria. El pueblo estaba ansioso de que el joven infante sucediera a su padre en el trono español, harto de su apatía e incapacidad para llevar a buen puerto la difícil situación política de España. Felipe III era un personaje que rozaba la mediocridad, asfixiado por el fantasma de su padre, el antaño glorioso Felipe II, cuya grandeza intentó emular, sin conseguirlo, sabedor de la añoranza que todos sus súbditos sentían de los gloriosos años del Imperio que, aunque muy poderoso aún, comenzaba a descomponerse bajo su cetro.

Grandes errores en todos los campos, el de mayor magnitud probablemente la expulsión de los moriscos, emulando la de los judíos dos siglos antes, que laminó la economía española –que tenía en dicho pueblo una importante mano de obra–, y la firma de tratados humillantes para evitar la guerra a toda costa, colocaron a la península Ibérica en una situación bastante delicada que se agudizaría durante el reinado del cuarto Felipe.

Felipe IV, que pasaría a la historia como el Rey Planeta, comenzó a reinar en 1621, a la temprana edad de 16 años, y en él estaban puestas las esperanzas de renovación de una monarquía que había pasado de ser “divina” en tiempos de Carlos V y Felipe II a “desastrosa”. No en vano, se convirtió en célebre la frase atribuida a Felipe II, que tanta importancia dio a los acontecimientos de tipo providencial, en la que se refiere, desolado, a la falta de capacidad para regir los grandes dominios españoles del padre de nuestro protagonista, Felipe III: “el Cielo que tantos dominios me ha dado, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos”; frase en cierto modo premonitoria, pues durante el reinado del tercer Felipe España iniciaría su imparable declive que llevaría al final de la dinastía de los Austrias españoles, que tantas glorias habían logrado como monarcas en tiempos pasados.

“El Cielo que tantos dominios me ha dado, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos”


Cuando su padre murió, y tras ceñir la corona, Felipe IV, siguiendo la costumbre de la época y en sintonía con su religiosidad en ocasiones obsesiva, se retiró al monasterio madrileño de San Jerónimo el Real a rogar por el alma de su progenitor, mientras que su esposa, la ya reina Isabel de Borbón –con la que había sido prometido Felipe desde temprana edad para sellar una alianza con la eterna potencia enemiga, Francia–, se retiró al convento de las Descalzas Reales también a orar y meditar por su difunto suegro.
A pesar de las esperanzas que tanto el pueblo como la aristocracia habían depositado en el nuevo rey como “salvador” de España, pronto éste demostró también su incapacidad para sobrellevar una carga tan pesada como era la corona española, y dejó el gobierno del país en las manos de validos, el más fuerte de los cuales sería don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares, uno de los personajes más controvertidos y relevantes de nuestra Historia. El pueblo, no obstante, desconocedor de la poca constancia y escasa voluntad de su soberano, acogió con esperanza y entusiasmo la llegada de Felipe IV al trono.

Con una innegable inteligencia que no heredaría su hijo Carlos II, aunque con una dejadez extrema que tendría nefastas consecuencias, Felipe IV fue un apasionado del teatro y la poesía –dicen que él mismo escribió versos de su puño y letra–, de la caza, los toros y los festejos y mostraba un gusto exquisito por el arte. Él fue quien dio la gran oportunidad de su vida al pintor probablemente más representativo del arte español: Diego da Silva y Velázquez, quien se convertiría bajo el mecenazgo del Rey Planeta en el pintor de cámara de la monarquía. Suyos son los retratos más importantes de Felipe IV, en los que podemos comprobar la acertada descripción de Piñuela recogida anteriormente.

Felipe IV fue un apasionado del teatro y la poesía, de la caza, los toros y los festejos y mostraba un gusto exquisito por el arte.


Felipe, como la gran mayoría de los Austrias, fue un gran mecenas y coleccionista; mostró, además, un magnífico gusto por la música y ya desde sus años de infancia participó en las representaciones teatrales que se hacían en palacio. Sin embargo, pronto mostró una desmedida afición por las mujeres de toda clase social, y asistía también a las representaciones que se celebraban en los teatros populares de Madrid, en el Corral de la Cruz y en el Corral del Príncipe, a donde iba de incógnito en busca de placeres mundanos y aventuras amorosas. En una de aquellas visitas secretas al teatro, el monarca se quedó prendado de la belleza de María Inés Calderón, conocida popularmente como “la Calderona”, quien le daría un hijo, el bastardo don Juan José de Austria, personaje que tendrá un importante papel en la política española años más tarde.

 

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