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Juan March, la forja de un imperio

Miércoles 25 de Marzo, 2015
Fue uno de los hombres más ricos del mundo, y probablemente el más grande de los mecenas culturales del franquismo. Un empresario de éxito, que alcanzó gran influencia política y social en la España del siglo XX. Sin embargo, los primeros pasos de su imperio empresarial están teñidos de dudas que lo implican en el contrabando de tabaco en el Mediterráneo, en un doble juego en la Primera Guerra Mundial y hasta en sospechas de participación en un asesinato. Solo algo queda claro en el misterio March: su sagacidad para lograr beneficio… Por encima de todo. Javier Martín
El 29 de septiembre de 1916, un suceso sobrecoge a la ciudad de Valencia. Una pareja de la Guardia Civil transita por el camino hondo del Grao cuando observa a lo lejos la figura de un hombre, tumbado boca abajo. Al llegar junto a él comprueban que yace sin vida. El cadáver está cosido a puñaladas. Dieciséis, cuentan los agentes. Pero además del encono de la agresión, otro elemento sorprende a los guardiaciviles: el atuendo pulcro y elegante del asesinado. Es un hombre joven, bien parecido, afeitado y trajeado, con prendas de primera calidad. En su muñeca porta un reloj de oro y en sus bolsillos una auténtica fortuna para la época: 900 pesetas en billetes y al menos veinte monedas de plata. Pese a lo que podía parecer en un primer momento por el porte de la víctima, hubo de descartarse el móvil del robo. Entre sus pertenencias, la presencia de un telegrama facilita su reconocimiento: Rafael Garau. No tarda mucho en saberse que era hijo de importante empresario, José Garau. En un principio, las sospechas remiten al contrabando de tabaco, del cual su padre era uno de los principales emprendedores en Mallorca, centro entonces de esta actividad. Sin embargo, poco a poco, nuevos datos sobre la vida de la víctima y sus relaciones alientan elucubraciones insospechadas. Se rumorea, se tiene casi la convicción, que Rafael Garau tenía una amante, y no una amante cualquiera, la mujer de uno de los hombres más poderosos de Mallorca, socio de su padre, y, asimismo, uno de los más ricos del país. Un hombre sobre el que pronto recaen las sospechas: Juan March Ordinas.
 
El padre del finado, rotos al poco tiempo sus negocios con él, acusó sin ambages a March de ser el responsable del asesinato de su hijo
 
Nunca se supo si esta teoría tenía visos de realidad, pero a quien se convertiría en uno de los empresarios más influyentes en la política del siglo XX español nunca se le olvidarían los gritos de “asesino” que escuchó en el entierro del muchacho. Durante toda la vida le perseguiría la sombra de la sospecha por ese crimen, aún más cuando pocos años después aparecieron las cartas de amor que se habían cruzado su esposa y el asesinado. El padre del finado, rotos al poco tiempo sus negocios con él, acusó sin ambages a March de ser el responsable del asesinato de su hijo. Para muchos, para casi todos, un hecho como este habría marcado toda una biografía. Sin embargo, fue tal la intensidad de la vida de March, de sus negocios e inteligentes y quizá poco honestas triquiñuelas durante estos años, que quizá este suceso quedase solo en anécdota para el futuro banquero. Eran los años de la Primera Guerra Mundial, y Juan March estaba forjando su imperio.     
 
