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El Imperio español

Martes 20 de Marzo, 2012
La era de los descubrimientos abrió los ojos de España al mundo. El “encuentro” con las Indias, fruto en gran medida del azar, puso las bases de un Imperio –o, más bien, de una Monarquía Universal– que convirtió a este “rincón aislado del continente europeo” en una potencia hegemónica sin parangón en la historia. Pero no todo fueron luces en esta expansión sin límites, que desangró a una nación llena de contradicciones. Y es que el Imperio se forjó, esencialmente, en la guerra. Ya lo decía Felipe II: “Ninguna defensa se puede hallar para la casa propia como hacer la guerra en la ajena”. Hacia el año 1700, tras cientos de batallas, España aún gobernaba 180.000 kilómetros cuadrados en el Viejo Continente, con el control prácticamente intacto sobre las colonias americanas, que sumaban cerca de veinte millones de kilómetros cuadrados. Su músculo solo empezaría a flaquear en el primer cuarto del siglo XIX, si bien la decadencia se había iniciado bastante antes. Cuando en 1898 se perdieron las últimas colonias, el sueño iniciado en 1492 se quebró abruptamente.

Por: Alberto de Frutos
Tras la unión matrimonial entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, la conquista del reino de Granada en 1492 puso fin a la presencia musulmana en la Península después de ocho siglos. El azar de la historia, y el empeño real por llevar la religión católica allende nuestras fronteras, hicieron que ese Estado primigenio empezara a crecer desde el mismo momento de su génesis y se sentaran las bases de un Imperio de ultramar de ingentes dimensiones..

En ese mismo año, 1492, el almirante genovés –o de donde fuera…– Cristóbal Colón emprendió un viaje que daría lugar al descubrimiento “accidental” de América: su intención era alcanzar Cipango –actual Japón– cincunvalando el planeta, y, desde allí, trazar la ruta de las Indias; es decir, aventurarse hacia tierras ya viejas por sendas hasta entonces inexploradas. Con lo que no contaba aquel ambicioso navegante era con que a medio camino se toparía con un continente desconocido para los europeos...

La carrera no había hecho más que empezar, y la competencia se adivinaba feroz entre los contendientes, principalmente España y Portugal. Muy pronto, hubo que fijar las reglas del juego, y ya en 1494 el papa Alejandro VI medió entre ambas potencias para repartir los derechos de explotación sobre las tierras conquistadas. De acuerdo con el Tratado de Tordesillas, los territorios situados a 370 leguas al oeste de Cabo Verde pertenecerían a España; el resto sería para Portugal, que pudo así reivindicar su hegemonía sobre Brasil cuando, en 1500, Pedro Álvares Cabral puso el pie en ella y saludó a los humildes tupinambas y a los no menos humildes botocudos.

Se había dado carpetazo a la Edad Media.

Tras la compleja colonización de La Española, se inició la conquista de Cuba, completada por Diego Velázquez, y de Puerto Rico, esta vez por parte de Juan Ponce de León. Una vez explotadas las principales Antillas, llegaría el turno de Tierra Firme, primero con el antiguo imperio maya y más tarde con el azteca, merced al extremeño Hernán Cortés.

La conquista de México, completada en 1521 tras la rendición de Tenochtitlán, fue uno de los mayores hitos del reinado de Carlos I, quien en 1516 había heredado de su abuelo materno Navarra; Aragón con el Rosellón, Sicilia, Cerdeña, Nápoles y las Baleares; y Castilla con Canarias, Orán, Trípoli, Melilla y América. En 1519, Carlos accedió a la dignidad imperial tras la muerte de su abuelo Maximiliano.

La elección del César Carlos, último heredero de Carlomagno, para el Sacro Imperio Romano Germánico, frente a sus rivales Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra, conllevó que sobre su persona recayeran otras tantas posesiones que le inclinaron a asumir su misión como moderno “rey de reyes”, tales como la soberanía sobre el norte de Italia, de gran valor estratégico para unir los dos bloques del nuevo Imperio, o las posesiones habsbúrgicas de Austria, tierras que se sumaban al Franco Condado, Flandes o los Países Bajos, el cual había recibido en herencia su padre, Felipe el Hermoso, en 1482, catorce años antes de su matrimonio con Juana la Loca.

El carácter de los conquistadores, y su afán de riquezas sin límite, hizo que estos se fueran desplazando a latitudes cada vez más meridionales. En 1533, Francisco Pizarro culminó la conquista del imperio inca –actual Perú–, con la toma de su capital, Cuzco. Al igual que había sucedido con el imperio azteca, el imperio inca sufría a la sazón una epidemia de viruela, lo que facilitó la “tarea” a los aventureros españoles.

Desde el punto de vista económico, cabría pensar que la flamante incorporación de territorios atiborró las arcas de la metrópoli. Las riquezas que se extraían de las minas del Potosí arribaban a la Casa de Contratación de Sevilla, verdadera capital del mundo, todo un almacén de tesoros que se trasladó a Cádiz bajo el reinado de Felipe V. En este sentido, durante los siglos XVI y XVII el historiador E. Hamilton estima que el flujo de metales preciosos alcanzó la cifra de 181 toneladas de oro y 16.900 toneladas de plata. Sin embargo, la política en extremo belicista de Carlos I y de su heredero hizo que estos beneficios se dilapidaran con rapidez, hasta el punto de que el Estado tuvo que declarar una bancarrota en 1557, solo un año después de que Carlos I abdicara en su hijo. El apoyo de los principales banqueros de Europa se hizo imprescindible para costear la maquinaria de un Estado que más parecía un pozo sin fondo.

Los esfuerzos por imponer la religión católica en las regiones protestantes del norte de Europa, así como las campañas en el norte de África contra los musulmanes, fueron causantes, en gran medida, del rápido vaciamiento de las arcas españolas. Defender la nación de sus enemigos no salía gratis. Mientras los piratas berberiscos amenazaban las posesiones españolas en el Mediterráneo, Inglaterra y Francia causaban estragos de puertas para adentro.

Felipe II se vio obligado a declarar sucesivas suspensiones de pagos en 1576 y 1596, lo que prueba que los beneficios obtenidos de las Indias no se gestionaban bien, pese a la notoria labor del Consejo de Indias, creado en 1524 para gestionar los asuntos de las Américas. Además, tal como apunta Antonio Miguel Bernal en España, proyecto inacabado (Marcial Pons, 2005), “los gastos de las flotas y las armadas, aunque solo en parte asumidos por la Corona, hacia fines del siglo XVI, pese a coincidir con uno de los momentos culminantes de la llegada de oro y plata, apenas si eran compensados con la cantidad de las remesas correspondientes al Estado”.
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