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Juana la Loca, ¿psicótica o víctima?

Lunes 27 de Noviembre, 2017
Juana la Loca podría haber estado realmente loca, según las opinión de algunos expertos psiquiatras. Pero, ¿podemos fiarnos de la historia? Los que achacan el confinamiento de Juana a los intereses de su padre, Fernando el Católico, se entremezclan con los relatos de su desequilibrio mental, del que al parecer dio sobradas muestras. Verdaderamente, tampoco la vida que la hija de los Reyes Católicos tuvo que vivir fue ordinaria. De haber estado en su piel, ¿habríamos logrado salir adelante sin perder el juicio? Mado Martínez

"Juana la Loca estaba rematadamente loca”, eso fue lo que dijo la psicóloga Alejandra Vallejo Nájera cuando le preguntaron, a propósito de su libro Locos de la Historia. En su opinión, la regente padecía la misma enfermedad hereditaria que había padecido su abuela, Isabel de Portugal, madre de Isabel la Católica. Francisco Alonso, en su Manual de psicohistoria, también lo tenía claro: “una psicosis esquizofrénica, condensada inicialmente en un delirio de celos, con un curso progresivo hasta abocar a un delirio fantasiofrénico en el que inculpaba a un gato de haber devorado a familiares suyos”.

Posteriormente, el periódico ABC decidió consultar a dos prestigiosos psiquiatras para resolver la incógnita. ¿Estaba Juana la Loca realmente loca? Francisco Traver Torras, jefe de servicio de salud mental del Consorcio Hospitalario Provincial de Castellón se inclinaba más hacia la hipótesis del síndrome esquizoafectivo, mientras Luis Mínguez Martín, del Hospital de los Santos Reyes de Aranda de Duero opinaba que la reina que nunca llegó a reinar tenía síntomas claramente psicóticos.

Pero, ¿en qué evidencias basaron sus afirmaciones estos expertos? En la historia y en lo que podamos confiar de la misma. Al parecer, la joven Juana ya habría dado muestras de inestabilidad. Mª Beatriz Quintanilla, en su artículo “Enfermedad y patología en las infantas y reinas de España. El caso de Juana la Loca”, realizó un interesante y completo estudio en torno a la cuestión, describiendo uno de los episodios más delirantes de su vida, cuando decide exhumar el cadáver de su esposo para llevarlo al sepulcro de Granada y se tira seis meses caminando en macabra procesión tras el féretro, de pueblo en pueblo, acompañada por una gran comitiva nocturna, pues según ella, no estaba bien que una mujer viuda se dejara ver a la luz del día.

Según contaban, no dejaba que ninguna mujer se acercase al féretro, y solía abrirlo de forma periódica, para asegurarse de que, efectivamente, era el cadáver de su marido el que allí se encontraba y no otro, temiendo que le hubieran reemplazado. Quintanilla considera que el estado de Juana, que ya había dado muestras de inestabilidad mental en el pasado, empezó a deteriorarse considerablemente desde entonces: En esta conducta se observa claramente un estado delirante de naturaleza paranoide que lleva a Juana a sospechar de todos y a temer, especialmente, que lleguen a suplantar el cadáver de su marido. Durante estos meses se acrecentó su deterioro con respecto a su propio arreglo, higiene y cuidado de sí misma. Fernando, su padre, regresó a la península y el 29 de agosto se encontró nuevamente con su hija. La fúnebre procesión había durado 6 meses, con un alto de cuatro meses en Hornillos. El reencuentro de Juana con su padre fue muy emotivo y tierno por parte de ambos. Pero una vez que se aseguró del estado mental de su hija, Fernando tomó con mano fuerte y firme esta segunda regencia. Durante más de un año se dedicó a pacificar el reino, lo que le llevó de un lugar a otro en compañía de su nieto Fernando, quien ya no se separaría de su lado hasta la muerte del regente. A principios de 1509 regresó a Arcos, donde había conseguido trasladar a Juana. En esta población el estado mental de Juana había empeorado cada vez más. Dormía en el suelo, no se cambiaba de ropa ni se lavaba, ni siquiera la cara. Estaba apática, abúlica y no cumplía ni con sus deberes como reina, ni con sus deberes religiosos”.

Al parecer, la locura de Juana se manifestó en multitud de formas, pero sin duda alguna, la más famosa, es la relativa a su celotipia. Pasó a la historia como una mujer tremendamente celosa que, según decían, no podía soportar la idea que cerca de su esposo Felipe hubiese otras mujeres. Sin embargo, el diagnóstico exacto de su trastorno sigue dejando mucho que desear. Los expertos, sencillamente, no se ponen de acuerdo, y algunos, incluso, dudan seriamente sobre la gravedad de su estado. Tal y como comenta Begoña Matilla en “El mito de la Reina Juana: ¿la Loca?”, “tal vez sufrió episodios depresivos, e incluso ciertas actitudes permiten pensar en rasgos de melancolización […] Desde la perspectiva clínica, los datos de que disponemos no son suficientes para esbozar un diagnóstico de estructura. No podemos deducir con certeza, a partir de esos síntomas, si realmente Juana sufrió una psicosis, es decir, una locura con mayúsculas tal y como la tipificó la psiquiatría clásica algunos siglos después; o por el contrario se vio afectada por una histeria”

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