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ALFONSO XIII: DE REY A VILLANO

Lunes 24 de Enero, 2011
Vivió en una época convulsa de la que no supo interpretar la realidad política y social. Educado para ser rey, Alfonso XIII siempre aprovechó el inmenso poder que la Constitución le otorgaba para manejar el país a su antojo, hasta que con sus decisiones partidistas y continuas conspiraciones consiguió aquello que tanto temía, la caída de la Monarquía y la llegada de una nueva República. Por: Janire Rámila
Alfonso XII rey-Historia Iberia Vieja

A mediodía del 17 de mayo de 1886 el sollozo de un bebé rompió el recio silencio del Palacio Real de Madrid. La reina regente, Maria Christina Désirée Henriette Felicitas Rainiera von Habsburg-Lothringen, acababa de dar a luz a un niño. El presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, lo mostró a la corte ya lavado y vestido, sobre un cojín rojo y colocado en una bandeja de plata. Y todos los presentes aplaudieron. No en vano se trataba del único hijo varón de la reina, aquel que con el nombre de Alfonso XIII estaba predestinado a dirigir los designios del país en un momento especialmente delicado.

En el último siglo España había sufrido una invasión, la napoleónica, vivido varios pronunciamientos y golpes de Estado, experimentado el reinado de un hombre tan reprobable como Fernando VII y combatido en una cruenta guerra civil de tres actos contra los carlistas. Las arcas estaban poco menos que en bancarrota, el sistema político descansaba sobre una frágil alianza entre dos partidos monárquicos que se alternaban en el poder y la población aún padecía un acentuadísimo retraso respecto a Europa. Y lo peor de todo es que nadie supo dar con el camino correcto para salir de tan calamitosa situación.

¿Un líder de futuro para España?

Quienes conocieron al rey Alfonso XIII durante su infancia y observaron la educación que recibía pronto desecharon tan cautivadora idea. Alfonso XIII estaba siendo educado para gobernar a la usanza de lo antiguos monarcas, no como un Borbón del siglo XX, sino como un Austria del siglo XVI. Su madre siempre tuvo presente la delicada salud de su esposo, muerto por tuberculosis, y sobreprotegió al niño en todos los aspectos. Se le impuso una higiene radical y una alimentación dirigida por médicos. Sólo se le permitía salir del palacio cuando el tiempo acompañaba y nunca podía estar solo. Su madre lo llamaba cariñosamente Bubi, debiendo tratarle el resto de cortesanos como “Señor” o “Vuestra Majestad”.

A este respecto, el profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Barcelona, Gabriel Cardona, relata en su libro Alfonso XIII, el rey de espadas (Planeta, 2010) cómo en cierta ocasión un aristócrata se atrevió a llamarlo también Bubi. La respuesta del niño fue tajante: “Para mamá soy Bubi, pero para ti soy el rey”. La altivez de la respuesta no era sino el reflejo del clima que se respiraba en palacio. Alfonso XIII era tratado como un ser especial, un elegido. Sus sirvientes tenían orden de adularle continuamente y reverenciarse ante su presencia, propiciando que desarrollara un egoísmo y complejo de superioridad de los que jamás lograría separarse.

En otros aspectos su educación fue exquisita. Aprendió historia, matemáticas, francés, alemán, inglés y dibujo, aunque lo que realmente le ocupaba casi toda la jornada era el mundo militar. Visitaba asiduamente cuarteles militares y asistía obligatoriamente a todo desfile importante y a las juras de bandera. A los nueve años era un consumado cazador y buen conocedor del pasado militar de nuestro país. Sin embargo, fallaba en lo más importante porque nadie le enseñó el sentir real de la población española. Imbuido como estaba en sus desfiles y reuniones militares, Alfonso XIII desconocía casi todo de la realidad social.

Ante su presencia no se hablaba de los problemas del campesinado, que suponían las dos terceras partes de la población, de los grandiosos índices de analfabetismo, del caciquismo imperante en los pueblos y ciudades, de los bajísimos salarios, de la injusticia respecto a las mujeres… del atraso casi endémico del país. Aún así se le seguía presentando en los círculos cortesanos como la esperanza española, título que él recogió con agrado, como quedó patente en la anotación que hizo en su diario el 1 de enero de 1902, el año que alcanzaba los 16 años y, por tanto, la mayoría de edad necesaria para gobernar: 

"En este año me encargaré de las riendas del Estado, acto de suma trascendencia tal como están las cosas, porque de mí depende si ha de quedar en España la Monarquía borbónica o la República; porque yo me encuentro el país quebrantado por nuestras pasadas guerras, que anhela por un alguien que lo saque de esa situación. (…) Yo puedo ser un rey que se llene de gloria regenerando a la patria, cuyo nombre pase a la Historia como recuerdo imperecedero de su reinado, pero también puedo ser un rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y por fin puesto en la frontera. (…) Yo espero reinar en España como Rey justo."

Estas palabras denotan a un hombre bienintencionado, pero excesivamente idealizado; a alguien que asume su cargo sabiendo la trascendencia del mismo, pero que no está dispuesto a confiar en asesores y políticos para la toma de decisiones. Y es que, en puridad, tampoco estaba obligado a ello. Antonio Cánovas, el ideólogo del bipartidismo, había configurado una Constitución, la de 1876, en la que se negaba el sufragio universal y la libertad de expresión para los españoles. Para gobernar sólo había dos partidos, el Conservador, basado en la aristocracia, los terratenientes y las clases medias; y el Liberal, que agrupaba los restos de la izquierda moderada. De esta forma se excluía del sistema electoral a cualquier partido no dinástico, nacionalista o radical, quedando relegados al ostracismo y obligados a derrocar a la Monarquía como única posibilidad de ascender al poder. Respecto al rey, su poder era inmenso. Podía sancionar las leyes o vetarlas, designar al presidente del Gobierno y a parte del Senado, convocar o suspender ambas cámaras, asumir la autoridad del orden público y promocionar cargos militares.

Así fueron su infancia y sus primeros años de reinado, pero lo que mucha gente desconoce es que el rey Alfonso XIII fue uno de los padres de la pornografía cinematográfica de España. 

 

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