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La Inquisición contra el inquisidor Bartolomé Carranza

Martes 20 de Noviembre, 2012
Durante el reinado de Felipe II, paladín hispano de la Contrarreforma y fervoroso católico, impulsor de la Inquisición, tuvo lugar un proceso que convulsionó, paradójicamente, los mismos cimientos de la Iglesia española, en el que el principal inculpado sería nada menos que Bartolomé Carranza, Arzobispo de Toledo y primado de España, uno de los miembros más importantes de la Curia. Un caso rodeado aún hoy de múltiples sombras. Por: Óscar Herradón
Quien alcanzaría las más altas cimas del poder eclesiástico en la España del Imperio para acabar siendo juzgado como un mísero hereje, nació en la localidad navarra de Miranda de Arga en el año 1503. Era hijo de Pedro Carranza, según los documentos sobre su linaje, “hombre hijodalgo y de limpia sangre”, algo no poco relevante en unos tiempos de persecución al judaísmo sin contemplaciones.

Muchacho de avivado ingenio y dotes para la educación, según los cronistas, en 1515, con doce años de edad, logró ingresar en el colegio de gramáticos de San Eugenio de Alcalá de Henares gracias a la tutela de su tío, el doctor Sancho Carraza de Miranda, magistral de Sevilla, donde comenzó sus estudios de latín. Tres años después ingresó en el colegio de Santa Catalina, donde recibió estudios dos años bajo la dirección de Andrés de Almenara. Con tan solo 16 años, ingresa en la Orden de Santo Domingo y en 1520 ya tomó el hábito dominico en el monasterio de Venalac (en la Alcarria), dando, durante su año de noviciado, “muestras de buen religioso”, formándose en diversas disciplinas.

En 1525 ingresaría en el colegio de San Gregorio de Valladolid, cuyos estatutos juraría el 19 de agosto de 1525. Una vez concluidos sus estudios, comienza su docencia en el mismo centro, donde coincidiría con otro importante personaje de la Iglesia española, Melchor Cano, quien acabaría convirtiéndose en uno de sus más enconados enemigos y en acusador en su causa, como después podrá comprobar el lector.

En 1530, Carranza, que ascendía como la espuma, fue nombrado regente de un curso de artes; en 1533, lo sería en teología por orden del obispo de Málaga, Fray Bernardo Manrique, uno de sus protectores, y en 1534, regente mayor y consultor de los negocios de la Inquisición –siendo censor o calificador-, la misma institución que primero defendería y luego se erigiría en su principal quebradero de cabeza.

En 1539 viajaría a Roma, centro del catolicismo, para asistir al capítulo general de su Orden, recibiendo en la hermosa basílica de Santa María sopra Minerva el grado de maestro en teología por orden del pontífice Paulo III. Ese mismo año, corriendo el mes de septiembre, regresó a España y a su colegio de San Gregorio, donde continuaría dando lecciones hasta 1545, explicando la Summa de Santo Tomás con agudeza y la Sagrada Escritura, mientras realizaba importantes labores caritativas con la comunidad.

Durante más de veinte años, se erigió en defensor de la labor de la Inquisición, respondiendo a las consultas del Santo Oficio sobre diversos casos, llegando a predicar en el auto de fe en que fue quemado Francisco de San Román. Además, se le encargarían muchas calificaciones y censuras de libros.

En 1545, fue enviado como teólogo al célebre Concilio de Trento por el propio emperador Carlos V, junto a Fr. Domingo de Soto y el Doctor Velasco, oidor de la Chancillería de Valladolid. Allí pasaría desde el 46 al 48 defendiendo con rigurosidad el sentido católico. Fue en aquellos tiempos cuando comenzó a escribir y publicar textos eclesiásticos, en concreto dos obras canónicas: una Summa o compedio de las actas de los concilios, impresa en 1546 en Venecia y una Controversia de necessaria residentia personali Eìscoporum. Aquel texto, demasiado severo, no gusto a algunos, granjeándose Carranza algunas enemistades.

