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Las misiones jesuitas de América

Lunes 22 de Febrero, 2010
En la confluencia de Argentina, Brasil y Paraguay, un rosario de antiguas misiones religiosas salpica el territorio. Hoy portentosas y enigmáticas ruinas, hubo un tiempo en que acogieron la convivencia pacífica entre dos mundos, escenario donde, tanto indígenas como jesuitas, trataron de hacer realidad una quimera.
Texto y fotos: Gabriel Muñiz / Paisaje Humano

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El cine y la literatura, sin olvidarnos de la historia, sensibilizaron nuestra imaginación con apasionantes relatos del encuentro de los dos mundos. En realidad deberíamos hablar de desencuentros, o al menos de encuentros no exentos de dramatismo, presididos por la aprensión, la sospecha y el miedo. Por eso los jesuitas salieron al paso del indígena guaraní con la mejor de sus embajadoras, la penetrante e hipnótica música surgiendo de una flauta y un violín.

Que aquel contacto de civilizaciones se materializara en una relación fructífera dependió, no obstante, de otros muchos factores ajenos a lo más o menos novelesco del encuentro. La confluencia de caracteres, de expectativas religiosas e intereses de subsistencia, condicionó el éxito de la futura convivencia en paz..

En este sentido, y ante todo, el desafío encarnado por las misiones consistió en sacudirse el yugo etnocéntrico que lastraba a los jesuitas y a los indígenas. Sólo mirando bajo la perspectiva de ambos pueblos, fijándonos en sus prejuicios respecto al otro, podremos hacernos cargo del milagro social que comportaron las misiones.
LOS HOMBRES VERDADEROS
Ya con anterioridad al Descubrimiento de América, esporádicos contactos con tribus remotas del orbe eran reportados por comerciantes y misioneros. Aquel acopio de información, sin embargo, no fue aprovechado científicamente; más bien se trató de una ocasión perdida en cuanto a la comprensión objetiva de las capacidades humanas. Salvo honrosas excepciones los estudiosos de la época, lejos de construir un corpus antropológico riguroso, siguieron interpretando la realidad guiándose por la tradición científica clásica y su moral. El resultado, desde aquel punto de vista, no podía ser otro que preguntarse única y exclusivamente por los métodos necesarios para corregir las hipotéticas carencias del indígena.
Las palabras del hispanista John H. Elliot al respecto resultan esclarecedoras. En su obra “España y su Mundo, del 1500 a 1700”, Elliot dice que nuestros misioneros supieron acumular sobre el terreno, como auténticos científicos, datos referentes a rituales, costumbres y creencias de los indígenas, información que era enviada a España para su exposición en el Consejo de Indias o para su consideración en los concilios eclesiásticos. Argumenta, sin embargo, que aquella información se utilizó únicamente con fines utilitaristas, bajo el prisma de superioridad de la civilización cristiana. A través de este conocimiento, las altas instancias eclesiásticas no pretendieron otra cosa que doblegar al indígena, provocando, ya en origen, cierto enfrentamiento entre las órdenes religiosas por sus respectivos intereses misionales. Es verdad que el misionero buscaba la salvación de las almas, incluso defender la voz de los indígenas, pero todos sin excepción combatieron sus creencias ancestrales tachándolas de idolatría.

No deberíamos quitar mérito al ímprobo esfuerzo que supuso sacudirse, aunque fuera en parte, aquella visión lastrada por lecturas religiosas y antropológicas infranqueables. Una cuestión capital del etnocentrismo fue la elevación del indígena no sólo a la categoría de “hombre verdadero”, sino a la de hijo de Dios. Como bien decía Elliot en su libro, la diferenciación entre racional e irracional estaba vinculada a la diferenciación entre lo cristiano y lo pagano. La falta de lengua escrita, la vida nómada o la ausencia de propiedad, se veían como los síntomas evidentes de una patología: la ausencia de civilización y la animalidad. Partiendo de estos razonamientos axiomáticos, eran meras hipótesis cuestiones tan trascendentales como que el indígena descendiera de Adán, obligando a replantearse la lectura del mismo Libro del Génesis. El dilema quedaría zanjado con la Bula dictada por Pablo III en 1537, por la cual los indígenas debían considerarse como hermanos propensos a recibir la auténtica fe.

Con todo, la experiencia de los misioneros en el trato con los indígenas estaría plagada de dudas. En cierto modo, la rémora de ver al otro como un ser inferior, nacido para la servidumbre, impregnó la convivencia desde la fundación de las primeras misiones. En el mejor de los casos, el indígena fue tratado como un niño cuya mente era tabula rasa, sobre la que se podía reescribir la nueva fe sin reparar en costumbres ni creencias heredadas. Por eso, según concluía Elliot, los misioneros cayeron pronto en el desencanto al ver que los indios conversos reincidían una y otra vez en su visión ancestral del mundo, dando lugar a un paternalismo extremo de los religiosos, paternalismo inspirado “más por el temor que por amor y ayuda sincera
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