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Los inicios del rey Felón

Martes 21 de Agosto, 2018
Fernando VII ha pasado a la Historia como uno de los peores monarcas de nuestro país. Su traición al progreso y al liberalismo tras la invasión napoleónica pese a la ilusión con que el pueblo español esperaba su regreso al trono, supusieron una de las más graves desilusiones en la España del siglo XIX. Décadas antes el príncipe Fernando era la gran esperanza de la nación. Emilio la Parra

El 30 de mayo de 1789, Carlos IV ordenó a las treinta y siete ciudades representadas en Cortes que nombraran diputados para prestar el juramento al que estaban obligados “al Príncipe D. Fernando, mi muy caro y muy amado hijo”. El acto se anunció para el 23 de septiembre en la iglesia del Convento Real de San Jerónimo de Madrid, “conforme a las leyes, fueros y antigua costumbre de estos mis reinos”.

En ese mismo lugar se había jurado a Carlos IV como heredero de la corona en julio de 1760. Tras su proclamación como rey , celebrada en la corte el 20 de enero de 1789, poco más de un mes después del fallecimiento de su padre, Carlos IV daba ahora el paso siguiente para cumplir el ritual establecido en la transmisión de la corona.

El juramento del heredero, titulado príncipe de Asturias desde el siglo XIV en el reino de Castilla, era una de las ceremonias de mayor tradición y relevancia en las monarquías europeas, pues simbolizaba la continuidad de la dinastía. En España alcanzó especial signifi cación, porque a diferencia de Inglaterra o Francia, aquí no se celebraba el acto de la coronación y consagración del rey. Los reyes españoles no eran coronados, ni portaban corona (la corona real sólo aparece en las pinturas como un atributo más del monarca), sino jurados.

De acuerdo con la etiqueta borgoñona vigente desde el tiempo de los Austrias, la jura debía ser pública. Era una ceremonia notoria, revestida de la máxima solemnidad, que requería la presencia de testigos, los cuales validaban con su testimonio cuanto habían presenciado. Con el fin de dejar memoria de lo ocurrido y de quienes allí estuvieron se levantaba acta escrita, en la que se consignaban en listas interminables el nombre y calidad de los asistentes.

Por esta razón se convocaban Cortes y se llamaba a la nobleza y al clero. Eran los testigos y los representantes del reino quienes, por ser súbditos del rey, tenían obligación de jurar a su heredero.

CONVOCATORIA DE CORTES
La apertura oficial de las Cortes tuvo lugar el 19 de septiembre de 1789 en el Palacio Real. Carlos IV se presentó ante los diputados de las treinta y siete ciudades de Castilla y de la antigua Corona de Aragón con derecho de representación, más los de Madrid, sede de la corte real, para advertirles que además de jurar a su hijo Fernando, se dispusieran a tratar “varios negocios si se propusieren y pareciese conveniente resolver”.

Esta última era una expresión empleada tradicionalmente en la convocatoria de Cortes, que no suponía la deliberación sobre asuntos diferentes a la jura del príncipe de Asturias. Es más, las convocadas a lo largo del siglo XVIII lo fueron exclusivamente para jurar al príncipe heredero. Pero no fue este el caso.

Una vez que se retiró el rey, el conde de Campomanes, presidente de las Cortes, comunicó a los diputados el deseo del soberano de que se tratara de la ley de sucesión a la corona y otros puntos, referidos, según se especificó más tarde, a la acumulación de mayorazgos en una sola mano, el incremento de cultivos y la posibilidad de cercamiento de propiedades para evitar la falta de pastos; es decir, medidas reformistas muy acordes con el espíritu ilustrado.

Declaradas formalmente constituidas, las Cortes continuarían sus sesiones –anunció Campomanes– en el salón de Reinos del palacio del Buen Retiro. Antes del comienzo de las sesiones de Cortes, y en vísperas del juramento del príncipe, tuvo lugar la entrada real en la ciudad. Consistía en una procesión cívica en la que participaba el rey, su familia y los cargos más relevantes de la corte, destinada a dar a entender que el monarca tomaba posesión de la ciudad y ésta, a su vez, reconocía la soberanía de su rey y lo aclamaba. Era, pues, un gesto de poder y una forma de asentar el orden monárquico.

