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Juana María de los Dolores León, las «Memorias de África» españolas

Miércoles 07 de Junio, 2017
Muchos años antes de que Karen Blixen redactase sus «Memorias de África», una española había compartido al lado de su marido una gran historia de amor y aventuras en la Sudáfrica colonial de las primeras décadas del siglo XIX.
José Luis Hernández Garvi

Juana María de los Dolores León era una joven de catorce años cuando el 6 de abril de 1812 las tropas británicas al mando del entonces conde Wellington tomaron Badajoz a sangre y fuego después de varias semanas de asedio en el contexto de la Guerra de la Independencia. Huérfana de padres, Juana y su hermana mayor pertenecían a una familia de rancio abolengo descendiente de los Ponce de León. Desvalidas y asustadas, salieron de la ciudad huyendo del pillaje, los ultrajes y los asesinatos indiscriminados cometidos por los soldados ingleses contra la población civil. En su huida, las dos mujeres buscaron protección entre los oficiales británicos acampados en las afueras, siendo acogidas por John Kincaid y Harry Smith, dos tenientes veinteañeros del Regimiento nº. 95 de Fusileros, una unidad de élite del Ejército inglés. La hermana mayor de Juana les contó su dramática historia apelando a su caridad para que las pusieran a salvo.

Al inicio de su carrera militar, el teniente Smith había formado parte de la fracasada expedición del general John Whitelocke al Río de la Plata en 1807. Durante la campaña el joven oficial padeció fuertes fiebres y disentería, siendo acogido en casa de una familia criolla de Montevideo que le cuidó hasta que se restableció. Fue entonces cuando aprendió algo de español que le sirvió para entender las súplicas de aquellas dos damas españolas en apuros que acudían a ellos en busca de auxilio.

Los dos oficiales actuaron como verdaderos caballeros y les brindaron su amparo, quedando deslumbrados por la belleza de las mujeres, especialmente por la de la hermana pequeña, que les cautivó con “…una lozanía delicada, más inglesa que española”, como reconoció Kincaid al recordar aquel episodio en sus memorias, escritas cuando ya era general. Pero fue Smith quien se atrevió a dar el primer paso, adelantándose a su compañero de peripecias en España y confesando su amor a la hermosa Juana María. Como el propio Smith recordaría más de treinta años después al referirse al que fue el amor de su vida, “…la figura de un ángel, ojos de luz, expresión que me inspiró un amor loco…”.

Pocos días después de su primer encuentro, el teniente Harry Smith contrajo matrimonio con Juana María de los Dolores León. Ya nunca se separarían.

EN EL AMOR Y EN LA GUERRA
A pesar de su juventud, Juanita, como la llamaba cariñosamente su marido, dio muestras de un fuerte carácter. Mujer curtida en los rigores de una guerra que no respetaba a nadie, se negó a abandonar a su esposo y se mostró dispuesta a acompañarle en el campo de batalla. Montando su propio caballo, su presencia pronto se hizo muy popular entre los oficiales y soldados británicos, ganándose su simpatía y respeto. En su periplo por tierras españolas no faltaron las situaciones de peligro en las que la joven esposa del teniente Harry Smith, al que ella llamaba Enrique, manifestó su coraje y determinación. En el transcurso de una escaramuza contra los franceses el caballo de su marido resultó alcanzado, derribando a su jinete. Entre las tropas británicas se extendió el rumor de que Smith había muerto, noticia que no tardó en llegar a oídos de Juanita. Negándose a creer que fuera cierta, obligó al asistente de su marido, entretenido en el saqueo de las pertenencias del enemigo en retirada, a ir a buscarle. Poco después regresaría con él sin un rasguño.

Mujer de personalidad inquebrantable ante el desánimo, además de interceder por la vida de los soldados franceses prisioneros o heridos, en otra ocasión Juanita sufrió una caída de su montura que le produjo la rotura de un hueso del pie. En contra de los consejos de todos aquellos que la recomendaban guardar reposo en retaguardia, la joven solicitó que le proporcionaran una mula y una albarda para montar de lado con un soporte de madera para apoyar el pie herido. La esposa del teniente Smith permaneció a su lado durante el resto de la guerra, viajando en el tren de suministros y soportando las incomodidades y privaciones de un ejército en campaña. Según el testimonio de los que la conocieron, nunca tuvo una palabra de queja, demostrando una entereza de ánimo que sorprendió a todos, incluyendo al propio Wellington.

