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LOS REYES CATÓLICOS

Jueves 23 de Septiembre, 2010
España nació con los Reyes Católicos. Como si de un plan trazado y pensado al milímetro se tratara, el objetivo de Isabel y Fernando, pese a su juventud, parecía estar claro antes de que contrajeran matrimonio: reunificar los reinos, controlar los territorios díscolos, imponer el catolicismo como religión predominante, modernizar la estructura jerárquica y administrativa, extender los tentáculos de España hacia el Norte de África, el Mediterráneo y América. Al tiempo, establecieron una política familiar encaminada a confirmar la continuidad de la Corona… Y todo les salió bien.
Por: Bruno Cardeñosa

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Si hay que elegir el momento en el que las españas se convierten en España, posiblemente haya que pensar en el instante en el cual se instituyó la embajada permanente de los reinos gobernados por los Reyes Católicos en el Vaticano. Fue la culminación de un proceso de limpieza religiosa que tuvo en la expulsión de los musulmanes y judíos su punto de inflexión, con la colaboración de una Santa Inquisición que se mostró inflexible y una expansión en el Nuevo Mundo que tenía la cruz como estandarte más visible. Todos esos caminos condujeron a Roma. Y allí se abrió la primera institución oficial que utilizó el nombre de España, tiempo después de que concluyera la recuperación de los territorios perdidos ante los infieles y de que los diferentes reinos fueran cediendo su libertad a favor de una unificación que se produjo con tanta inercia como inflexión.

Y no, el término católicos no es, en contra de lo que se cree, una denominación de corte popular que haya logrado alcanzar a la Historia. Se trata de un título que, aunque no se utilice ya, viene añadido a la larga lista de honores que ostentan todos los reyes. De hecho, el actual Rey es también Su Católica Majestad. Pero el origen de este título nos lleva al 19 de diciembre de 1496, cuando el papa Alejandro VI dicta la bula Si Convenit y les otorga el honor como premio a su difusión –e imposición– del catolicismo por todo el mundo conocido, que era casi todo español. En la recién creada España estaba prohibido cualquier otro culto. Y en el Nuevo Mundo la sustitución de los credos indígenas se hizo a fuego y sangre, pero se hizo. Y así quedó para la Historia. Sólo cinco siglos después el catolicismo ha entrado en retroceso frente al impulso de las corrientes evangélicas. Medio milenio de una huella en la que el matrimonio entre dos adolescentes –17 años él, 18 ella– fue la piedra angular de una historia que no sólo es la historia de España. Porque lo que ocurrió por entonces pasa por ser el momento más relevante de la Historia de la humanidad desde la caída de Roma.

Fue Isabel quien llevó las riendas de lo que parecía una misión desde que se casó con Fernando en 1469. Su lucha por el trono de Castilla, en donde la nobleza no estaba de su lado, sino de Juan la Beltraneja, fue muy enconada.

Pero antes de que, en la batalla de Toro, la apuesta de Isabel resultara vencedora y fuera coronada como Isabel I de Castilla en 1474, el matrimonio ya había firmado la sentencia de Segovia, donde resolvían sobre la competencia de los reinos. Tenían muy claro lo que buscaban, y poco a poco, fueron afianzando la unión de los diferentes reinos bajo la única corona de ambos, excepción hecha de Olivenza y Ceuta –que permaneció un tiempo más bajo dominio portugués–, pero tras establecer el control en Galicia, Navarra, Canarias… y por supuesto Granada.

El final de la Reconquista significó no sólo el triunfo del matrimonio, sino del Vaticano, desde donde el apoyo a la corona española fue claro y rotundo, y mutuo, porque el reordenamiento de todo el clero en los territorios que se anexionaron fue cosa no sólo del matrimonio, sino también del Papa. La Iglesia se convirtió en el auténtico poder.
Aunque en toda esta historia hubo algunas “trampas”, ya que existían auténticos motivos para dudar de la legitimidad del matrimonio según la legislación de entonces, puesto que existía consanguinidad al ser primos segundos. Pero obtuvieron las dispensas pontificias para poder desposar pese a la oposición del papa Pablo II, hasta que apareció una bula falsificada del anterior pontífice que legitimaba aquella unión. Todo cambió con Sixto IV, que legitimó el matrimonio en una nueva bula.
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