El 21 de septiembre, a las cinco y media de la tarde, las carrozas que formaban la carrera de los reyes salieron del Palacio. La aparatosa comitiva recorrió las calles de la Almudena, Mayor, Puerta del Sol, Alcalá, Paseo del Prado, Jardín Botánico y Atocha; por la plaza Mayor retornó a palacio. Precedía la procesión una carroza que simbolizaba la villa de Madrid, representada por el corregidor y cuatro regidores, seguida  por la Real Compañía de Alabarderos y tres escuadrones de las compañías de guardias de corps –cuerpo militar encargado de la escolta de las personas reales–, los mayordomos del rey en cuatro forlones de a cuatro mulas, timbales y clarines de las reales caballerizas, los gentilhombres de cámara en ejercicio en diez berlinas de a cuatro mulas, altos servidores de palacio y una gran carroza de respeto adornada con esculturas de madera.

Seguía la carroza de los reyes, tirada por ocho caballos, precedida por cuatro cadetes de corps, los volantes y lacayos del rey, los veinticuatro caballeros pajes del rey, los caballerizos de campo a caballo, más veinte guardias de corps y dos trompetas. Luego, la carroza del Príncipe de Asturias, acompañado de su teniente ayo (el mariscal de campo Juan del Río Estrada), con seis caballos, dos cocheros y varios lacayos y guardias de corps.

A continuación las carrozas de las infantas María Amalia y María Luisa, hermanas del Príncipe (la otra hija de Carlos IV, Carlota Joaquina no estaba presente en Madrid), la del infante don Antonio, hermano del rey, y la de la infanta doña María Josefa. Cerraban la marcha la carroza de la camarera mayor de la reina, tres coches dorados con sus damas, dos con las señoras de honor, otros dos de prevención con sirvientes, la compañía italiana de Corps y las compañías de reales guardias de Infantería Española y Valona.

El cortejo realizó dos paradas. La primera, en la iglesia de Santa María la Mayor o de la Almudena, el templo más antiguo de Madrid, hoy desaparecido, donde se cantó un tedeum y dio su bendición el arzobispo de Toledo, cardenal Lorenzana.

La segunda, en el Jardín Botánico, donde con cánticos y hachas de cera en la mano recibieron a los reyes, a un lado, doscientos ocho niños y niñas de entre siete y doce años, elegidos por sorteo en las escuelas de caridad para vestirlos, dotarlos y protegerlos en memoria de este día; a otro lado, noventa niñas vestidas por los Cinco Gremios Mayores de Madrid. A todos estos niños se les obsequió con una cena costeada por el conde de Floridablanca, secretario de Estado de Carlos IV.

UNA ILUSTRE CEREMONIA
El 23 de septiembre se celebró la jura del príncipe de Asturias. Los reyes y su familia se dirigieron al palacio del Retiro, de donde pasaron a la iglesia de San Jerónimo precedidos de cincuenta y un grandes de España, treinta títulos de Castilla y los diputados a Cortes.

El templo estaba adornado con telas de seda bordada con brillantes guarniciones de oro. En un tablado levantado en la grada del altar mayor, que abarcaba toda la extensión del crucero, se dispusieron los asientos de la familia real. Los reyes quedaron situados en el lado de la epístola, bajo dosel, y junto a la silla de la reina, una de brazos para el príncipe Fernando; en el lado del Evangelio, trece arzobispos y obispos y el cardenal patriarca de las Indias, Antonio Sentmenat; detrás de ellos los miembros de la Cámara de Castilla y tras éstos,os mayordomos del rey.

En la nave del templo se habían dispuesto bancos destinados a la nobleza y a los procuradores en Cortes. En una tribuna, al lado del Evangelio, se ubicó a las infantas y en otras, más elevadas, a los miembros del Gobierno y a los de los consejos, así como a los embajadores y ministros extranjeros. Finalizada la misa, los asistentes escucharon de rodillas el canto del Veni Creator Spiritus. Acto seguido, el arzobispo primado se sentó ante una mesa colocada en el altar mayor.

El rey de armas más antiguo, esto es, el servidor de palacio encargado de las ceremonias, hizo el llamamiento a la jura: “tendréis realmente y con efecto a todo vuestro leal poder a dicho Serenísimo y esclarecido príncipe D. Fernando por príncipe heredero de estos reinos durante la vida de Su Magestad, y después de ella por vuestro rey y señor natural, y como tal le prestáis la obediencia, reverencia, sujeción y vasallaje que le debéis”. El infante don Antonio fue el primero en realizar el juramento.

