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400 años de la Plaza Mayor

Martes 27 de Junio, 2017
La historia de los últimos 400 años de Madrid late desde los siglos que ahora se conmemoran de su Plaza Mayor, a partir de la cual bombea buena parte de la energía de la capital española.

He aquí una plaza que se sabe singular. Madrid ha sido ciudad pía, como han dictado os tiempos. En cada plaza, una Iglesia; casi en cada calle un lugar para rezar. Pues en Plaza Mayor, no. La Plaza Mayor fue simpre esencialmente comercial –hoy más turística, más de bocadillo de calamares y caña de cerveza–, y lo que se dispuso en su empedrado fueron comercios, comerciantes y, claro, gente que pasa o que ve pasar el rato.

Pero no adelantemos acontecimientos. En su origen fue, simplemente, la Plaza del Arrabal. Acudamos al Madrid medieval, a ese terreno pequeño, limitado por una muralla. En tiempos del rey Juan II (–quien celebrara en Madrid, en 1419, las Cortes por su mayoría de edad–, el exceso de gente, la llegada de inmigrantes en busca de las oportunidades que se vislumbraban en la villa, escupía a los recién llegados s allá de las murallas. Se formó un Madrid extramuros cada vez más extenso a la vez que nacía un poblado paralelo. Nos deja el diccionario denominar a este nuevo foco de población arrabal. Menos ordenada, mucho más mezquina de lo que hoy es nuestra Plaza Mayor aquellos “arrabaleros” construyeron una plaza de morfología irregular, con el fin de hacer de ella un centro comercial. He ahí la Plaza del Mercado, la del Arrabal, que cuyo entorno comienza a rodearse de viviendas, que hicieron de ella además un punto de reunión ciudadana.

El investigador de la historia de Madrid José del Corral en su libro La Plaza Mayor advierte una pujanza comercial de la plaza antes de terminar el siglo XV: “Que el mercado era activo podemos suponerlo de una ordenanza de 1491 que determina la obligación de los vendedores de limpiar el lugar de su puesto y los alrededores y, por cierto, el texto parece indicar que la plaza estaba empedrada”. Ya en el siglo XVI, Madrid encuentra en la plazuela el emplazamiento perfecto para celebrar sus festividades, sus espectáculos taurinos. Y reinando Felipe II, el “apellido” Mayor va tomando forma.

Nacen por aquellos años los dos edificios más representativos de la plaza: la Casa de la Panadería y la de la Carnicería, en su tiempo usados para lo que su nombre indica. La plaza se renovaba, sin embargo, su estructura continuaba siendo arrabalesca, poco elegante, no acorde a la importancia que tenía ya como espacio destacado del Madrid comercial.

 

LA CONSTRUCCIÓN DE LA PLAZA MAYOR

Verán hoy que una estatua gobierna la plaza en su centro. El rey Felipe III a caballo hace de testigo mudo del continuo fluir de la plaza. Diseñada y fundida en 1614 por Juan de Bolonia y concluida en bronce por Pietro Tacca, si bien en un principio fue colocada en la Casa de Campo, un par de siglos después, en 1848, fue reubicada en nuestra plaza. Servía como homenaje al impulsor de la plaza moderna, de esa de la que celebra cuatro siglos de intensa vida. Ya en 1608 el tercero de los Felipes, alertado ante la necesidad de ofrecer un poco de armonía a la plaza, había solicitado que se arreglase tan irregular desaguisado. Será en1617 cuando comiencen las obras. El 11 de septiembre de ese mismo año, Juan Gómez de Mora presentaría el proyecto. Dos años después, en 1619, la plaza estaba terminada. Sus dimensiones eran descomunales para la época: cabían 50.000 personas. Su precio, nada desdeñable: un millón de ducados. Las sisas del vino, un impuesto sobre dicho producto, serviría para pagar buena parte de ella. Su inauguración oficial se hizo el 15 de mayo de 1620, cuando se celebraron las fiestas organizadas para saludar la beatificación de San Isidro con su correspondiente procesión por la plaza, engalanada para tan insigne ocasión.

Los madrileños, buenos amantes de la jarana, tomaron esa fecha para sí, y no se olvidan celebrar al santo o a su gaznate cada 15 de mayo, ya sea a base de oración, de limonada, o de lo que se tercie.

