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Los tercios de Flandes, así era su vida

Lunes 03 de Julio, 2017
¿Cómo era la vida en los tercios? ¿Hasta qué punto estas unidades fueron o no superadas por las nuevas formaciones de combate de los rivales de España, los regimientos?
Por Javier García de Gabiola

Don Diego Alatriste y Tenorio, el célebre personaje de Arturo Pérez Reverte, fue un capitán prototípico de los tercios españoles durante el siglo XVII. Su carrera militar, desde el asedio de Breda en 1625 hasta la batalla de Rocroi de 1643, en la que el personaje encuentra la muerte, refleja con claridad la trayectoria de los tercios bajo el reinado de Felipe IV, la época de la supuesta decadencia del imperio español.

Cuando se necesitaban nuevos soldados el Consejo de Guerra, por delegación del rey, convocaba en primer lugar un concurso para la designación de capitanes, cada uno de los cuales debía levantar una compañía de unos 250 hombres. El sistema era tremendamente abierto y meritocrático, ya que cualquier soldado veterano como Alatriste podía pedir la licencia a su general y presentarse al concurso de méritos en la Corte. Allí, en el Consejo de Guerra, nuestro Alatriste entregaría su hoja de servicios, formada por los diversos certificados que había recibido a lo largo de los años de su capitán, e incluso a veces, en casos de enorme mérito, del propio maestre de campo, virrey o capitán general de las armas. Al no haber copias ni un archivo central, cada soldado llevaba encima todo su expediente de por vida enrollado y metido en un canuto de hojalata cubierto de cera para preservarlo de la humedad.

Allí estaba toda la vida de Alatriste y su futuro, de modo que si perdía el cilindro o los documentos se estropeaban tendría que empezar de cero. El Consejo de Guerra analizaba la documentación y concedía audiencia al aspirante para entrevistarle. Si lo daban por válido, el Consejo recomendaba entonces al rey para que lo hiciera capitán, y éste era quien expedía y firmaba la patente de nombramiento. Allí también se establecía cuál sería su sueldo, de quién debería recibirlo (generalmente del maestre de campo o titular del nuevo tercio que se iba a formar) y finalmente, se le ordenaba mediante una “conduta” el reclutamiento de la compañía en una zona determinada del reino. Algunos autores se refieren a esta palabra como “conducta” pero a mi entender probablemente en su origen es una castellanización de la palabra italiana “condotta”, esto es, la compañía de mercenarios contratada por un condotiero en los siglos XIV y XV.

El capitán pasaba entonces por la Pagaduría Real donde recibía una cantidad en monedas de oro para dar un anticipo con el que tentar a los nuevos reclutas para alistarse.

Su sueldo sería de entre 6 y 15 escudos, es decir 2 o 3 veces mayor que el de un soldado, pero aun así lejos de los 40 de un capitán.

El capitán elegía entonces libremente a su plana mayor, formada por un paje, un alférez o teniente (el segundo al mando, portador de la bandera de la compañía en combate y que debía velar por que ésta no se perdiera en la lucha), un insignia (portador de la bandera de la compañía en tiempos de paz o en marcha), un sargento, dos tambores, un gaitero o pífano, un capellán, un furier o comisario ordenador y un barbero.

Por debajo de esta “primera plana” se designaban 9 cabos para mandar las respectivas secciones de 25 soldados en que estaba dividida la compañía, aunque según algunos autores estos cabos eran designados más tarde entre los propios reclutas. A continuación el capitán preparaba y diseñaba su bandera libremente mediante una sábana. Eso sí, se exigía que estuviera cruzada de esquina a esquina por una cruz de San Andrés roja, que era el color de España.

EL RECLUTAMIENTO
Nuestro Alatriste con toda su plana mayor se dirigía entonces a la zona de reclutamiento establecida en la patente para iniciar las levas de bisoños o reclutas. El nombre de bisoño venía de las palabras “fa bisogno” en italiano, o “hay necesidad”, que encabezaban las listas en las que se mencionaban el número de soldados que faltaban en cada compañía. Por ello a los nuevos reemplazos se les llamaba fabisoños y luego bisoños. Generalmente, para partir a Italia se reclutaban las tropas en la zona oriental de Castilla y en el Reino de Aragón; para Flandes en Castilla y los puertos del Cantábrico; y para las Indias en Andalucía y el sur de España.

Conoce cómo eran los Tercios

El capitán, al llegar a uno de los pueblos designados se entrevistaba con las autoridades municipales, ya fuera el corregidor o los regidores, y les enseñaba su patente. Estos quedaban obligados a ayudarle en su labor y le cedían un edificio para iniciar las levas, generalmente una posada o casa vacía, y así custodiar a los bisoños hasta que completasen el número requerido. Se recomendaba que el proceso no durara más de 20 días por cada pueblo si no se quería ver como los recién reclutados se cansaban y empezaban a desertar. Allí se plantaba la plana mayor junto con la bandera de la compañía y los tambores empezaban con los redobles para atraer a la gente del pueblo. En la sosegada vida rural del XVII esto era todo un acontecimiento y no tardaba en presentarse todo el pueblo y en aparecer los voluntarios al ver al capitán y a su plana vestidos de forma llamativa y completamente armados.

En España el proceso de entrada a los Tercios fue voluntario hasta 1620. A partir de esa fecha se empezó también a reclutar a la fuerza.

LO PRIMERO QUE ADQUIRIRÍAN los soldados sería ropa con la que completar la suya propia. Para vestir a los soldados, ya fuera en origen (España) o en destino (Flandes) el gobierno hacía concursos con asentistas en los que se les presentaba un equipamiento típico que debía proveer en grandes cantidades, como por ejemplo, un millar de equipos iguales. Por ejemplo en 1594 fueron un gabán, calzones, chaqueta, camisa, ropa interior y medias en tan sólo dos tallas, “grande” y “pequeña”. Sin embargo, estos no eran auténticos uniformes, que no aparecerían hasta finales del XVII, ya que se daba libertad al asentista para elegir el color de sus equipos o incluso diferentes colores dentro del mismo lote de equipos, de modo que éste pudiera sacar más beneficio al poder aprovechar restos de diferentes lotes de telas anteriores. Los únicos distintivos aceptados y exigidos eran que se llevara o la cruz de San Andrés, o un pañuelo, bufanda o faja roja, o plumas rojas en el sombrero. En cuanto al calzado, se consideraba normal que un soldado gastara dos pares al año, debiendo reponerlos de su bolsillo cuando éstos se desgastaran. A continuación venía la adquisición del armamento, que estaba más reglado y dependía del tipo de soldado de que se tratase.

Conoce todo sobre los tercios en el nº145 de Historia de Iberia Vieja

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