SEPARACIÓN FORZOSA
En 1814 la paz se había instaurado temporalmente en Europa. Por primera vez desde que se casaron, la pareja formada por Enrique y Juana María pudo disfrutar de varias semanas de tranquilidad lejos de los peligros de la guerra. Juanita había cumplido dieciséis años y Smith, ascendido a capitán, formaba parte del ejército de ocupación acantonado en territorio francés. Alojados en un confortable château, el matrimonio vivió una luna de miel tardía lejos de las incomodidades de los campos de batalla. Sin embargo, aquella felicidad fue interrumpida debido a las obligaciones militares de Smith.

Dos años después del estallido en 1812 de la guerra entre los Estados Unidos y Gran Bretaña, el conflicto obligó a movilizar hombres y recursos que ya no eran precisos en Europa. El capitán Smith recibió órdenes de incorporarse de nuevo al servicio y embarcarse hacia América. En esta ocasión Juanita no iba a poder acompañarle. La posibilidad de una separación forzosa apenó profundamente a su esposa, y el capitán hizo todo lo que estuvo en su mano durante los días previos a su partida para que ella no pensase en el momento de la separación. Finalmente llegó la hora de zarpar, escena emotiva en la que ambos se ocultaron mutuamente malos presentimientos. Siete meses más tarde el capitán Smith regresó sano y salvo a Londres con despachos que debía entregar a la Corte y el Gobierno. El reencuentro del matrimonio fue aprovechado por Enrique para presentar a Juanita a su familia. Fueron días vividos con intensidad por la joven pareja, periodo que tampoco duró demasiado. Apenas tres semanas después de su llegada a Londres, en octubre de 1814 Smith volvía a zarpar destinado al Estado Mayor británico que dirigía las operaciones en los Estados Unidos. Finalmente, en abril del año siguiente se produjo su regreso definitivo a Europa, justo a tiempo para participar en la Batalla de Waterloo, combate que acabó para siempre con las pretensiones de Napoleón.

En esa ocasión Juana María tampoco estuvo dispuesta a ser una esposa sumisa resignada a esperarle en casa. Decidida a seguirle, lo acompañó hasta el frente. Durante toda aquella jornada decisiva para el destino de Europa aguardó impaciente el regreso de su marido. Angustiada ante la falta de noticias, se subió a lomos de su caballo y recorrió al galope los caminos congestionados de soldados agotados y heridos que conducían hasta el campo de batalla. Al reconocer a algunos de los hombres bajo el mando de su marido les preguntó por su paradero. Todavía confusos, algunos dijeron que había muerto.

Negándose a aceptar ese fatal desenlace, lo siguió buscando hasta que lo encontró vivo y sin un rasguño. De nuevo también en esta ocasión, el encuentro entre ambos tuvo tintes de novela romántica.

AL SERVICIO DEL IMPERIO
Con la restauración de la paz en Europa, Smith llevó una vida tranquila junto a su esposa sirviendo como comandante en la guarnición de Glasgow. Fueron años en los que el matrimonio cultivó sus amistades, desarrollando una intensa vida social. Todos los que les conocieron en aquellos días coincidieron en señalar la felicidad y armonía del matrimonio. Sin embargo, faltaron los hijos para que la alegría fuera plena, descendencia que nunca llegó.

En esos años Gran Bretaña se encontraba en el momento álgido de su expansión colonial, esfuerzo que precisaba de oficiales capaces y ambiciosos dispuestos a viajar a los confines del mundo para imponer la autoridad del Imperio.

Ascendido a teniente coronel, en 1825 Smith fue destinado a Jamaica como adjunto del Gobernador, viajando acompañado por su esposa. A su llegada se encontraron con una epidemia de fiebre amarilla que estaba causando estragos en la isla.

Durante la Guerra de la Independencia Juana había aprendido a tratar heridos y enfermos, experiencia que le fue muy útil para ayudar a su marido a combatir la epidemia. Fue ella la que organizó hospitales de campaña donde mantener aislados a los contagiados y evitar así la propagación de la enfermedad. Transcurrido un año desde la adopción de esa medida, el brote había sido prácticamente eliminado.

Enrique y Juana apenas habían tenido tiempo de echar raíces en el Caribe cuando el militar fue reclamado para un nuevo destino colonial. En 1829 llegaron a Sudáfrica, instalándose en Ciudad del Cabo. Fue el primer contacto de la pareja con África, continente que dejaría en ambos una profunda huella.

En julio de 1830, Smith dirigió a sus hombres en el transcurso de la campaña contra los guerreros de la tribu Xhosa. En el periodo comprendido entre 1834 y 1836 consiguió pacificar la región, ganándose la confianza de los colonos y el respeto de los nativos. En reconocimiento a sus servicios fue nombrado gobernador de la Provincia de la Reina Adelaida. Durante aquellos años el matrimonio también tuvo tiempo para dedicarse a la caza o asistir a fi estas donde estrecharon lazos con la sociedad blanca local. Fue por aquel entonces cuando Juana María decidió profesar la religión anglicana.