La Plaza Mayor, con su nuevo vestido diseñado por Gómez de Mora, es la más agraciada, querida y empleada para los festejos públicos por la monarquía. En

1621, repentinamente, Felipe III pasa a mejor vida y su hijo se convierte en rey con tan solo 16 años. El 2 de mayo, ante la Casa de la Panadería, Felipe IV es coronado. Tras el acto, fuegos artificiales. Y apenas un mes y medio después, el 27 de junio, lo contrario, si antes fue celebrar, ahora toca castigar. La Plaza Mayor acoge su primer auto de fe. Una mujer es considerada ahora hereje. La Inquisición la juzga en la misma plaza. Lo cierto es que durante innumerables décadas serían los autos de fe los grandes acontecimientos para los madrileños, que corrían en masa a contemplar las acusaciones como su espectáculo favorito. Pero el plato fuerte llegaría un poco más tarde. Bien entrado el mes de octubre. El día 21 moría degollado ante una expectación nunca antes vista Don Rodrigo Calderón. No era para menos tal interés. Don Rodrigo había sido, junto con el Duque de Lerma, el personaje más influyente –y que más influyó- en el reinado del recién fallecido Felipe III. Algo así como el valido del valido. Dos años después, la plaza se convertirá en centro de las francachelas organizadas durante varios meses para regocijo del Príncipe de Gales, quien visitaba España con el propósito de casarse con la hermana del rey. Había que deslumbrarle. No faltó fraile que se preciara a las procesiones en su honor, ni miembro del gobierno a las máscaras carnavalescas, los muchos toros que se torearon eran los de mejores cuernos y más empaque… Pero las cosas no salieron como se esperaba, las negociaciones –que eso era el amor en tan altas esferas, un negociado– no fructificaron y el ansiado matrimonio nunca se celebró.

 

UNA PLAZA DE CORAZÓN ARDIENTE

Poco después, la desgracia se iba a posar sobre la Plaza Mayor. Fue una madrugada de julio de 1631. Un terrible incendio asoló el centro festivo y comercial de Madrid, arrasó 60 de las 68 casas del conjunto, y mató a trece personas. Para salvar la plaza acudieron las imágenes de la Virgen de Atocha, de las de los Remedios, la de la Almudena, la de la Soledad, el cuerpo incorrupto de San Isidro… hasta el Santísimo Sacramento. Pero ni tal ejército de santos pudo con el fuego del diablo que se llevó el centro del pueblo de Madrid.

Pero los sitios en los que el pueblo se recrea no hay llama que queme para siempre. Así que Juan Gómez de Mora recuperará la plaza para el uso público. Gómez de Mora cambia las antiguas cubiertas de las casas, que eran de plomo y habían contribuido a propagar el incendio, por unas de teja. Mientras, en 1638, se coloca en la Casa de la Panadería el escudo real. Sus balcones se reservan para que la más poderosa familia del país disfrute de los espectáculos. Felipe IV, rey jaranero, hizo de la Plaza Mayor el centro absoluto de la fiesta popular.

Pero tanta juerga pasa factura, y el monarca que tan bien describió Torrente Ballester en su novela El Rey Pasmado, muere. La corona pasa a la testa de Carlos II. Con apenas siete años, durante la regencia de su madre doña Mariana de Austria, la Plaza Mayor sufre un segundo incendio. Su gran símbolo, la Casa de la Panadería queda hecha cenizas. Prestos acudieron los gobernantes a su restauración, que incluyó no pocas modificaciones. El arquitecto Tomás Román llevó las riendas de una restauración acabada en 1674 en un momento en que se condenan en ella a muchos herejes. El año 1680 se bate todo un récord, 74 individuos a la hoguera. No es de extrañar que siglos después el poeta Emilio Carrere (1881-1947) ironizase sobre tal costumbre: “Huele a carne quemada; el rey nuestro señor ha hecho quema de brujas en la Plaza Mayor”. Pero las cosas iban a cambiar. La muerte de Carlos II implica el final de la Dinastía de los Austrias. Guerra de Sucesión al canto, y bienvenida a los Borbones, Felipe V a la cabeza.

La época de algarabía que había tenido en Felipe IV a su principal impulsor había llegado a su fin. Los Borbones cruzan los Pirineos menos procaces y festivos, un paladar ilustrado cuyas costumbres empezaron por no gustar mucho al pueblo. No era Felipe V muy proclive a aquellos antiguos actos de sangre, no casaban con su educación en Versalles. Así recuerda el diplomático francés Louis de Rouvroy, Duque de Saint-Simon, su paso por la plaza en 1721: “En cuanto salí al balcón, todos los que estaban en la plaza se congregaron bajo las ventanas gritando: ‘Señor… ¡Toro! ¡Toro!’. El pueblo me pedía que les concediera una corrida de toros, que es por lo que estas gentes sienten mayor pasión y que el rey no permitía desde hacía varios años por motivo de conciencia”. La Plaza Mayor, aún centro de la vida festiva madrileña, empieza a decaer. Aún continuaba, eso sí, siendo el centro de proclamación de los nuevos reyes. Tal cosa ocurrirá también con Carlos III.

