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El gen Ñ

Martes 30 de Enero, 2018
La genética está revolucionando el mundo. También la historia. Gracias a nuestro adn se está reconstruyendo el pasado con una fidelidad nunca vista. En España existen unas particularidades genéticas exclusivas: ¿ancestros pelirrojos de ojos azules en España?

Se acaban de producir descubrimientos que certifican que estaba en lo cierto cuando hace décadas inició una serie de investigaciones revolucionarias gracias a las cuales se demostraba que para reconstruir el pasado era necesario acudir a la genética. Cuando el italiano Luigi Luca Cavalli-Sforza expuso sus tesis, muchos miraron de reojo, sin darse cuenta de que estaba adelantándose a su tiempo. Con las pocas herramientas que todavía existían, teorizó sobre cómo los grandes cambios genéticos servían para entender y escribir mejor el pasado –y presente– de la especie humana. Lo hizo cuando la ciencia todavía veía lejos la posibilidad de descifrar todo o casi todo sobre nuestro ADN, pero él averiguó que ahí se escondían claves gracias a las cuales se podrían entender muchas cosas. No le hizo falta disponer de una tecnología como la que existe ahora para poder saber ciertas cosas, como el hecho de que las migraciones tuvieron mucho que ver en los cambios genéticos y en las características de los pueblos. Sus ensayos también sirvieron para dar forma al antirracismo y quitar a algunos ciertas ideas de la cabeza, puesto que demostraba que las diferencias entre unos y otros eran continente pero no contenido. Y que muchas de esas diferencias se debían, fundamentalmente, a razones ambientales.

Las nuevas investigaciones, como decíamos, muy relacionadas con España, le dan la razón. Y tienen mucho que ver con algo que se averiguó gracias al Proyecto 1000 Genomas, una investigación en la que colaboran 800 investigadores de diferentes países y que comenzó a darse a conocer a finales del año 2012. Según este estudio, los españoles son, junto a finlandeses y norteafricanos, las personas con más particularidades genéticas del mundo, lo que nos hace especialmente exclusivos. Hay, como señalan en el Banco Nacional de ADN, una “seña de identidad biológica del genoma español”.

Este hecho se debe, piensan los investigadores, a que la Península ha sido lugar de paso de diferentes pueblos desde tiempos prehistóricos a los actuales. Sólo este tipo de estudios permite, al descifrar las semejanzas y diferencias entre un español y un chino, por poner el ejemplo, saber cuál fue la trayectoria y la historia de los ancestros de ambos.

 

EL HOMBRE DE LA BRAÑA

La imagen del hombre de La Braña ha dado la vuelta al mundo. Ha impactado, especialmente, porque su aspecto no encaja en lo que entendíamos por un habitante de la Península de hace miles de años. Más en concreto de hace siete milenios. Pensábamos que los ojos azules eran cosa de aquellos rubios del norte de Europa, guapos y altos. Pero no… resulta que es algo mucho más español de lo que imaginábamos.

La investigación ha sido realizada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), una institución de prestigio internacional que está pasando por un momento complicado debido a los recortes presupuestarios, pero en donde se están efectuando trabajos fascinantes, de los cuales nos hacemos eco en muchas ocasiones en Historia de Iberia Vieja. Este estudio está basado en los restos fósiles de un cazador recolector que habitó en La Braña, en Valdelugueros (León). La más prestigiosa de las revistas científicas del mundo, Nature, ha publicado el estudio realizado en nuestro país.

El hombre de La Braña –se descubrieron dos cuerpos, el segundo de los cuales todavía está siendo estudiado– vivió en una época conocida con el nombre de Mesolítico, justo después de la edad de piedra y justo antes del Neolítico.

Es un periodo en el cual nuestros ancestros empezaban a abandonar las cuevas y comenzaban a desarrollar una vida sedentaria a partir del desarrollo de la agricultura. No mucho tiempo atrás –quizá hace 24.000 años– se produjo la extinción de los neandertales, los homínidos que convivieron durante decenas de miles de años y que se extinguieron, precisamente, en la península Ibérica.

 

EL CROMOSOMA Y

Los estudiosos esperaban encontrar que aquellos hombres fueran unos tipos rudos, bien curtidos y ciertamente muy agrestes. Es lógico, pues en cierto modo la vida les llevaba a eso. Y el resultado de los estudios es en parte así, pero sólo en parte, pues la principal sorpresa de los científicos fue que se averiguó que aquellos “españoles” poseían ya las variantes genéticas de las personas con ojos azules, que en la actualidad se encuentran especialmente en el norte de Europa. Sin embargo, el investigador español Carles Lazuela-Fox señala que este “fenotipo único”, tan propio hoy en día de Finlandia o Suecia, ya se encontraba en aquel cazador, que tenía una estructura ósea poderosa y rasgos faciales muy actuales.

Bien podría suponer, hablando metafóricamente, el Gen Ñ al que hacemos alusión, ya que estas características del cazador leonés surgieron antes que las de los individuos del norte de Europa, algo para lo que ha sido clave la raíz del tercer molar de este individuo, en donde se encontraba absolutamente todo su código genético, que comenzó a ser secuenciado en marzo de 2013. De hecho, una de las sospechas es que ese fenotipo se extendió desde España al resto del continente, puesto que se han encontrado también algunas particularidades similares en los homínidos anteriores que han sido investigados recientemente. Es como si hubiera una línea de continuidad que ha unido a este cazador con los neandertales de la Península –pelirrojos y de piel clara; sobra decirlo: ha sido la genética la que también ha servido para descubrir esto–. Hay una característica en este estudio que lo hace más sorprendente aún. Tiene que ver con el cromosoma Y, que se hereda por vía paterna y que posee una gran capacidad para retener datos genéticos. Se emplea mucho en esta búsqueda.

Gracias a la investigación se ha descubierto que posee unas características que sólo conservan 20 de los 24.000 europeos actuales investigados. Esto quiere decir que nuestro hombre de La Braña dejó un poso singular que sólo tienen en la actualidad menos del 0,001 % de las personas. O dicho de otro modo: 1 de cada 1.000.

Eso sí, estas características propias del cromosoma Y enlazan a nuestro hombre con África, puesto que las líneas génicas señalan que su origen remoto esta ahí, pero las recientes investigaciones científicas indican que fue en la Península en donde se produjeron los mestizajes entre el hombre moderno y el neandertal, del que se heredaron algunas características llamativas, ya que, según los estudios realizados, aquellos homínidos peninsulares eran pelirrojos y tenían la piel clara, además de una tonalidad de ojos menos oscura de lo que se estilaba por entonces.

 

EL COLOR DE LA PIEL Y DE LOS OJOS

La historia es la siguiente. Los hombres modernos salieron de África. Eran negros, puesto que debían asumir menos luz del sol, ya que con ese color incorporaban la necesaria para la absorber vitamina D, que es fundamental para la vida y el desarrollo. Pero aquellos ancestros humanos abandonaron África.  Atravesaron Oriente Medio –pese a que existen muchas teorías que contemplan la llegada hasta aquí a través del estrecho de Gibraltar, aunque todavía este extremo está en discusión– y se extendieron por Europa. Ya aquí, la luz del sol era mucho menor, y por lo tanto la coloración de la piel debía aclararse, razón por la cual dejamos de ser negros y comenzamos a ser blancos, al tiempo que, y por las mismas razones, los ojos adquirieron otra tonalidad. Para que esto se produzca, es necesario que exista una mutación genética que predisponga a ello. Pues bien: la genética ha demostrado que eso ocurrió… aquí.

Otros recientes estudios efectuados a partir del estudio del código genético de 1.000 españoles examinados por los científicos de la Universidad Jaime I y la Universidad del País Vasco, han encontrado que se dio una mutación a la que se ha puesto matrícula: V60L. Esa mutación podría estar presente en el 10 % de los españoles, que “liderarían” esta tabla junto a los portugueses, italianos e israelíes. Para poder encontrarla fue necesario estudiar el gen MC1R, que a raíz de esta mutación permitió la decoloración de la piel que permitió esa absorción de vitamina D en un ambiente en el cual la radiación ultravioleta es menor, una circunstancia que, si bien fue necesaria para asegurar la supervivencia humana, también tiene su cruz, puesto que predispone a la aparición de melanomas y, por tanto, de cáncer de piel. Es por ello que no es un mito ni una falsedad cuando se señala que tomar el sol en exceso puede ser peligroso, puesto que tenemos esa característica génica que puede provocar una excesiva exposición a los rayos ultravioleta, lo cual sería dañino para la salud.

Las investigaciones realizadas sitúan la aparición de esta mutación en un periodo que podría comprender entre los 50.000 y 30.000 años, que es, más o menos, cuando el Homo sapiens sale de África y ocupa Europa. Un detalle llamativo de esta investigación es que se ha demostrado que existe una variante del gen estudiado, la catalogada como “R mayúscula”, en la cual la despigmentación de la piel, a la que serían todavía más propicios los habitantes del norte de Europa.

