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Un hombre lobo en la corte

Domingo 14 de Mayo, 2017
Petrus Gonsalvus fue uno de los personajes más extraños y fascinantes de la Europa del siglo XVI. Afectado por una rara enfermedad, este tinerfeño acabó por convertirse en un personaje importante en la corte real de Enrique II de Valois.
Texto: Óscar Herradón

El Renacimiento fue una época de fuertes contrastes. Mientras en las cortes europeas se daban la mano el gusto por el arte exquisito, la protección e impulso del saber  una ostentación por el lujo y la etiqueta –salvo en la España de los Austrias Mayores, mucho más austera y temerosa de Dios–, digna de un cuento de hadas, los propios reyes y príncipes, cortesanos y duquesas, sentían una atracción que hoy tildaríamos de morbosa hacia lo raro, lo exótico e incluso lo monstruoso.

Fueron los años en que se hicieron célebres los llamados Gabinetes de las Maravillas o Cuartos de las Curiosidades, antecesores de los museos modernos, que consistían en amplísimas colecciones donde se acumulaban objetos traídos de los rincones más remotos, piedras preciosas, animales disecados, amuletos y artilugios a los que se atribuían propiedades curativas y mágicas, e incluso autómatas, los precursores mecánicos de la futura inteligencia artificial.

En un mundo de contrastes tan marcado, los bufones y otros personajes considerados extravagantes gozaban de posición tan privilegiada en palacio que, salvo los grandes aristócratas, eran los únicos autorizados a criticar directamente a los monarcas, incluso arrogándose licencias que no estaban permitidas ni a los privados. En este estado de cosas, una figura de origen tinerfeño sería una de las mayores atracciones de las cortes europeas del siglo XVI, un individuo que, a pesar de ser tratado con todo tipo de agasajos por sus contemporáneos, hubo de sufrir un régimen de semiesclavitud debido a su extraña condición: Petrus Gonsalvus –castellanizado como Pedro González–, conocido como “el Salvaje gentilhombre de Tenerife”, debido a que padecía en un grado muy avanzado la enfermedad de la hipertricosis, caracterizada por un exceso de vello que cubría todo su cuerpo –rostro incluido–, salvo en las palmas de las manos y los pies, un vello lanugo largo que podía llegar a medir hasta 25 centímetros y que hizo que fuese conocido siglos atrás como “el Síndrome del Hombre Lobo”.

Una dolencia tan rara que sólo se han documentado unos 50 casos en todo el mundo desde el siglo XVI. Su singladura y la de su familia son uno de los aspectos más fascinantes de esa otra historia del Renacimiento llena de contrastes y episodios marcados por lo inusual que darían forma a monumentales tratados que hoy son buscados con tesón por los bibliófi los más extravagantes. Y es que González también pasó a engrosar la historia médica y “monstruosa” de los manuales académicos. Pero, ¿quién fue este extraño personaje?

UN ORIGEN INCIERTO
Sería a partir de su posición privilegiada en la corte francesa de los Valois, de la que me ocuparé algo más adelante, cuando el supuesto origen de nuestro protagonista empieza a ser registrado por cronistas europeos. El investigador Roberto Zapperi señala que nació el año de 1537 en Tenerife, poco tiempo después de la conquista de las islas por parte del español Alonso Fernández de Lugo, que derrotó a los antiguos aborígenes del archipiélago canario, conocidos como guanches. González siempre se jactaría de ser de origen hispano, pero también incidió en su “sangre real”, lo que ha hecho pensar que podía tratarse de un guanche perteneciente a un linaje de menceyes –jefes guerreros o pequeños gobernantes–, sin embargo, su destino sería muy distinto al mostrar esa pilosidad que sin duda debió dejar impresionados –cuando no paralizados– a sus contemporáneos, en la sociedad precientífi ca de los siglos pasados.

Sobre sus primeros años de vida no existe registro alguno, permanecen rodeados de sombras, y no es hasta que tiene diez años de edad cuando su nombre aparece en la historia, momento en el que, descubierto por europeos, es literalmente secuestrado para ser enviado a Francia como presente para el rey Enrique II de Valois, esposo de Catalina de Médicis y más tarde suegro del español Felipe II, que como buen soberano renacentista mostró un gran interés por lo extraño y exótico.

Cuentan los cronistas del monarca que Petrus Gonsalvus –que no tardaría en castellanizar su nombre al de Pedro González para pasar desapercibido, algo que siempre anhelaría, aunque sin éxito–, fue ocultado en la bodega de un barco que partió de Tenerife con destino al puerto de La Rochelle, y de allí fue trasladado a palacio. Comenzaba así la vida cortesana de uno de los personajes más fascinantes de aquel tiempo, y más desconocidos hoy. Su condición era como la de aquellos que, siglos después, se exhibirían en ferias y circos itinerantes como “hombres leones”, o en el caso de sus hijas, como “las niñas con cara de perro”, en los espectáculos freaks que convertían la rareza en un negocio bastante denigrante.

GENTILHOMBRE DE PALACIO
Petrus fue, pues, un presente que algún noble, comerciante o dignatario –no se puede a día de hoy precisar quién– hizo a Enrique II con motivo de su coronación como monarca en la catedral de Reims. Era el año 1547 y llevaba casado con Catalina de Médicis desde 1533. Precisamente, en aquella corte renacentista se mostró un gran interés por lo extraño y lo mágico, hasta el punto de que la reina llegaría a ser acusada por sus detractores en medio de las guerras de religión de poco menos que ser bruja y realizar todo tipo de tósigos.

En palacio coincidieron personajes tan fascinantes como el médico y mago renacentista Michel de Nostradamus, que gozaba de la total confianza de la reina, o el filósofo, médico y humanista Julio César Escalígero –célebre por su saber enciclopédico y por haber anticipado el método científico en sus estudios–, y, aunque no sabemos si tuvieron relación directa con el “salvaje” tinerfeño, no sería de extrañar, habida cuenta de la pasión de estos hombres por el saber, hipótesis que plantea Enrique Carrasco en su libro Gonsalvus, mi vida entre lobos, publicado el mismo año, 2006, en que vio la luz, curiosamente, otra biografía en castellano de nuestro protagonista: El salvaje gentilhombre de Tenerife, del historiador italiano Roberto Zapperi.

Cuenta el investigador Javier García Blanco que aquel joven piloso parecía encajar a la perfección con el mito del “salvaje europeo”, de moda entonces, que hacía referencia a la existencia de hombres primitivos y monstruosos –mitad humanos y mitad animales– que tenían su cuerpo cubierto de vello, como era el presente caso. De hecho, durante muchos años fue conocido en los ambientes palaciegos como “el sauvage de Tenerife”, aunque años más tarde, ya cercana su muerte, adoptó el apellido italiano “piloso”.

Lee el texto completo en el nº143 de la revista Historia de Iberia Vieja

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