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Juan Rana. El actor que revolucionó el Siglo de Oro

Viernes 28 de Julio, 2017
Fue uno de los actores más afamados del teatro breve del Siglo de Oro. Admirado por el pueblo llano y la nobleza, los reyes llegaron a protegerlo, hasta el punto de salvarlo de las iras de la Inquisición. Hablamos de Cosme Pérez, alias “Juan Rana”, uno de los personajes más sorprendentes e injustamente olvidados del XVII español.
Óscar Herradón

En un tiempo en el que muchos eran perseguidos por su condición, su fe y su escalafón social, otros, por muy grande que fuera su diferencia para con los que ostentaban el poder, eran considerados casi héroes por el pueblo, y gozaron de una fama tal que nada tenían que envidiar a las actuales celebrities.

Era el Siglo de Oro en España, una época de fuertes contrastes, en una corte que combinaba el fervor religioso –y la persecución de la disidencia– con los festejos, las mascaradas y la pasión por el teatro que impulsó su espectador más entregado, el propio rey, Felipe IV, quizá como forma de evadirse de los problemas cada vez más acuciantes que atenazaban al gigante con pies de barro que era el imperio hispánico.

En este contexto, el de las representaciones dramáticas, el vodevil y los corrales de comedias, es donde se haría célebre el protagonista de las siguientes líneas, un personaje tan controvertido como extraño, tan provocador como soberbio, con un carisma y una egolatría que no se lo hicieron fácil a los que trataron con él. Hablo de Cosme Pérez, alias “Juan Rana”, un afamado bufón estrella de los entremeses y que no tuvo rival sobre las tablas mientras se mantuvo en activo.

El que habría de convertirse por méritos propios en uno de los grandes intérpretes de su tiempo, elogiado por la misma Casa Real, se supone que vino al mundo a comienzos de abril de 1593 en Tudela de Duero, Valladolid, aunque viviría gran parte de su vida en la calle Cantarranas, actual Lope de Vega, en Madrid. Precisamente a finales del siglo XIX Emilio Cotarelo y Mori conjeturó, a falta de cualquier prueba concluyente, que había nacido en la capital española, la etapa documentalmente más oscura de su biografía.

Al margen de en qué localidad nació, se sabe que, ya adulto, Cosme no tardó en decantarse por el oficio actoril probablemente en parte por su singular fisonomía: era un hombre bajo y regordete, contrahecho –como puede apreciarse en el retrato anónimo que de él se exhibe aún hoy en la Real Academia Española–, tan peculiar que, según un texto contemporáneo, sólo con salir al escenario y sin tan siquiera pronunciar una palabra ya despertaba la risa y el aplauso. Sobre este aspecto, su contemporáneo el filósofo y matemático cisterciense Juan Caramuel, dejó escrito que era “el gracioso más vivo que hubo en España”.

Sabemos que empezó su carrera como actor en la compañía que dirigía Juan Bautista Valenciano, que es donde lo encontramos por primera vez como actor en 1617, fecha en la que interpreta el papel de Leonardo en la comedia de Lope de Vega El desdén vengado.

En 1620 pasó a trabajar en la compañía dirigida por Hernán Sánchez de Vargas, quien fuera gran amigo del escrito Miguel de Cervantes. Sin embargo, aún habría de pasar a otra compañía para alcanzar el reconocimiento: sería en la de Pedro de la Rosa, concretamente en la obra Lo que ha de ser, también firmada por Lope, interpretando el papel que se convertiría en su rol principal: el de gracioso. Su relación con el empresario teatral no sería demasiado buena, a pesar de trabajar juntos en bastantes ocasiones, hasta el punto de que Cosme llegó a referirse a su jefe como “ese que huele” –quizá como alusión velada a su apellido, o por un tema más despectivo en relación a su aroma corporal–.

Ya alcanzado el éxito, Cosme Pérez pasaría a formar parte de otras compañías, no faltándole nunca el trabajo, y tomando en matrimonio a la también actriz María Acosta –a pesar de los rumores cada vez más crecientes sobre su posible homosexualidad–, con la que tendría una hija de nombre Francisca María Pérez. Con los años, pasaría a trabajar con ambas: en 1631 ingresaron en la Cofradía de la Novena. Antes, Cosme había actuado también en la compañía de Antonio del Prago, entre otras.

EN MANOS DE LA JUSTICIA
No tardaría el celebrado actor en ser protagonista de un turbio asunto que acabaría por ser anunciado a los cuatro vientos en los mentideros de la Villa y Corte, en ebullición de dimes y diretes por aquel entonces.

Y es que en 1636 fue detenido por practicar la homosexualidad –entonces conocido como sodomía o “pecado nefando”– con un paje de un miembro de la nobleza.

Sin embargo, no tardaría en ser liberado por presión de la corte y a petición de la esposa del propio rey, Mariana de Austria, que lo adoraba. No sólo no fue condenado al ostracismo, sino que su fama creció todavía más, y a partir de ese momento utilizaría los escenarios para cuestionar temas tabúes para la sociedad o condenados abiertamente por el Santo Oficio, como travestirse –algo, por otro lado, bastante habitual en el teatro de su contemporáneo Calderón de la Barca– o soltar tópicos acerca de la intolerancia de los españoles de la época, célebre en toda Europa.

Es más, a partir de su encontronazo con las autoridades, la homosexualidad de Cosme Pérez-Juan Rana sería representada en escena, en ocasiones veladamente pero en otras sin ningún tipo de traba, algo que era un recurso habitual de la comicidad en muchos entremeses. Aunque aquel turbio asunto que en aquel tiempo hubiera podido terminar de forma trágica para nuestro protagonista y pudo haber sido para otros de sus contemporáneos, como así sucedió, motivo de rechazo por parte de una sociedad marcada por la religión y “la honra”, abiertamente machista y homófoba, lo cierto es que en el caso de Juan Rana, vigorizó su carrera y contribuyó a ampliar su ya de por sí tremenda fama.

Lee su biografía al completo en el nº144 de la revista Historia de Iberia Vieja

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