Le siguieron los obispos y nobles, y cerraron los diputados. Tras pronunciar el juramento, cada uno besó las manos del rey, de la reina y del príncipe. Finalizados los juramentos, el secretario de la Cámara de Castilla, Manuel de Aizpun y Redin, preguntó al rey “si aceptaba como Rey y Señor natural de estos reinos y legítimo sucesor de ellos, y en nombre del Serenísimo señor Príncipe D. Fernando su hijo, el juramento y pleito homenaje y todo lo demás ejecutado en este acto en favor de S.M. y del Serenísimo Príncipe”. El rey dio su asentimiento. El acto fi nalizó con un tedeum. Había anochecido cuando el rey regresó a palacio. Al día siguiente de la jura se celebró en la plaza Mayor una corrida de toros, con asistencia de los reyes y su familia.

También se hizo un simulacro de batalla entre ejércitos mandados por generales, entre otros el duque de Crillon, el príncipe de Castelfranco, Ventura Escalante y el conde de Campo Alange. Los festejos se prolongaron con luminarias, bailes, refrescos y cenas en las casas de nobles y embajadores extranjeros, cuyas fachadas, como otras muchas, estaban suntuosamente engalanadas para la ocasión. Todo lo vivieron con entusiasmo y gran regocijo los habitantes de Madrid y el numerosísimo gentío que acudió a la ciudad para presenciar el acontecimiento. Se calculó que llegaron unos sesenta mil forasteros.

FIESTA POR TODO LO ALTO

Desde el 19 de septiembre, fecha de la reunión de los diputados a Cortes para acreditar sus poderes en la residencia del conde de Campomanes, hasta el 24, la ciudad vivió seis intensos días de fi estas y ceremonias vistosísimas.

El ritual seguido para la transmisión de la corona estuvo organizado hasta el detalle de acuerdo con normas estrictas heredadas de la tradición, porque era esencial dar a entender la raigambre histórica de la monarquía; por esta razón se siguió el empleado en la jura del príncipe Baltasar Carlos en 1632.

El ceremonial creó un sentimiento de “comunidad” entre los reyes y sus súbditos. Durante unos días convivieron en el mismo espacio público la cultura de la corte y la cultura urbana sobre la base de unas mismas convicciones religiosas. Los participantes en el rito reconocían su respectivo lugar y sus competencias de acuerdo con las jerarquías y estructuras de poder establecidas. En consecuencia, el espectáculo no fue sólo una expresión del poder real, una forma de anunciarlo, de decirlo, sino también una manera de perpetuarlo. El futuro de la corona española estaba asegurado en la persona del príncipe Fernando de Borbón, a punto de cumplir los cinco años de edad.  

Heredero a la corona con un mes
FERNANDO había nacido en el Palacio Real de El Escorial el 14 de octubre de 1784. Ese mismo día fue bautizado. Recibió el nombre de Fernando María, seguido, como era costumbre, de muchos otros hasta veintitrés, los de santos a los que Carlos IV profesaba especial devoción: Francisco de Paula, Domingo, Vicente Ferrer, Antonio, José, Joaquín, Pascual, Diego, Juan Nepomuceno, Genaro, Francisco, Francisco Javier, Rafael, Miguel, Gabriel, Calixto, Cayetano, Fausto, Luis, Ramón, Gregorio, Lorenzo y Jerónimo. Otros hijos del monarca llevaron asimismo estos nombres en distinto orden.

En el momento de su nacimiento Fernando era el tercer varón en la sucesión a la corona. Le precedían sus hermanos gemelos Carlos y Felipe, ambos nacidos trece meses antes, el 5 de septiembre de 1783. Tres días después de venir al mundo Fernando, falleció Felipe, y un mes más tarde, Carlos. En consecuencia, a partir del primer mes de su existencia, Fernando pasó a ser el heredero de la corona. Su jura como príncipe de Asturias dejaba resuelta formalmente la sucesión.

En la práctica, sin embargo, esto no era tan evidente. Todo dependía de su supervivencia y de la de su hermano Carlos María Isidro, los dos hijos varones del rey, pero cualquier vaticinio sobre el particular resultaba aventurado. El primero era de naturaleza enfermiza (en la partida de confirmación, febrero de 1788, se dice que “estaba gravemente enfermo y de algún peligro”) y el segundo contaba sólo año y medio en 1789, y a la vista de los antecedentes familiares, pues los cuatro varones que les precedieron habían fallecido antes de cumplir los tres años de edad, no se podía dar nada por seguro.

a supervivencia de las tres niñas nacidas antes que los mencionados infantes, sin embargo, parecía mucho más garantizada: en 1789 Carlota Joaquina contaba catorce años de edad, María Amalia, nueve, y María Luisa, siete. 