Aunque en tema de fiestas el tema andaba más alicaído en el espacio. Aunque sería faltar a la verdad obviar que en ocasiones especiales, la plaza aún se convertía en centro de la jarana. Buen ejemplo, la exaltación al trono de Carlos IV, en septiembre de 1789. Toros al más puro gusto madrileño, con la Reina María Luisa y Carlos IV sin perder detalle desde el balcón.

 

EL FUEGO  QUE LO ARRASÓ TODO

El 16 de agosto de 1790, a las once de la noche, se advirtió en el portal de paños fuego, que fue corriéndose, pasando el dicho portal y sus subterráneos, por todo el lienzo hasta el arco de la calle de Toledo, subiendo hasta las buhardillas, y se extendió en las inmediaciones hasta la parroquia de San Miguel, con gran voracidad por la combustibilidad de los edificios”. Así relata el cronista oficial de la Villa, Aurelio de Colmenares y Orgaz, el Conde de Polentinos (1873-1947), el inicio del que sería el más destructor de los incendios que asolaron la Plaza. Mayor. Nueve días tardó en extinguirse y 1.302 personas vieron cómo sus casas quedaban convertidas en cenizas. Una tercera parte de su perímetro quedó destrozado. Y en tan espectacular avance mucho tuvieron que ver los revestimientos de madera. Más de medio millón de reales costó extinguir el fuego.

La labor de reconstrucción de la Plaza, que nos pondrá frente a la que hoy podemos ver, fue encomendada a Juan de Villanueva, el arquitecto del edificio del actual Museo del Prado. Las modificaciones respecto a los modelos anteriores fueron muy significativas. Por un lado, el modelo de Villanueva imita el de otros espacios europeos similares, concibiendo la plaza como un todo mucho más ordenado que el anterior, con las calles cerradas mediante arcos y simétricas. Por otra parte, el arquitecto decidió uniformar la altura de las fachadas teniendo como referencia la de la Casa de la Panadería, que no se había visto afectada por el incendio.

La lentitud y, sobre todo, la invasión francesa y Guerra de la Independencia, detuvieron el ritmo de unas obras que se alargaron hasta 1854. Por aquel entonces Villanueva hacía décadas que había muerto, pero su espíritu se mantuvo en los trabajos de sus discípulos Antonio López Aguado y Teodoro Ardemans. Unos años antes de dar por terminada la reforma, Isabel II había ordenado colocar la estatua ecuestre de Felipe III a la que antes nos referíamos. A su alrededor, una zona ajardinada transformó la estética y también el uso de la plaza.

CON COCHES… SIN COCHES

Hoy la vemos despejada, limpia en su centro de automóviles, espacio para el descanso y el paseo, pero su realidad fue muy diferente hasta hace poco. Mucho más desde que en 1877 empiezan a circular tranvías por ella. Con el paso de los años y la congestión de otras zonas del centro, se convierte en una especie de “intercambiador” de tranvías, con varias líneas que tienen su cabecera en ella. Hasta los años cincuenta seguirán

circulando. Con la llegada y extensión del automóvil, durante buena parte del siglo XX convivirían tranvías y coches por esta vía hoy tan turística y comercial. Será en la década de los sesenta cuando se prohíba su circulación. A partir de entonces la Plaza Mayor iba a adquirir una morfología y una actividad muy semejante a la de hoy. Más aún cuando se retire el espacio ajardinado.

Sería un pecado escribir sobre la Plaza Mayor y no hacer aunque sea una breve referencia a la Navidad, los sellos y los bocatas de calamares. El tradicional mercadillo de Navidad, es una cita ineludible todos los meses de diciembre para quien quiera empaparse de artículos de broma, árboles de Navidad, figuritas de Belén y lo que venga en gana para tan familiares fechas. Respecto a los sellos, el tradicional mercadillo filatélico, lleva en la plaza desde 1927, y con mucha más popularidad desde que en 1961 Madrid celebrara la Feria Nacional del Sello, que otorgó a esta afición en principio tan minoritaria un buen número de nuevos seguidores.

Y para terminar nuestro paseo centenario, nada mejor que dar buena cuenta de uno de esos bocatas de calamares muy rebozados que, como por arte de magia, aquí saben mejor que en ningún otro lugar.

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