Se encuentra usted aquí

El Conde de Montecristo

Viernes 09 de Marzo, 2018
Es tanta la inteligencia de Dumas, que no le hacen falta fuegos artificiales para hipnotizar al lector. Si apagamos el móvil y desenchufamos la tele, las 1.300 páginas de El Conde de Montecristo se leen casi de una sentada.

Pasaba con Dostoievski, con Dickens, con Dumas y con unos pocos más: sus historias se hospedaban en nuestras manos y ojos y nunca era tiempo de ponerles fin. Cuando apagábamos la luz, los personajes saltaban del papel a los sueños, es decir, que les pedíamos prestada la pluma a sus padres para tantear por nuestra cuenta el cuento. La lectura era una adicción, un juego que acortaba los veranos.

Todavía no conocíamos Londres, París o San Petersburgo, pero nos habríamos orientado por sus calles gracias a esa suerte de reminiscencia literaria que había grabado un mapa del mundo y sus olores en nuestra cabeza.

Ahora, cuando releemos los grandes clásicos del XIX, volvemos a ser esos niños sin coraza, que descuidan todas las prevenciones y se echan en brazos de la fantasía. Entre tanta oda al ombligo de los vates contemporáneos, se agradecen estos libros escritos como al dictado de un Dios imaginativo, exuberante, un Dios niño que favoreció con sus dones a Dumas padre, el autor de El conde de Montecristo.

 

EL CASTILLO DE IF

Estamos en el castillo de If, en la bahía de Marsella, a solo veinte minutos en barco del Vieux-Port de la ciudad. Si están planeando renovar su ajuar de jabones, aprovechen la estancia para hacer un hueco a esa fortificación. Pero antes, lean la epopeya de su preso más ilustre en la colección Ineludibles de Navona. Tiene que ser ahí. La editorial ha presentado una nueva traducción, obra de José Ramón Monreal, que “vierte” al español el texto fijado por Claude Schopp para Robert Laont en 1993 y que dignifica una de las obras maestras de la literatura, libre ya de incoherencias e inexactitudes.

El conde de Montecristo es, ya lo sabemos, la historia de una venganza. A Edmond Dantès se la juegan unos pájaros de cuidado, envidiosos de su buena fortuna. Acusado de agente bonapartista, la justicia lo encierra en el penal de If, donde se hace amigo de otro preso, el abate Faria, quien lo adopta como hijo de su cautiverio y le habla de un tesoro que asegurará su felicidad futura. Cuando Dantès escapa, emprende una segunda vida, consagrada a vengarse de quienes lo ultrajaron.

Es tanta la inteligencia de Dumas que no le hacen falta fuegos artificiales para hipnotizar al lector. Si apagamos el móvil, desenchufamos la tele y perdonamos una cena con Gargantúa y Pantacruel, estas 1.300 páginas se leen casi de una sentada.

 

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario