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De profesión gitano en Granada

Viernes 14 de Abril, 2017
“Aquellos que visiten la Alhambra están destinados a encontrar, casi siempre dando vueltas entre la Torre de la Justicia y el Palacio de Carlos V, al ‘príncipe de los gitanos’ (según reza su tarjeta de visita)”. Así lo observaba uno de aquellos viajeros extranjeros de finales del XIX y comienzos del XX que universalizaron las hasta entonces domésticas tradiciones de la España más profunda y a algunos de los disparatados personajes que la habitaban.

LA SENTENCIA CORRESPONDE AL ESCRITOR GALÉS LEONARD WILLIAMS, QUIEN RECOGIERA EN SU LIBRO GRANADA (1906) las experiencias vividas en sus viajes por la provincia durante veinte años. Y la mención a aquel príncipe de los gitanos, cuya tarjeta de visita dice exactamente “Príncipe de los jitanos. Modelo de Fortuny”, alude a Mariano Fernández Santiago. Conocido por todos como Chorrojumo.

La imagen de Chorrojumo se había convertido ya en emblemática entre quienes visitaban Granada unas décadas antes de que Williams lo difundiera aún más en su exitoso libro. Y fue así porque el mismo Fernández Santiago supo ser el mejor director de marketing de sí mismo y entendió el beneficio que podía cosechar merced a su físico, a su vestimenta, y por qué no, a su carisma. En un tiempo en el que el Romanticismo había hecho de España uno de los países más sugerentes por su exotismo entre los foráneos, en tanto que los intelectuales podían encontrar en ella personajes y formas de vida aún no contaminadas por las modas europeas y las innovaciones de la Revolución Industrial, el mundo gitano se trata como uno de los más representativos de esa vida tradicional apasionada, aún no emponzoñada por la modernidad. Y Chorrojumo personificaba muy bien esa tradición… y además era listo y sabía aprovecharse de ella.

Nacido alrededor de 1824 y padre de seis hijos, parece que el mito de Chorrojumo germinó cuando ya estaba crecidito nuestro protagonista.

Y en su popularidad mucho tuvo que ver uno de los pintores más estimados del XIX patrio: Mariano Fortuny. Andaba en 1868 el célebre artista disfrutando con su esposa de su viaje de novios, admirando las peculiaridades del Sacromonte, el tradicional barrio en el que tenían su residencia buena parte de los habitantes de etnia gitana de Granada. Sensible a las escenas potencialmente pictóricas, Fortuny quedó admirado viendo cantar a tres gitanos que golpeaban el yunque con sus martillos. Uno de ellos le llamó la atención por su piel especialmente ennegrecida. El pintor le propuso hacerle un retrato, no sin antes vestirlo con ropajes de corte folclórico: unas polainas, una camisa de chorreras y un sombrero alto; había nacido el mito del Chorrojumo, el gitano del Sacromonte que todo visitante, en los albores del turismo, iba a querer conocer.

El trabajo en la fragua había de ser bastante fatigoso, y Mariano Fernández, al abrigo de esta naciente fama, vislumbró una manera menos laboriosa de sacarse unas perras. Ataviado con su camisa, su chaleco y su sombrero, engalanado su rostro por unas inmensas patillas, cambió la fragua por los aledaños de la Alhambra, y se acompañó por una bolsa con postales con su fotografía y el lema antes comentado: “Príncipe de los jitanos. Modelo de Fortuny”. Los viajeros bohemios y románticos, ávidos de ese extravagante folclore, de rememorar su viaje al regreso a su lejano hogar con recuerdos que parecían venir de un mundo muy extraño, no tardaron en fomentar el negocio que empezaba a vislumbrar Chorrojumo.

Pronto comprendió el antiguo herrero que su porte, su tez intensamente morena y su temperamento eran en sí mismo una oportunidad de lucro. Y comenzó a cobrar a los turistas por fotografi arse con él. Tal fue el éxito de su iniciativa que Chorrojumo decidió ir un poco más allá. El gitano fascinaba a los viajeros, probablemente a muchos les sabía a poco ese mínimo instante que los inmortalizaba juntos.

¡Qué mejor que un gitano de pura cepa, un granadino de alcurnia y tradición, como guía del monumento de la ciudad por excelencia!

Y su picaresca continuó sacando dinero a manos llenas a los visitantes sin ser especialmente escrupuloso con la verdad de sus explicaciones sobre la Alhambra. Es más, buena parte de las descripciones históricas y legendarias que daba en sus pasos por la fortaleza roja provenían de las escritas por el exitoso escritor norteamericano Washington Irving en sus Cuentos de la Alhambra.

La fama de Chorrojumo crecía y se hacía llamar indistintamente “príncipe de los gitanos” y “rey de los gitanos”. Hasta el punto se extendió su fi gura que incluso algunos viajeros acudían a la ciudad con el objeto principal de conocerlo. Chorrojumo era en cierto modo una imagen de marca de la ciudad, una atracción turística más de Granada. No tardaron en salirle imitadores que intentaban vivir a la manera a la que lo había conseguido Mariano. Su fi gura fue creciendo en vida y no cejó de hacerlo tras su muerte. Los diarios lloraron su defunción en obituarios respetuosos: “En Granada ha fallecido un gitano, cuya popularidad traspasó la frontera y le dio a conocer en el extranjero, especialmente en Inglaterra”, escribió La Época el 14 de diciembre de 1906. Su peculiar estilo, su visión adelantada de las posibilidades del turismo, su componente folclórico, hicieron del “príncipe de los gitanos”, del extravagante gitano inmortalizado por Fortuny, una figura perenne en el imaginario colectivo de la ciudad de la Alhambra. Hoy una estatua en la entrada del barrio de Sacromonte lo recuerda como el referente de una época en la que el romanticismo, la curiosidad y su anticipación vital lo dejaron vivo para siempre. 

Artículo publicado por Javier Martín en el nº142 de Historia de Iberia Vieja

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