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Carlos I, el rey que abdicó por sorpresa a los 55 años

Viernes 03 de Junio, 2016
Emperador del Imperio Germánico y Rey de España, Carlos I nació en un retrete de Gante el 24 de febrero de 1500 y falleció en Yuste el 21 de septiembre de 1558 después de una vida de excesos y depresiones.
Carlos I de España y V de Alemania

Según el historiador británico Henry Kamen, si un erudito tuviera que escribir la historia de la monarquía española desde el siglo XV en adelante debería tener en cuenta la campaña de difamación urdida contra el padre de la Beltraneja y su vergonzosa destitución en una ceremonia pública; el intento de asesinato de Fernando el Católico; el desprecio público por Juana la Loca; la rebelión de los Comuneros contra Carlos I; la indiferencia hacia Felipe II; el vilipendio sufrido por Felipe III; el desdén hacia Carlos II; el abierto rechazo a Felipe V... Y eso antes de entrar en la España contemporánea.

Desde el siglo XV, posiblemente solo dos reyes hayan escapado al oprobio general: Isabel la Católica y su esposo Fernando, el resto fueron simpre presionados y discutidos.

Ahora que todo el mundo habla del primer año de reinado de Felipe VI y la abdicación de su padre, Juan Carlos I queremos echar la vista atrás para constatar que abdicar es un verbo que apenas se conjuga en la tradición monárquica española.

Seamos realistas. Abdicar nunca estuvo en los planes del Rey Juan Carlos I. Ni siquiera se planteó cuando la familia real se desestructuró definitivamente, ni cuando fracasó su matrimonio. El proceso de abdicación se desató cuando el propio rey dejó de comportarse como era necesario para continuar al frente de la jefatura del Estado por motivos de salud y –para qué negarlo—  por los escándalos que fueron acosándole en los últimos años.

El fundador de la dinastía borbónica en España también abdicó por motivos de salud. En 1724, Felipe V, tras un cuarto de siglo en el trono, manifestó su deseo de retirarse a su palacio de La Granja. Anunció a su gobierno que renunciaba "para servir a Dios desembarazado de otros cuidados, pensar en la muerte y solicitar mi salvación".

No sólo los borbones abdicaron por motivos de salud. También el rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico estuvo marcada por las depresiones intermitentes que, en sus últimas consecuencias, le obligaron a abdicar en 1555 de forma fulminante y derivaron según los expertos en su adicción a la comida.

Se considera que Carlos I fue el Rey de la Dinastía de los Austrias con una personalidad más estable. Al menos en comparación a las obsesiones compulsivas de Felipe II, la desidia y la ludopatía de Felipe III, o la adicción al sexo de Felipe IV, que tratamos este mes de junio en el tema de portada de Historia de Iberia Vieja.

Hijo de Juana I de Castilla y Felipe I el Hermoso, Su Cesárea Majestad reinó junto con su madre (aunque Juana «la loca» sólo de forma nominal) en todos los reinos y territorios hispánicos, incluyendo  las Coronas de Castilla, el Reino de Navarra y Aragón, amén de  ser emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V entre los años 1520 a 1558.

Su nacimiento fue peculiar. Durante la celebración de un baile en el palacio Casa del Príncipe (Prinsenhof) de Gante, Flandes, Doña Juana, que por entonces era archiduquesa, empezó a sentir fuertes dolores en el vientre.

Creyendo que se debían a una mala digestión fue al baño y allí, a las 3 y media de la madrugada del 24 de febrero de 1500, sin ayuda de nadie, dio a luz Carlos de Habsburgo sentada en el retrete.

Se ha dicho que la caída en el retrete del neonato pudo provocarle lesiones cerebrales. De hecho, el bebé sufrió cierto retraso motor y algunas crisis epilépticas que, sin embargo, no tuvieron continuidad en su edad adulta.

Carlos I fue criado a la borgoñesa, con muy pocas vinculaciones con España, tierra que no pisó hasta los  17 años de edad para tomar posesión de la Corona castellana sin apenas hablar el idioma.

La revuelta de los Comuneros en 1520 fue un claro intento de deshacerse de Carlos I; algunos Comuneros querían a su hermano Fernando como rey, otros llegaron al punto de exigir una república. Años más tarde, en 1555, Carlos I abdicó, pero lo hizo sobre todo por razones de salud -murió a los pocos meses-, no por presiones políticas.

Y es que la muerte de su esposa, Isabel de Portugal –señalada por los historiadores como la principal causa de su españolización– generó en Carlos I una de las primeras depresiones graves documentadas. Pasó los siguientes dos meses recluidos en el monasterio de La Sisla, en Toledo, sometiéndose a largos periodos de ayuno, que eran seguidos de grandes ingestas de alimentos. 

El Rey reclamaba con reiteración mayor abundancia en la comida y exigía casi a diario la introducción de nuevos platos. Una vez en la mesa comía en soledad, puesto que el prognatismo típico de los Austrias dificultaba la masticación de los alimentos en público. Comía mucho y muy rápido.

A los 55 años, el Rey de España y Emperador Carlos de Alemania, desdentado y con la apariencia de un hombre de setenta años, creyó oportuno abdicar y retirarse a Cuacos de Yuste (Extremadura) en busca de su particular refugio del guerrero y de un clima propicio para su gota.

La austeridad monacal que vivió en aquel enclave  se trasladó a su vida sexual, en otro tiempo muy activa. Toda mujer tenía prohibido acercarse al monasterio donde residía «a una distancia de más de dos tiros de ballesta so pena de doscientos azotes». 

Carlos I se azotaba el torso como parte de su estrategia para alejar los pecados de la carne. La culpabilidad debió aplastar su personalidad en sus últimos meses de existencia. Pero no murió de pena, sino de paludismo. Una picadura de mosquito proveniente posiblemente de alguno de los estanques que el monarca mandó construir en Yuste.

 

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