Su primer maestro
LA INFANCIA del príncipe Fernando transcurrió en el ambiente acusadamente absolutista de la corte española, sometido a una estricta etiqueta, a un horario riguroso y a la vigilancia atosigante de su madre, la reina María Luisa. No recibió una educación brillante, ni sus maestros fueron los hombres de mayor mérito del reino para desempeñar su cometido, pero ni aquélla fue desdeñable, ni éstos carecieron de aptitudes.

El preceptor inicial de Fernando, esto es, el encargado de enseñarle las primeras letras y la gramática latina, fue el escolapio Felipe Scio de San Miguel, hombre culto que había realizado viajes de estudios por Francia, Alemania e Italia y llegó a palacio precedido de fama de gran pedagogo. Había aplicado el entonces prestigioso método del Colegio Calasancio de Roma en los establecimientos de enseñanza de su orden en Castilla, considerados los de mayor solvencia en la educación infantil tras la expulsión de los jesuitas.

Su traducción de la Biblia del latín al castellano le valió el elogio de quienes deseaban renovar la religiosidad en España tomando como guía las sagradas escrituras y la doctrina de los padres de la Iglesia y, al mismo tiempo, le supuso no pocas críticas por parte de los defensores de la Iglesia tradicional. En la segunda edición de su traducción de la Biblia (1794), incluyó una larga dedicatoria al príncipe Fernando en la que, además de instarle a guiarse por los principios de las sagradas escrituras, le exhortó a actuar como el príncipe y mártir san Hermenegildo, “el cual, renunciando al cetro y la vida, ofreció al cuchillo su garganta para no abandonar la verdad de los divinos libros, verdad que le hizo comprender el esclarecido Obispo y Doctor San Leandro”.

Felipe Scio había sido designado preceptor de los infantes en 1780 por el conde de Floridablanca, entonces secretario de Estado de Carlos III. Al nacer Fernando, aparte de sus dos hermanos gemelos, pronto fallecidos, vivían tres hijas del rey: Carlota Joaquina, de nueve años, María Amalia, de cinco, y María Luisa, de dos, de manera que la tarea del escolapio se centró en la educación de la primera, según todos los testimonios con gran éxito.

Fue muy celebrada la solvencia con que Carlota Joaquina superó unos exámenes, al parecer muy duros, a los diez años, en vísperas de contraer matrimonio con don Joâo. En 1785 Felipe Scio acompañó a la infanta a Portugal, y aunque nominalmente siguió fi gurando como preceptor del príncipe, esta función la continuó su hermano Fernando, religioso de la misma orden. Felipe viajó con frecuencia a Madrid, por lo que cabe pensar que, a pesar de su ausencia, la educación del príncipe quedó en última instancia bajo su responsabilidad. En 1794 regresó a España y ejerció como preceptor único del príncipe de Asturias hasta el verano de 1795. 

Un polémico –y desconocido– mentor: el obispo Cabrera

EN 1791, siendo canónigo de Badajoz, Cabrera ingresó en la Orden de Carlos III, al año siguiente se trasladó a la corte en calidad de predicador real y en 1795, como ha quedado dicho, sustituyó a Felipe Scio como preceptor del príncipe. En agosto de ese mismo año había sido preconizado obispo de Orihuela y en 1797 lo fue de Ávila.

Falleció en 1799 sin haber pisado el suelo de ninguna de las diócesis de las que fue ordinario. Esta carrera eclesiástica y la sorprendente ausencia de sus sedes episcopales, que gobernó a través de un canónigo de las respectivas catedrales, han inclinado a ciertos estudiosos a restar méritos a Francisco Javier Cabrera, rebajándolo a la categoría de la turba de mediocres de los que, al decir de algunos, se rodeó Godoy. Sin duda, Cabrera fue un clérigo cortesano, pero no uno cualquiera.

Paula de Demerson lo incluye entre los integrantes del círculo de la condesa de Montijo, grupo de los más infl uyentes de la Ilustración española a fi nales del siglo XVIII, al que también pertenecía Jovellanos (en la imagen), partidario de la extensión de la educación y de la benefi cencia a todas las clases sociales y de una reforma en profundidad de la Iglesia española. Cabrera podría ser considerado próximo al “jansenismo”, etiqueta con que se tildó entonces a quienes, como los mencionados, propugnaban eliminar riquezas y el aparato externo de la Iglesia para centrar la actividad de los eclesiásticos en la pastoral (la cura de almas), el ejercicio de la caridad cristiana y el cumplimiento riguroso de las normas morales.

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