Suspendido el Concilio, regresó a su país en 1548, siendo elegido prior del convento de Palencia en abril, lugar donde pasaría cerca de dos años. Mientras tanto, se negaba tenazmente a las numerosas instancias que el Emperador y su hijo, Felipe II, le hacían para que fuera confesor suyo, rehusando incluso la mitra de Canarias en 1550, algo que ya había hecho años atrás con la de Cuzco.

En el mismo año, fue elegido provincial de su Orden por el capítulo de Santa Cruz de Segovia y en 1551, reabierto el Concilio de Trento? Se encargó del examen y la expurgación de libros. Entonces llegaría uno de los momentos más relevantes para su carrera eclesiástica.

Sin duda fue uno de los hombres más ilustres y relevantes de los primeros años de reinado del segundo Felipe. Cuando se concertó el matrimonio entre el hijo de Carlos V y la reina inglesa María Tudor, hija del anglicano –y tiránico– Enrique VIII, con la intención de unir la monarquía más poderosa de su tiempo con las islas británicas –un ambicioso plan que finalmente fracasaría tras la muerte de la Tudor–, Carranza formó parte del séquito de Felipe II que viajó hasta Londres. Allí el primado desempeñaría una labor de gran importancia para el avance del catolicismo. Al parecer, tenía dos misiones que cumplir: erradicar las creencias protestantes en la mayor medida posible en un país que había renunciado con el anterior monarca a la potestad vaticana, y conseguir la recuperación de los bienes eclesiásticos de las comunidades religiosas católicas que fueron embargados por la Corona y la vuelta a las islas de las órdenes monacales expulsadas por Enrique y su hijo Eduardo VI, muerto a la temprana edad de 15 años de tuberculosis.

María Tudor, hija de la española Catalina de Aragón y ferviente católica, apoyó el objetivo de Carranza, quien contribuyó a que se admitiese al cardenal Reginald Pole, legado de Julio III, que ocuparía el cargo de arzobispo de Canterbury y primado de Inglaterra; labor que el navarro cumplió notablemente, consiguiendo la devolución de las tierras, bienes y privilegios a muchas iglesias y monasterios.

Predicaba con frecuencia en la capilla real de Londres, un privilegio reservado a muy pocos, y menos a un extranjero, y su lucha contra los herejes luteranos fue incansable, lo que le granjearía, entre los círculos protestantes que tenían gran fuerza en Inglaterra, el sobrenombre de “el monje negro”, debido al hábito de ese color que siempre vestía. Su insistencia en que fuese ejecutado el arzobispo Thomas Crammer hizo el resto.

Mientras el Rey Prudente retornó a Flandes en septiembre de 1555, Carranza continuó por orden de este en Inglaterra, continuando su labor de persecución y expurgación de libros heréticos. En 1527, por orden expresa de la reina María, visitó la Universidad de Cambridge, donde destruyó y quemó un ingente número de textos heréticos y biblias inglesas.

Carranza permaneció en las islas desde julio de 1554 a julio de 1557, cuando se trasladó a Flandes por un periodo de un año, predicando en la capilla real y de nuevo realizando indagaciones contra los herejes y destruyendo libros. El futuro arzobispo se enorgullecía de haber hecho “más que ninguno de todos los de su profesión” en el descubrimiento de los herejes, dando al segundo Felipe una lista con los datos de todos los que habían conseguido huir del foco luterano de Sevilla. Parecía impensable, por aquel tiempo, que él pasara a engrosar con letras de oro la lista de los heterodoxos hispanos.

La carrera de Carranza, hombre de absoluta confianza primero del Emperador y más tarde de su heredero, hizo que, muerto en 1557 el arzobispo de Toledo, Juan Martínez Silíceo, fuera recomendado para el puesto de arzobispo de Toledo, algo a lo que intentó negarse hasta tres veces –a pesar del privilegio que entrañaba–, pero no pudo finalmente rechazarlo.
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