UNA OBSESIÓN: GANAR DINERO
En 1914 comenzaba la Primera Guerra Mundial y Juan March era ya un hombre de negocios reconocido, con un sinfín de éxitos empresariales a sus espaldas. Había nacido en 1880 en la pequeña localidad mallorquina de Santa Margarita, donde su padre trabajaba como tratante de ganado. Y esa fue su primera ocupación y también la que le regaló un mote, en Verga, relacionada con la vara con la que se conducía a los cerdos. Sin embargo, su ambición ansiaba cotas más altas que las que podía ofrecerle la ganadería. Porque ya desde niño, March había demostrado una inusitada habilidad para ganar dinero. Podía vender cualquier cosa que encontrase en la calle y sacar beneficio de ella. Hasta los cigarrillos que, en busca de peculio, vendía por caladas, no por unidades. Con el dinero que fue sacando con sus primeros negocios se dedicó a adquirir terrenos de gran tamaño, pero de precio bajo, para después revenderlos, dividiéndolos en superficies mucho más pequeñas. En verga se aprovechaba así del deseo de muchos campesinos de ser propietarios, por reducidas que fueran sus posesiones. Pero en aquellos tiempos, a comienzos del siglo XX, ningún negocio había más lucrativo en Mallorca que el contrabando. Tampoco ninguno más extendido. El contrabando de tabaco, especialmente. Lo que hizo distinto en este sentido a March fue su forma de trabajar sobre ello: “No es un contrabandista audaz con un carácter indomable: es un empresario del contrabando que actúa con los mismos esquemas con que se gestiona una gran empresa mercantil”, señalaba el historiador mallorquín Pere Ferrer en su libro Juan March. Los inicios de un imperio financiero. Y en estos balbuceos empresariales es donde comienzan sus contactos con la, por aquellos tiempos, familia más poderosa de Santa Margarita, los Garau, una boyante relación que perduró hasta poco tiempo después del crimen con que iniciábamos estas páginas, que supuso una ruptura radical entre las dos familias.
 
March era capaz de comprender por dónde iban los tiros, de no quedarse anclado en un tipo de negocio por bien que le fuera; miraba al futuro
 
“Dedicarse al ‘negocio del trasbordo’, como era conocido el contrabando de tabaco entre quienes lo practicaban, no era en la isla de Mallorca ni en otros muchos lugares de la costa mediterránea ni del norte de África, nada excepcional ni socialmente condenado”, recuerda Mercedes Cabrera en su libro Juan March (Marcial Pons) Pero es que si por algo se caracterizó la vida empresarial de en Verga fue por su dinamismo. March era capaz de comprender por dónde iban los tiros, de no quedarse anclado en un tipo de negocio por bien que le fuera; miraba al futuro. Quizá la palabra que mejor pudiera definirlo fuese ambición. Y eso, ambición, es lo que mostró en su negocio tabaquero March. Como aseguraba Cabrera en su minucioso trabajo, el contrabando era en aquel tiempo algo tan habitual que ni siquiera estaba mal visto, pero el joven March fue un poco más allá. Él consiguió aglutinar a las pequeñas camarillas que se repartían el negocio, logrando prácticamente el monopolio de la producción norteafricana, auténtica clave del negocio. 
Su primer paso hasta llegar a ese monopolio de facto lo había dado en el año 1906 al comprar su primera fábrica en Argelia al empresario valenciano Vicente Jorró. Cinco años más tarde ya recibía el sobrenombre de “rey del tabaco”, especialmente tras obtener de Francia el monopolio de la venta de tabaco en Marruecos, en una polémica transacción en la que incluso se le acusó de haber sobornado a un político del gobierno galo. 
 
AMBICIÓN Y DIVERSIFICACIÓN
Pero no solo el tabaco, la intuición y agudeza de March diversificaba sus negocios. Años antes había creado en su propia casa la Banca Juan March Ondinas que acabó por ser el germen de la futura Banca March, creada en 1926.
Lo cierto es que ya con un poder e influencia inconmensurable sobre sus hombros, la biografía de March siempre quedaba salpicada por las dudas, caminaba por el filo del delito, pero pocas veces pudo o supo comprobarse este. En una de las épocas más críticas del empresario, cuando su mal nombre y sus dudosos negocios sí que acabarían llevándolo a la cárcel, Manuel Azaña se refería a esta circunstancia: “Ahora se tiene la persuasión de que Juan March es un trapisondista, pero extremadamente hábil. Cien ojos están escudriñando su historia, y aún no le han probado ningún delito”, decía el Presidente de la Segunda República en 1932. March fue detenido en junio de ese mismo año, pocos días después de que se suspendiera su inmunidad parlamentaria –sí, por aquel entonces March hacía años que había entrado en política–. Apenas tardaría unos meses en abandonar la cárcel. Parece que el soborno de funcionarios tuvo mucho que ver en su breve estancia.
 
Si queremos analizar la bipolaridad comercial de March, su disposición a acercar posturas con cualquier bando, nada mejor que profundizar en su comportamiento durante la P.G.M.
 
