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Tras las huellas de los conquistadores

Domingo 04 de Noviembre, 2018
Cabeza de Vaca es un nombre poco mencionado cuando se habla de la Conquista de América, como si esta sólo hubiera sido desde México al Sur. No fue así. Un ejemplo es Cabeza de Vaca que hizo españoles muchos territorios del actual Estados Unidos. Eloísa Gómez

Viajera inmóvil, padecí junto con Álvar Núñez Cabeza de Vaca los avatares de sus dos aciagas expediciones al continente americano. Fantaseé con seguirle las huellas algún día, excusando en lo posible los naufragios, las hambrunas y esclavitud que refi ere en Naufragios: crónica de su expedición a la Florida desde que salió del puerto de Sanlúcar en junio de 1527 hasta que pudo regresar a la Península en agosto de 1537. Entremedias de estos diez años, el jerezano Álvar Núñez nos cuenta cómo desembarcaron al norte de la bahía de la Cruz, hoy Tampa (Florida) en abril de 1528.

Desengañados de encontrar las riquezas de Apalache y perdidas las naves, construyeron cinco barcas con el propósito de costear el golfo de México hasta arribar al asentamiento español de Pánuco (Tampico, México), cercano según el piloto de la expedición pero, en realidad, a unos novecientos kilómetros. En la navegación de cabotaje por los actuales estados de Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana y Texas los españoles solían aprovisionarse de agua dulce y comida.

Los combates con los indígenas costeños, las enfermedades y las tormentas diezmaron la expedición. Una gran ola volcó la barca de Cabeza de Vaca en la isla de Galveston (Texas) que él nombró como Malhado. No solo perdieron las pocas provisiones que llevaban, sino también la ropa y el armamento. Era noviembre de 1528 y el frío muy intenso. Desnudos y desarmados, él y tres compañeros (uno de ellos el negro Estebanico) fueron esclavizados por los indios de la costa texana durante casi siete años.

Al fin, pudieron fugarse los cuatro juntos y cruzar el río Grande o Bravo. Y, por temor a esos indios belicosos, subieron río arriba bordeando las estribaciones de la Sierra Madre Oriental para dirigirse hacia el Pacífi co, en busca del asentamiento español de San Miguel de Culiacán (Sinaloa, México). En un poblado del noroeste, los españoles sanaron a unos enfermos mediante imposiciones de manos y rezos; antes, Cabeza de Vaca había extraído la punta de una flecha que un indio tenía clavada en el pecho.

A partir de entonces, una multitud los acompañaba en su larga caminata. A Culiacán llegaron descalzos, cubiertos por una piel de venado, con las barbas hasta el pecho y los cabellos largos. Era abril de 1536, ocho años desde que desembarcaron en Tampa en busca de una quimera.

DETRÁS DE UNA QUIMERA
En el verano de 2004, durante el viaje de reconstrucción del itinerario de Cabeza de Vaca por el sur de Estados Unidos y el norte de México –del Atlántico al Pacífico–, mi marido el escritor Rubén Caba y yo tuvimos nuestra dosis alícuota de calamidades, si bien nada semejantes a las del explorador jerezano. Ni descalzos ni desnudos anduvimos por ese territorio, es cierto.

Ni frío glacial ni esclavitud. Pero también soportamos tempestades, mosquitos voraces y gazuza ocasionada por un presupuesto administrado con más cicatería que liberalidad. Tras el rastreo de los lugares donde Cabeza de Vaca sobrevivió con heroico estoicismo durante ocho años, la investigación de los personajes principales de la expedición y nuestro análisis de las enfrentadas teorías acerca del itinerario granaron en el ensayo histórico La odisea de Cabeza de Vaca. Fue una aventura desde Tampa hasta Culiacán, a lo largo de unos seis mil kilómetros, recorridos en coche, autobús y tren.

POR MAR, Y AHORA POR AIRE
En el aeropuerto de Barajas distraje el miedo a volar con la concreción de una inquietud semántica que había aflorado un día de finales de junio cuando Rubén y yo pagamos a la aerolínea norteamericana Delta los billetes Madrid-Atlanta-Tampa para el jueves 19 de agosto de 2004. La mayor parte de los que nos disponíamos a embarcar este día en el vuelo de las 11.35 hacia Estados Unidos de América éramos españoles y allí no había ni atisbo de conato de motín.

–Conque Estados Unidos de América –mascullé al mostrar mi tarjeta de embarque.

–¿Diga? –el azafato de tierra no estaba para matices en mi tono de voz.

¿Cómo es posible –pensaba camino del avión– que la diplomacia española no haya encontrado un hueco en su agenda para reclamar lo esencial?: el nombre del continente americano es una suplantación y debe ser sustituido por el de su legítimo descubridor.

Ya protestó Antonio Alcedo, un ilustrado quiteño Dieciocho: “Llámase impropiamente América por el célebre Piloto Florentin Américo Vespucio… Algunos quieren que antes lo descubriese Sancho de Huelva, arrebatado de una tempestad, el año de 1484; los ingleses dicen que en 1170 ó 1190 la descubrió un tal Madoc que, en dos viages á la Virginia, Florida, Canadá y México, llevó colonos ingleses; pero todo esto es una invención”.

Los veedores de teorías conspirativas proclaman que el nombre de América fue el desenlace de una confabulación europea contra España por parte de las potencias emergentes que le disputaban el dominio, sobre todo, en el Nuevo Mundo. También nuestra desidia nacional nos impidió litigar por el legítimo nombre que debió ostentar el cuarto continente.

La ONU debería proponer a Colombia que regale su denominación a todo el continente e instar a Estados de ascendencia española, en la segunda mitad del Unidos a modificar su nombre oficial, que pasaría a ser The United States of Colombia. Si Colombia no quisiera cambiar de nombre, los norteamericanos podrían elegir en referéndum entre los epónimos Estados Unidos de Columbia o de Cristobalia.

TODO ES CUESTION DE DINERO
Los españoles deberíamos contribuir –porfié conmigo misma–, mediante las reservas auríferas del Banco de España, a paliar el desembolso que supondría para aquel país cambiar el nombre oficial en todos sus billetes y monedas de dólar. Si lo desearan, la cara con la leyenda In God we trust (“en Dios confiamos”) podría seguir en vigor.

Y es que España ejerció su influjo hasta en el símbolo del dólar americano, inspirado en el real de a ocho, moneda española de la primera mitad del Dieciséis y precio que da Sancho a la bacía que don Quijote toma por yelmo de Mambrino. Esta moneda fue durante algún tiempo la más prestigiosa de todas las europeas. Los norteamericanos la llamaban spanish dollar. De ella copiaron las dos columnas de Hércules, fusionadas en una barra, y la banda del Plus Ultra, convertida en la S del dólar ($).

La suplantación empezó cuando en 1507 –tres años después de la publicación de Mundus Novus, relato de Américo Vespucio en busca de la ruta de la especiería– el clérigo y cartógrafo alemán Martin Waldseemüller grabó el nombre de América en un planisferio, según portulanos de españoles y portugueses.

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