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Luis Siret, un arqueólogo belga en España

Jueves 19 de Abril, 2012
España como crisol de culturas es un tópico, cierto no obstante, que se nos repite desde la escuela. Tanta presencia de íberos, celtas, helenos, fenicios, romanos y cien pueblos más dejó su huella física en testimonios que la Arqueología lleva un par de siglos intentando sacar a la luz. Semejante patrimonio siempre ha despertado un interés dentro y fuera de las fronteras españolas. Traemos a nuestras páginas el ejemplo de Luis Siret, el belga que exploró las riquezas arqueológicas del sureste español. Por: Ignacio Monzón Acosta
La Historia y la Arqueología han necesitado, y seguirán necesitando siempre, profesionales bien formados como los que estudian e investigan en las universidades y centros de enseñanza de todo el mundo. Pero eso no quita para que aficionados a las artes de Clío aporten su esfuerzo, siempre científico y con un buen método, en un trabajo que nunca deja de estar rehaciendo y revisando. En este caso hablamos de Luis Siret, uno de los extranjeros que más aportaron a la Arqueología española.

Nuestro protagonista nació en la localidad flamenca de Saint Nicolas Waes (Bélgica) en 1860, el mismo año que Antón Chéjov, Isaac Albéniz y Gutav Mahler. Su padre, Adolphe Siret, gozaba de una desahogada posición económica y tenía un gran interés por la ciencia y la cultura, sobre todo en lo relacionado con la Historia, igual que en muchos círculos cultos europeos, algo que inculcó a sus hijos. De hecho todo lo relacionado con el pasado de la Humanidad gozó en el siglo XIX de un auge tan enorme, en parte fruto del Romanticismo y los nacionalismos, que llevó a considerar esta centuria como “El siglo de la Historia”. Los imperios coloniales, por diversas razones, aumentaron considerablemente este interés abriendo agujeros por medio mundo en busca de tumbas, palacios y restos físicos de antiguas culturas y civilizaciones. Por ello su educación fue muy completa y probablemente superior a lo normal.

A pesar de su interés por las Humanidades, cuando le llegó el tiempo de ingresar en los estudios superiores se decantó por la Ingeniera. Terminó sus estudios en la Universidad Católica de Lovaina en 1881 como el primero de su promoción y fue en ese momento cuando conoció el país al que dedicaría el resto de su vida: España. Su hermano mayor Henri, también ingeniero, le llamó para trabajar con él en Sierra Almagrera (Almería). Si hace décadas la película Vente a Alemania, Pepe supuso un símbolo para toda una generación de emigrantes que salían de éste país, casi se podría haber dicho lo mismo entonces, aunque en sentido contrario. España se desarrolló a un ritmo más lento que otras potencias europeas pero nunca desentendió del fenómeno industrial y para ello necesitó de buenos recursos humanos. Durante nueve años los hermanos trabajaron juntos y compaginaron su trabajo en las minas con su pasión arqueológica. Su buen nivel de ingresos –en 1883 fundaron su propia compañía minera en Parazuelos (Murcia)– les permitió conseguir permisos para excavar en tierras almerienses, granadinas y murcianas. Es cierto, eso sí, que sus trabajos se decantaron más por el número que por lo puramente intensivo. Hoy en día hay muchos yacimientos que, excavados año tras año, siguen dando buenos frutos. Pompeya, Itálica, Troya, Karnak o cualquier otro lugar importante que pueda imaginar el lector ha sido agujereado y rastreado sistemáticamente por legiones de arqueólogos y peones, pero las campañas continúan sucediéndose mientras hay financiación e interés. Pero eso no quiere decir, en absoluto, que el trabajo de los Siret fuese superficial. Aunque solamente hubiesen prospectado –una especie de reconocimiento y catalogación de los restos de una zona–, habrían obtenido muchos datos de interés, además de situar nuevos sitios arqueológicos en el mapa. Luis y Henri trabajaron con el pico y la pala sacando a la luz objetos que habían dormido el sueño de los siglos y completamente desconocidos hasta ese momento.

A los pocos años de entablar su tándem los descubrimientos comenzaron a espolear una curiosidad que se iba revistiendo de una metodología lo más científica posible. Probablemente por eso muy pronto desenterrarían restos de una sociedad completamente ignota en esos días –aunque ya habían aparecido restos en la Bastida (Murcia) hacía décadas– y que hoy se conoce como argárica. En el lugar que da nombre a la cultura, en El Agar (Antas, Almería) documentaron una cultura de la Edad del Bronce que se había extendido por tierras jienenses, granadinas, almerienses, murcianas y alicantinas en los siglos finales del III Milenio antes de la Era, prolongándose hasta mediados del II. Iba a ser el primero de varios hallazgos que reescribirían los libros de Historia.

Sus obligaciones empresariales les obligaron a separarse en 1886, cuando Henri regresó a Bélgica, pero continuaron trabajando juntos. Así en 1887 publicaron conjuntamente su primera gran obra titulada Las primeras edades del metal en el sudeste de España. El trabajo de campo, eso sí, recayó en Luis junto con su capataz Pedro Flores y los hijos de éste, personas muy capaces. Gracias a estos colaboradores, en 1890, Siret sacaba a la luz la interesante necrópolis de Villaricos (Almería) que excavaría hasta 1910. El yacimiento de la antigua ciudad de Baria contenía, además de una zona para la preparación de salazones, un buen número de sepulcros –casi 2.000– fenicios, púnicos, griegos y romanos, siendo un ejemplo de continuidad y adaptación cultural. No es de extrañar que el conjunto fuera declarado Bien de Interés Cultural en 1983, aunque eso no le protegió de cierto expolio inmobiliario acaecido pocos años, en una de esas constantes agresiones al patrimonio cultural desgraciadamente tan frecuentes. Compaginando su trabajo en Villaricos con otras zonas de interés arqueológico, además de sus labores como ingeniero, en 1891 daría otro singular avance al conocimiento de la Prehistoria Peninsular con el descubrimiento de la cultura de Los Millares.

Situado a 17 kilómetros al norte de la capital almeriense, en el municipio de Santa Fe de Mondujar, se trata de un gran poblado fortificado del Calcolítico –Edad del Cobre y de la Piedra– que hoy se data, en sus comienzos, de principios del III milenio a.C., si bien Siret arrojó cronologías mucho más tardías. Además de evidencias de viviendas y unas impresionantes fortificaciones desenterró tumbas megalíticas que recordaban a las de la cultura Micénica, con corredor –dromos– y recinto circular –tholos– de falsa cúpula.
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