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EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES

Lunes 27 de Septiembre, 2010
Fue el hombre más poderoso de España en un tiempo en el que el otrora grandioso imperio comenzaba a hacer aguas. Eterna sombra de Felipe IV, fue un controvertido político, uno de los grandes mecenas del Siglo de Oro y el objeto de las más afiladas críticas de autores tan celebrados como Francisco de Quevedo o el conde de Villamediana. Esta fue la singladura, tan sorprendente como dramática, de don Gaspar de Guzmán, más conocido en la corte como el conde-duque de Olivares. Por: Óscar Herradón

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El que habría de convertirse por derecho propio –y por el exquisito uso de la maquinación palaciega–, en uno de los personajes más poderosos e influyentes de la historia de España, nació un 6 de enero de 1587 en Roma, donde su padre, don Enrique de Guzmán, desempeñaba el cargo de embajador de España en la Santa Sede en tiempos de Felipe II. Sus enemigos afirmarían más tarde, en un ejercicio de retorcida analogía, que el futuro conde-duque vino al mundo en el palacio del sanguinario emperador Nerón, pero lo cierto es que había nacido en el Palazzo di Spagna, entonces sede de la Embajada de España en la ciudad eterna.

Nuestro protagonista fue bautizado con el pomposo nombre de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, como correspondía a un personaje perteneciente a una familia notable que, sin embargo, no poseía el título de grandeza. La labor de su progenitor en Roma no fue lo que se dice fácil, pues tuvo sonados enfrentamientos con el papa Sixto V, tenaz opositor a la política exterior del Rey Prudente. Por otra parte, su abuelo, el primer conde de Olivares, don Pedro de Guzmán, era hermano del duque de Medina-Sidonia y también había sido un personaje notable en la corte en tiempos de Carlos V, cuando luchó junto al emperador en la guerra de las Comunidades, cosechando importantes victorias. Gracias a ello, el césar Carlos le recompensó con el hábito de Calatrava y el condado de Olivares que haría famosa nominalmente a la familia.

Los Guzmán, miembros de una rama menor de los Medina-Sidonia, consideraban que éstos les habían arrebatado tanto el título ducal como las tierras y decidieron establecer su propio linaje, haciendo carrera por su cuenta al servicio de la Corona; sin embargo, parecían estar condenados a ser sólo nobles titulados, poseedores de un importante mayorazgo –valorado en más de 40.000 ducados– y buena reputación, pero el título de grandeza se les resistía.

Así que el joven Gaspar podía sentirse orgulloso de sus ascendientes, aunque sería él quien elevase el apellido familiar a sus más altas cotas de celebridad. En el momento de su nacimiento algunas crónicas cuentan que los astrólogos, que tanto trabajo tenía entonces, vaticinaron “que la constelación en que había nacido indicaba que habría de gobernar la monarquía”. La curiosa elección de un nombre como Gaspar, tan poco común en la España de su tiempo, se debe a que, habiendo nacido en fecha tan significativa como el 6 de enero, sus padres sortearon los nombres de los tres Reyes Magos, saliendo éste.

Gaspar pasó su infancia a caballo entre Roma, Sicilia y Nápoles –donde su progenitor había sido nombrado virrey– y en 1600, con 13 años, pisó por primera vez España acompañando a su padre, el país que le vería triunfar como pocos, donde Enrique de Guzmán se encargó de las finanzas de la Corona, otorgándosele un asiento en el Consejo de Estado, la más alta institución gubernamental de su tiempo. En 1601, Gaspar viajó a Salamanca para realizar sus estudios en la Universidad de la ciudad, de la que llegó a ser rector entre 1603 y 1604, a una edad en la que actualmente muchos jóvenes aún no han accedido al grado superior. Allí comenzaría a estudiar Derecho Canónico para seguir la carrera eclesiástica, uno de los futuros más esperanzadores para un joven de buena posición.

En la ciudad salmantina, cuna de hombres ilustres, en un ambiente marcadamente aristocrático, Gaspar de Guzmán ya se dejaría adular y mostraría sus gustos principescos, al tener a su servicio un ayo, un pasante, ocho pajes, tres mozos de cámara, cuatro lacayos, un repostero, un mozo, un ayudante de caballeriza y un ama. Mientras continuaba sus estudios teológicos, falleció su hermano mayor, Jerónimo, en 1604, cuando Gaspar apenas contaba 17 años; aquel funesto suceso le llevó a abandonar la carrera eclesiástica y a seguir la senda de la carrera civil.

Desde ese momento hasta 1621, cuando se convierte en dueño de la voluntad del rey y de una España cada vez más asfixiada por sus propias dimensiones, esos años transcurren casi en la sombra, prácticamente silenciados por la historia, según apunta el ilustre erudito Gregorio Marañón en su enciclopédica y psicoanalítica biografía del personaje. Se sabe que viajó a la corte, entonces Valladolid, con su progenitor, quien gracias a sus buenos contactos en palacio le abrió las puertas a un mundo, el del gobierno, que dominaría como pocos hombres en su tiempo. En 1607 moría su padre, ya viudo, y don Gaspar ponía como se dice vulgarmente “toda la carne en el asador” para hacerse con el control de un ambiente cortesano marcado por las intrigas y la necesidad de aparentar poder y honra.

Poco después de la muerte de Enrique de Guzmán, el heredero de la familia comenzó a cortejar a Inés de Zúñiga y Velasco, prima hermana suya y dama de la reina Margarita –esposa de Felipe III–, elección que casi con seguridad se debió al acceso de la joven a los círculos más estrechos del poder y al anhelo, casi rayano en la obsesión, de Olivares por obtener la grandeza. Aunque lograría su empeño, para conquistar a Inés hubo de gastar una gran cantidad de dinero, probablemente por encima de sus posibilidades –lo que indica que ya entonces tenía claras sus aspiraciones–. No obstante, no se convertiría en Grande de España hasta 1615. Pero no adelantemos acontecimientos.

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