Ahora bien, si queremos detenernos en analizar la bipolaridad comercial de March, su disposición a acercar posturas con cualquier bando, con cualquier individuo que pudiera proporcionarle aquello que deseara, nada mejor que profundizar en su comportamiento durante la Primera Guerra Mundial, en la que su perspicacia para los negocios le hizo aprovechar la neutralidad española. No había ni buenos ni malos, ni amigos ni enemigos, solo clientes, simples y beneficiosos potenciales clientes.  
Sabemos que el gobierno de Eduardo Dato había resuelto la neutralidad de España y otro tanto había hecho su sustituto al frente del país en 1915, el Conde de Romanones, una ecuanimidad en armas, quizá no tanto en operaciones soterradas de apoyo por intereses privados. Sabemos también que fue una época en la que empresarios avispados, a veces simples buscafortunas, supieron aprovechar la conflictiva situación para poner en marcha o impulsar sus negocios, ampliar ganancias de un modo que habría sido imposible si no se hubiese dado esta situación. Por supuesto, Juan March se aprovechó de la coyuntura. En él no valían ideologías. El beneficio estaba por encima de todo. 
 
EL BENEFICIO DE LA GUERRA
En Verga contaba en su poder con alrededor de medio centenar de pequeñas embarcaciones que utilizaba en sus negocios mediterráneos. La Inteligencia de los aliados detecta que, con sus barcos, March está aprovisionando a los submarinos alemanes en la isla de la Cabrera, a quienes abastece de víveres y facilita combustible, además de subrayar la buena relación que mantiene con el cónsul germano en Mallorca.  Los aliados advierten la necesidad de controlar un espacio estratégico como el Mediterráneo y contactan con March, que no duda en jugar a dos bandas, en actuar en beneficio de sus empresas. El gobierno británico se compromete a ser espléndido con March. Este, a cambio, garantiza que les indicará en qué lugar están ocultos los submarinos alemanes. Sin embargo, no son pocas las dudas que genera el empresario entre sus socios. En un reportaje publicado el pasado 17 de agosto en el diario El País se recogían las declaraciones de Miguel Monjo, bisnieto de la hermana de March, quien guarda no pocos documentos sobre la extraordinaria biografía de esta figura clave del pasado siglo: “Informaba a los ingleses de la posición de los submarinos germanos. Y al revés, contaba a estos las rutas de los barcos aliados”. Todo ello es solo el inicio de un camino tan intenso como sinuoso, los balbuceos que cimentaron un imperio que fue creciendo, con nuevas artimañas, con la Guerra de Marruecos, con la Dictadura de Primo de Rivera… año tras año, paso tras paso.
 
Fundó algunas de las empresas más importantes de su época, hizo de la Banca March la gran entidad española durante décadas, entró en política, se dijo de él que era de izquierdas y también de derechas
 
Pero nosotros nos quedamos aquí. Casi en el principio. La vida de March es una novela que no deja de crecer en tensión, intrigas y poder. Fundó algunas de las empresas más importantes de su época, hizo de la Banca March la gran entidad española durante décadas, entró en política, se dijo de él que era de izquierdas y también de derechas, fue encarcelado, llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo, tuvo un papel imprescindible en el inicio de la Guerra Civil, se convirtió en el gran mecenas cultural de la posguerra española con la creación de la fundación que lleva su nombre. Fue único. Tuvo enemigos. Muchos. También seguidores incondicionales. Murió en 1962, víctima de un accidente de tráfico. Y aunque habían muerto antes la mayoría de sus enemigos, fueron tantas las animadversiones que despertó durante su vida que hubo quien insinuó que dicho accidente podía haber sido provocado. Aún hoy el misterio gobierna buena parte de su biografía. Aún hoy nadie sabe quién mató al amante de su mujer, si él tuvo algo que ver. “Fue un personaje de su época, de un mundo convulso y en guerra, lleno de regímenes corruptos, con una prensa controlada y sin organización social para hacerle frente”, aseguraba Pere Ferrer, historiador que publicó una biografía que define bien a nuestro protagonista, Juan March, el hombre más misterioso del mundo.
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