Brian Sykes, de la Universidad de Oxford, es de esos científicos que está utilizando la genética para reconstruir la historia. Muchos de los descubrimientos que está haciendo han modificado las creencias que existían sobre cómo ocurrieron las cosas en el pasado. En 2006 comenzó a buscar el origen de los británicos; y encontró algo que le llamó la atención. Se trataba de una serie de indicadores que señalaban que gran parte de los británicos actuales podría descender de un grupo emigrante que procedía del norte de España. Ese viaje –por mar, por supuesto – podría haber ocurrido hace unos 6.000 años, es decir, en tiempos no muy posteriores al hombre de La Braña. En ese estudio se determinaba que la genética británica fue posteriormente influida por escandinavos, pero que el primer gran aporte lo hicieron los peninsulares.

Este estudio venía a confirmar otros en los que se deducía que por nuestras tierras –y las del sur de Francia– se dieron las particularidades genéticas que posteriormente se extendieron por toda Europa.

 

EXPANSIÓN DESDE ESPAÑA

En cierto modo, casi podríamos decir que nuestro gen Ñ –es una metáfora, que nadie se equivoque, pero no deja de tener un significado real– inundó al resto de Europa, puesto que, además, los diferentes trabajos han certificado que la genética española está más cohesionada que la de la mayor parte de pueblos europeos, lo que vuelve a certificar su antigüedad y su origen paleolítico. Además, estos estudios también vienen a señalar que, pese a haber sido zona de paso y llegada de muchos pueblos de otras “razas” –concepto que, aunque lo usemos es necesario entrecomillar, puesto que científicamente no existen razas–, la identidad genética española es muy poderosa. En resumidas cuentas, los españoles nos parecemos más, genéticamente hablando, entre nosotros mismos que lo que se parecen los franceses o los italianos entre ellos.

Es aquí donde tocaría hablar del halogrupo, expresión con la que se denomina, sin entrar en complejos detalles, a poblaciones con unas mismas características genéticas. El que correspondería a los españoles es el halogrupo R1b, lo que nos convierte en parte del linaje de los primeros europeos y nos vincula con los primeros habitantes de Europa, razón por la cual no es aventurado explicar que existen características “nacidas” aquí que después se extendieron.

Posteriormente, la llegada de romanos y fenicios, así como de árabes y judíos, modeló aún más nuestro código genético, pese a que los aportes que se efectuaron a nivel génico fueron mucho menores de lo que en un principio pueda esperarse, teniendo en cuenta que el mestizaje cultural sí fue muy llamativo. Y es que, en conclusión, la genética demuestra que somos hijos del pasado, y que todos los que pasaron por aquí, dejaron su huella.

Fenicios. LOS ESTUDIOS GENÉTICOS han servido para confirmar que las condiciones climáticas en el pasado tuvieron mucho que ver con las migraciones. Es como si los genes se hubieran convertido en una forma de historia escrita a sangre y fuego. Su huella es imborrable y se ha demostrado en los estudios genéticos, que confirman, además, que muchas de las migraciones humanas tienen que ver con el mar y el comercio, que, en definitiva, es una forma de supervivencia.

Herencia judía. EL 20 % DE LA COMPOSICIÓN GENÉTICA de los españoles en la actualidad tiene características judías. ¿A qué se debe tan alto porcentaje? El hecho es que la expulsión de los moriscos fue, en parte, diferente a la de los judíos. Muchos de estos últimos se convirtieron al cristianismo y se mezclaron con las poblaciones autóctonas, dejando una gran herencia genética.

Genes árabes. ENTRARON EN LA PENÍNSULA EN EL AÑO 711. La Reconquista finalizó en 1492. Los árabes estuvieron por nuestras tierras ocho siglos, lo que los convierte en uno de los pueblos que más tiempo estuvo por aquí.

Sin embargo, su impacto genético es mucho menor que el cultural, lo que ha llevado a que se hayan detectado paradojas como el hecho de que haya más genética árabe en un gallego que en un andaluz. Los estudios efectuados vienen a señalar que un 10 % de la población actual tiene características génicas propias de la gente del norte de África.

Una de las cosas que han descubierto los genetistas y que es un hallazgo extraordinario, es el hecho de que existen grandes diferencias genéticas entre Portugal y España, algo que resulta difícil de entender teniendo en cuenta la proximidad geográfica. Pero todo tiene una explicación. Según los estudiosos, tras la expulsión de judíos y árabes en tiempos de los Reyes Católicos, los perseguidos emigraron fuera de las fronteras de los reinos cristianos y se “refugiaron” en territorio portugués. Es por ello que el halogrupo de los italianos es el mismo que el de los lusos y tiene mayores características propias de las religiones del norte de África.

 

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