Cuando su marido tenía que ausentarse reclamado por sus obligaciones, ella se ocupaba de velar por los derechos de los nativos, llegando a fundar una escuela para niñas africanas. De esa forma se ganó el respeto de las mujeres de las tribus, influencia de la que se sirvió para mediar en los conflictos que mantenían con los blancos. Poco a poco Enrique y Juana compartieron un amor muto por África, relación que tuvo que hacer frente a una nueva interrupción. La presencia de Smith fue reclamada en la India y su marcha, junto a la de su esposa, fue lamentada tanto por los nativos como por los beligerantes colonos Boers. En junio de 1840 el matrimonio desembarcó en Madrás, desde donde viajaron hasta Calcuta. Al frente de sus tropas Smith se distinguió en la campaña de Gwailor y en la primera guerra contra los sublevados sijs. Como no podía ser de otra forma, Juana acompañó al ejército en campaña subida a lomos de un elefante, desafiando al peligro de los constantes ataques enemigos.

En agradecimiento por sus brillantes servicios en la India Smith fue recompensado con el título de Caballero Comendador de la Orden del Baño. A partir de entonces recibió el tratamiento de sir Harry Smith mientras su esposa ostentó el de lady Smith. Sus días de gloria como militar en la India no terminaron ahí, destacando su actuación en las batallas de Mudki y Ferozeshah. Pero fue en la de Aliwal donde su talento como oficial al mando alcanzó su más altas cotas, infringiendo una aplastante derrota a los sijs. Por esta victoria sir Harry recibió el reconocimiento del Parlamento inglés, donde el duque de Wellington pronunció un elogioso discurso en su honor. Ascendido a mayor general el 9 de noviembre de 1846, también fue nombrado baronet de Aliwal.

REGRESO A ÁFRICA
Después de pasar dieciocho años lejos de Inglaterra, el matrimonio Smith desembarcó en Southampton en abril de 1847, donde fueron recibidos por una multitud que los aclamó como héroes. En Londres se convirtieron en la pareja de moda, siendo invitados a multitud de fiestas y homenajes. Transcurridos esos días frenéticos, Enrique y Juana se refugiaron en la tranquilidad de la residencia familiar en Whittlesey.

Sir Harry, que por aquel entonces contaba sesenta años, fue tentado para entrar en política, pero se consideraba un hombre de acción que no estaba hecho para desenvolverse en los despachos. A sus cuarenta y nueve años, Lady Smith conservaba gran parte de su belleza serena y exótica, atractivo que combinaba con una gran fortaleza de ánimo y un acertado buen juicio que casi nunca erraba. Gracias al apoyo de Wellington y su experiencia anterior, sir Harry fue elegido para ocupar el cargo de Gobernador de la provincia de El Cabo, nombramiento que fue acompañado con su ascenso a teniente general.

El matrimonio desembarcó en la colonia africana en 1847, reencuentro con un continente al que habían echado de menos durante su ausencia a pesar de las aventuras que habían vivido en otras partes del mundo.

Desde un primer momento tuvieron que lidiar con graves dificultades derivadas del empeoramiento de la situación en la región, claramente desfavorable para los intereses británicos. Decidido a usar la fuerza de las armas para acabar con los problemas, sir Harry emprendió varias campañas militares contra los Boers y los Xhosa. Sin embargo, el paso del tiempo había pasado factura al veterano militar. Hacía tiempo que había dejado de ser un joven oficial de carácter decidido y templado para convertirse en un viejo general arrogante que no consentía que fuera puesta en duda su autoridad, circunstancia que afectó a su reputación. Pronto surgieron voces contrarias a la forma con la que el nuevo Gobernador estaba desarrollando la campaña, acusándole de enfrentarse a los nativos y a los colonos blancos con su comportamiento arbitrario y despótico.

Mientras a su marido le acosaban los problemas, lady Smith se dedicó a ayudar a los demás con su habitual entrega. Según relató sir Harry es sus memorias, su esposa siempre estaba rodeada de las mujeres de los jefes de las tribus, con las que pasaba largas horas mientras las enseñaba a coser y colmaba de regalos. Aquella confraternización nunca fue bien vista por una sociedad colonial blanca que dejaba entrever sin tapujos su condición de racista Acusados de excesivamente tolerantes, las críticas subieron de tono cuando el matrimonio asistió a una representación de danzas de las minorías india y malaya, presencia que fue considerada inaceptable.

Con sus coloridos vestidos de inspiración española y africana y su comportamiento un tanto “excéntrico” y poco británico, Lady Smith se convirtió en blanco de una campaña de descrédito que provocó su ostracismo social.

