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¿Quién era La Maja Desnuda?

Jueves 22 de Diciembre, 2016
Tan fascinante por el genio de Goya como por la belleza de la modelo, La maja desnuda no ha dejado de suscitar intensos debates entre los amantes del Arte. Os contamos todo lo que se sabe hasta ahora acerca de la mujer a la que retrató Goya
Saltemos en el tiempo: ¿Qué pasaría a día de hoy si se diera a conocer la fotografía de un retratista famoso donde aparece una mujer desnuda en clara pose erótica que los rumores atribuyen a una importante aristócrata? Se armaría un berenjenal… ¿no?
Pues si eso pasaría ahora, cuando pensamos que estamos curados de espanto, imaginemos lo que fue hace doscientos años.
Pues pasó: el pintor más famoso de la época presentó un cuadro en el que se veía a una mujer que rompía con todos los moldes. Ese pintor era Goya. Y ¿quién era ella? ¿Una modelo? ¿La duquesa de Alba? ¿La amante de algún aristócrata? Carlos Montero Rocher trata de desvelar el misterio de aquella imagen quebró la moral de la época en el tema de portada de Historia de Iberia Vieja.
Podemos asegurar que lo que entonces fue un encándalo,  ahora sigue siendo un misterio.

La maja desnuda es una de las obras más características de Francisco de Goya y uno de los desnudos más famosos de la historia de la pintura mundial, hasta el punto de que se encuentra vinculada por parte de críticos e historiadores del arte a otros artistas de la talla de Rubens, Tiziano, Boticelli o, incluso, Velázquez. Pero más allá del cuadro, de la obra de este genial pintor español, existe una incógnita sobre la identidad de la modelo, aderezada además por una serie de avatares y vicisitudes que han dotado a esta obra de Goya de cierta aura de misterio que hace de “La maja desnuda” una obra más interesante aún si cabe de lo que es.

La primera mención que se tiene de este retrato realizado al óleo sobre lienzo data, según indica el Museo del Prado, lugar donde descansa y se expone la obra, del mes de noviembre de 1800. Concretamente, aparece por vez primera en una descripción del palacio de Godoy, realizada por el grabador Pedro González de Sepúlveda, quien observó el lienzo que colgaba de una de las paredes de un gabinete interior. Paradójicamente, la visión de esta mujer retratada no causó muy buena impresión a este grabador a tenor de lo que dejó escrito en su diario y en el cual catalogaba a la “maja” como una obra “sin divujo (sic) ni gracia en el colorido”.

Once años más tarde el científico Gregorio González de Azaloa daba una nueva referencia a “La maja desnuda”, junto a la vestida, en un artículo publicado en el Semanario Patriótico de Cádiz, el 27 de mayo de 1811 y en el que escribía que “todos los amantes de las bellas artes tienen sin duda noticia de nuestro célebre pintor D. Francisco de Goya y Lucientes, y muchos habrán admirado sus bellos techos al fresco, sus Venus y sus retratos”. Las Venus a las que hace referencia este erudito en su artículo no son otras que las “majas”, ya que con este apelativo fueron conocidas al comienzo.

Pero, a pesar de que la cronología de estas primeras anotaciones data de comienzos del siglo XIX, la obra parece estar realizada años atrás, ya que “La maja desnuda” es un ejemplo del estilo más dieciochesco del pintor y, probablemente, Goya pintara este retrato en torno a 1795 y 1797, época en la que tuvo sus primeros contactos con Godoy. Y es que la obra fue un encargo privado que hizo Manuel Godoy al pintor aragonés, tal y como Javier Goya, hijo del ilustre artista, afirmaba en 1830 al hablar de estos retratos como “las Venus que pintó para el príncipe de la Paz”. Junto a las “majas” de Goya, se encontraban también en este gabinete privado la “Venus del espejo” de Velázquez.

UN RETRATO ERÓTICO
“La maja desnuda” no era, ni mucho menos, el primer retrato de una mujer desnuda que se realizaba en la Historia. Sin embargo, hasta el momento en el que Goya plasmó su buen hacer en este lienzo, los desnudos habían aparecido bajo un trasfondo religioso. Él fue más allá, puesto que pintó una mujer joven desnuda, desprovista de ese misticismo casi virginal, exhibiendo una vocación erótica, regalando una sonrisa lasciva y pícara y dando la sensación de que se ofrece al observador poniendo los brazos bajo la nuca, sin mostrar pudor alguno.

De hecho, es el primer desnudo que muestra el vello púbico de la modelo.

Como apuntan los críticos de arte Margarita de las Heras y Juan J. Luna, “es una mujer verosímil que hace gala de su atracción sexual para provocar al espectador”. Estos detalles, unidos al hecho de que la obra se encontrase en unos aposentos privados del llamado Príncipe de la Paz, dotan a “La maja desnuda” de un aire erótico nada común en la España de fi nales del siglo XVIII y comienzos del XIX.

UNA OBRA PERSEGUIDA Y CONDENADA POR LA INQUISICIÓN
A decir verdad, “La maja desnuda” dio más quebraderos de cabeza que satisfacciones a Francisco de Goya, quien no pudo ni imaginar siquiera el revuelo que iba levantar este retrato. En la época en la que el pintor aragonés plasmó a esta mujer desnuda en un lienzo, en España se respiraban aires liberales. Estos aires terminaron cuando Godoy fue separado del poder volviéndose al absolutismo en cuanto, vencidos y derrotados los ejércitos de Napoleón en España, volvió Fernando VII y se ciñó la corona. Con “El deseado” no solo volvió el absolutismo sino que también se volvió a instaurar la Santa Inquisición, que no tardó en volver a perseguir lo que para ellos era motivo de herejía o atentaba contra la moral cristiana. Los palacios y posesiones de Godoy habían sido objeto de verdaderos actos de rapiña, y muchas de sus obras pictóricas fueron confiscadas. Entre ellas las dos “majas” fueron requisadas por los inquisidores siendo procesadas como “cuadros obscenos” junto a la Venus de Velázquez y otra obra de Tiziano. Fréderic Quilliet, encargado de realizar el inventario de las obras incautadas, se refirió a los dos retratos de Goya como “gitanas”, pero el proceso inquisitorial no había terminado con el embargo de esas dos obras, ya que en 1815 el mismísimo Goya fue citado ante el Santo Oficio para declarar acerca de la autoría de las “majas” y el propósito por el cual las había pintado.

Las influencias del pintor salvaron a sus dos cuadros de arder en la hoguera pero, sin embargo, aquellas acciones no pudieron impedir que sobre su propia cabeza cayera el dedo acusador de la Inquisición, lo que se vio agravado por la dura etapa de represión instaurada por el nuevo régimen y que desembocaría en el exilio tanto del pintor como de otros artistas e intelectuales. Las dos obras, las dos “gitanas” como fueron anotadas en los asientos de la Inquisición, acabarían siendo consideradas como obras pornográficas y, si bien fueron salvadas de ser pasto de las llamas, se les condenó a un largo periodo de ostracismo, encerradas en piezas cerradas bajo orden de no abrirse ni ser visitadas por nadie jamás. Dicho cautiverio duró el resto del siglo XIX hasta que, en 1900, les llegó la absolución, o el rescate, y fueron trasladadas a un lugar más acorde con su importancia pictórica como es el Museo del Prado

Lee el artículo completo y desvela quién fue la maja en el nº139 de Historia de Iberia Vieja

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