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Felipe III, el rey ludópata

Miércoles 20 de Abril, 2016
¿Sabías que Felipe III perdió grandes sumas de dinero ante importantes cortesanos jugando a las cartas? Entre sus acreedores estaba el Duque de Lerma que convenció al Monarca de que trasladara la Corte a Valladolid y de nuevo a Madrid.
Felipe III

Lo de los pelotazos urbanísticos en España no es cosa de ahora. Francisco Gómez Sandoval, Duque de Lerma, protagonizó uno de los más sonados en los albores del siglo XVII.

En 1601, concretamente, convenció a Felipe III del traslado de la corte de Madrid a Valladolid aunque, claro, se ahorró el sutil detalle de que seis meses antes había comprado por cuatro ochavos toda una serie de terrenos y fincas en la capital pucelana que subirían como la espuma. El hábil Gómez Sandoval, los vendió poco después a precio de oro llenando sus arcas personales de forma sustancial.

Y es que el Duque de Lerma fue el auténtico poder en la sombra durante el reinado de Felipe III quien, mientras pudiera cazar, ir al teatro o pintar, le traían al pairo los asuntos de estado. De la administración se encargaba su ministro y hombre de confianza: el mencionado Duque de Lerma.

Hay quien dice que ese desdén por los asuntos de Estado era una consecuencia de tener un padre extremadamente exigente, en este caso, Felipe II. A lo que hay que sumar -como a otros miembros de la familia Habsburgo-, el desarrollo de un comportamiento compulsivo, en su caso con los juegos de azar.

La indolencia de Felipe III se tradujo en un joven perezoso sin ningún interés por los asuntos de Estado. El médico psiquiatra Francisco Alonso-Fernández lo describe en su libro «Historia personal de los Austrias españoles» como una persona «de dotación intelectual escasa o mediocre, casi en el umbral de la deficiencia mental. Si no fuera por su fervorosa entrega al divertimento».

Sin embargo, durante su reinado, nuestro país incorporó algunos territorios en el norte de África y en Italia y consiguió alcanzar niveles de esplendor cultural. 

En materia internacional, el reinado de Felipe III es recordado por los procesos de paz que cerró con Inglaterra, Francia y Holanda, lo cual dio un soplo de aire fresco al exhausto Imperio español. De fronteras para dentro, la expulsión general de los moriscos fue su medida más célebre. Una medida populista, impulsada -como no- por el valido del Rey, el duque de Lerma, y que trajo consigo graves consecuencias económicas, según algunos historiadores

En una ocasión, el Rey Felipe II afirmó: «Dios, que siempre me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos». La frase hace alusión a la fragilidad de su último hijo varón, consciente de que era poco probable que llegara a la edad adulta. En efecto, la salud de Felipe III, que tenía un nivel de consanguineidad poco por debajo de su malogrado hermanastro el Príncipe Maldito, fue siempre precaria.

Y, por esa razón, seguramente se descuidó su educación en favor de su hermana, e hija predilecta del rey, Isabel Clara Eugenia. Por esa razón permaneció soltera hasta poco antes de la muerte de Felipe II a fin de recurrir a un matrimonio beneficioso para la Monarquía hispánica en caso de que hubiera sido la sucesora.

A diferencia de sus antecesores y de los últimos Austrias, Felipe III y su esposa sí dejaron una amplia descendencia. Ocho hijos, de los cuales cinco llegarían a edad avanzada. Felipe III, el rey ludópata, moríría a los 43 años de unas fiebres causadas por una infección bacteriana de la dermis. 

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