Mientras la imagen del Gobernador y su esposa empeoraba por momentos, surgieron otros focos de conflicto que empeoraron su situación. Cuando sir Harry mostró su oposición a la pretensión del Gobierno de Londres de establecer en El Cabo un penal, la tensión subió varios grados. Finalmente la cuestión se resolvió en el último momento, cuando el barco que transportaba a los primeros presos, fondeado frente a la costa, levó anclas y puso rumbo a Tasmania. Este episodio, además de afectar a la salud del Gobernador y de lady Smith, generó un profundo malestar en sus superiores, circunstancia que unida a su pérdida de popularidad y al incremento de la inestabilidad en la zona provocaron su fulminante destitución del cargo en marzo de 1852. Sir Harry, enfermo y desencantado, era una sombra de sí mismo cuando subió al barco que les llevó de regreso a Gran Bretaña. Mientras contemplaban como se alejaban de la costa, Enrique y Juana María se despidieron para siempre de África con lágrimas en los ojos.

RETORNO A CASA
En esta ocasión, el regreso a Gran Bretaña fue bien diferente del anterior. El prestigio de sir Harry había resultado seriamente dañado tras su mandato en Sudáfrica y nadie quería que se le relacionase con él. En esos duros momentos contó con el apoyo de su esposa, fiel y firme pilar en el que siempre se apoyó durante toda su vida.

Con el paso del tiempo, pesaron más los méritos que los fracasos y sir Harry desempeñó varios cargos militares honoríficos en la metrópoli, al mismo tiempo que junto a su esposa volvieron a ser admitidos en círculos sociales. El último viaje al extranjero del viejo general y lady Smith fue en mayo de 1857, cuando llegaron a Lisboa formando parte del séquito del marqués de Bath, enviado por la reina Victoria para imponer la Orden de la Jarretera al rey Pedro V de Portugal con motivo de su boda con la princesa Estefanía de Hohenzollern. Fue la última vez que Juana María pisó la Península Ibérica, sin llegar a visitar España.

Sir Harry pasó los últimos años de su vida dedicado a escribir sus memorias, relato rebosante de alusiones al profundo amor y admiración que sintió por su esposa a lo largo de cincuenta años de vida en común.

Siempre consideró a Juanita una mujer excepcional, y así se encargó de reflejarlo en su autobiografía. Al contrario que otros compañeros de carrera, sir Harry no se aprovechó de su posición para hacer fortuna. Su honradez hizo que en algunos momentos el matrimonio pasase por apuros económicos. Por eso hizo las gestiones necesarias para que le fuese concedida una pensión a su amada esposa, dinero que debía garantizar su manutención en caso de que él faltase. Finalmente, el 5 de diciembre de 1848 el Parlamento británico concedió a Lady Smith una pensión vitalicia de quinientas libras en reconocimiento a los servicios prestados por su marido al país.

El 12 de octubre de 1860 sir Harry murió en Londres víctima de un ataque al corazón, siendo enterrado en una capilla de la iglesia de Santa María en Whittlesey. Lady Smith pasó sus últimos años llevando una vida tranquila en la residencia familiar hasta su muerte el 10 de octubre de 1872. Fue enterrada en la misma tumba junto a su esposo, tal y como ambos habían deseado. Siempre juntos, en la vida y en la muerte.

Hubo que esperar hasta 1901 para ver publicada la autobiografía escrita por sir Harry. Este libro, en el que relata su vida y sus aventuras junto a su esposa, es considerado hoy en día como un clásico de la literatura romántica anglosajona, historia que inspiró a la escritora británica Georgette Heyer su novela The Spanish Bride, “La novia española”. Publicada en 1940, centra la narración en el periodo de sus vidas comprendido entre el momento en que se conocieron en Badajoz hasta la Batalla de Waterloo.

La huella del paso de lady Smith por Sudáfrica ha perdurado hasta nuestros días, dando nombre a las ciudades de Ladysmith, en la provincia de KwaZulu-Natal, y a la de Ladismith en la Provincia Occidental del Cabo.

Como dato anecdótico, se considera a la dama española como la responsable de la introducción en el país de los melones de la apreciada variedad cantalupo. Según cuenta la anécdota, Lady Smith solía desayunar una rodaja de melón con jamón serrano. De ahí que estos melones sean conocidos en Sudáfrica con el nombre en afrikáans de Spanspek, Spanspec o Sponspe, que derivaría de la contracción de las palabras spek Spaanse, “tocino español”. Curiosidades aparte, lady Smith sintió un profundo amor por África, donde pasó algunos de los años más felices de su vida junto a su esposo, al que en la intimidad siempre llamó Enrique. Cuentan que cuando acudían a algún compromiso social, ella siempre presumió de ser española, y aunque dominaba perfectamente el inglés, pronunciaba el nombre de su marido con una a abierta y remarcando las erres

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