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Mourelle de La Rúa, el “almirante” olvidado

Miércoles 23 de Enero, 2013
Pocos hombres de mar alcanzaron los logros de este gallego que surcó los océanos durante la mayor parte de su vida: de audaz explorador en las aguas del Pacífico –tanto en la fría Alaska como en la cálida Polinesia–, pasó a combatir con valor a los buques enemigos, ya fueran británicos o franceses, que navegaban junto al Estrecho de Gibraltar. Una vida de éxitos que ha permanecido injustamente ignorada.

Por: Javier García Blanco
Eran poco más de las once de la mañana cuando un temible cañonazo impactó en el alcázar del Conde de Regla y, literalmente, partió en dos a su insignia, el general conde de Amblimont, hiriendo de gravedad a su comandante, el brigadier Jerónimo Bravo. Tras el desconcierto inicial, la embarcación –con 112 cañones y 801 hombres a bordo– quedó a las órdenes del teniente de navío Francisco Antonio Mourelle de la Rúa, un audaz marino coruñés con 25 años de experiencia a sus espaldas. La bitácora del navío tenía apuntada en su última página la fecha del 14 de febrero de 1797. Acababa de comenzar la batalla del cabo de San Vicente, de desastroso desenlace para nuestra Armada.

Aunque la superioridad numérica era muy favorable para España –24 navíos de línea y 11 fragatas, frente a 15 navíos de línea, 4 fragatas y dos balandros del lado enemigo–, los británicos sorprendieron a la flota española desorganizada y con una formación desastrosa, lo que hizo trizas la ventaja matemática.

A pesar de la situación desfavorable, Mourelle de la Rúa, convertido inesperadamente en el oficial al mando del Regla, consiguió sobresalir en la batalla, aunque en un primer momento soportó –junto a su compañero Príncipe de Asturias– un durísimo fuego de cañones procedente de siete navíos ingleses. Algunas horas después –y ya más organizados tras el caos inicial– ambos navíos acudieron al auxilio del Santísima Trinidad, buque insignia de la flota española, que de no ser por la acción del Infante Don Pelayo y la posterior ayuda del Regla y del Príncipe, estaba ya dispuesto a rendirse, pues incluso había arriado la bandera. La llegada de los navíos españoles puso en retirada a los ingleses que hostigaban al buque insignia, una proeza que sería recordada durante el posterior consejo de guerra.

Aquel episodio notable era sin embargo sólo un renglón más en la brillante hoja de servicios de Francisco Antonio Mourelle de la Rúa, cuyos logros eran bien conocidos por los ingleses desde años atrás, aunque no por sus hazañas militares, sino por su gran aportación explorando las aguas más septentrionales del Pacífico…
Nacido en junio de 1750, Mourelle había venido al mundo en el seno de una humilde familia de la aldea de Corme, en la región de la Costa da Morte (A Coruña). En aquella tierra de aguerridos hombres de mar, frecuente escenario de terribles naufragios, el pequeño Francisco Antonio no tardó en sentir la vocación marinera. De hecho, sumaba apenas trece años cuando ingresó en la Academia de Pilotos de Ferrol –la precaria economía familiar no alcanzaba para costear su acceso a la Real Compañía de Guardiamarinas de Cádiz–, en el año 1763. Aquel jovencísimo Mourelle sobresalió con rapidez, pues cinco años más tarde obtuvo el título de piloto y en 1772 se hallaba ya cruzando las aguas del Atlántico a bordo de la corbeta Dolores, ejerciendo como segundo piloto, en dirección a isla Trinidad.

Su primer destino de importancia, sin embargo, no llegó hasta tres años más tarde, cuando en enero de 1775 fue destinado –ya como primer piloto– al puerto de San Blas de Nayarit, en Nueva España. Poco después de llegar allí se embarcó en su primera misión: la expedición de Bruno de Heceta para explorar las costas al norte de la Baja California. El año anterior, el mallorquín Juan José Pérez había partido desde ese mismo puerto con la misión de alcanzar los 60º de latitud norte para establecer posesiones españolas y reafirmar el dominio de la Corona ante el avance de los exploradores rusos y británicos. Pérez y sus hombres, a bordo de la fragata Santiago, llegaron a contactar con los indios haida, aunque “sólo” consiguieron explorar hasta los 54º norte, pues la falta de víveres y los problemas de salud les obligaron a regresar.

En esta ocasión, el viaje de exploración –dirigido por Bruno de Heceta, aunque con Juan José Pérez participando también– estaba compuesto por tres embarcaciones: el paquebote San Carlos, la fragata Santiago y la goleta Sonora. Ésta quedó al mando de Juan Francisco de la Bodega y Quadra, siendo Mourelle el piloto. Los tres barcos partieron el 16 de marzo de 1775 con la orden de alcanzar los 65º de latitud norte y establecer asentamientos que reforzasen el dominio español en la región y seguir controlando el comercio entre América y Asia.

Por desgracia, apenas tres días después de partir de Nueva España, el San Carlos se vio obligado a regresar a puerto pues su capitán, Miguel Manrique, sufrió una crisis nerviosa. Así pues, el San Carlos dio media vuelta con Juan de Ayala al mando, mientras la Santiago y la Sonora ponían rumbo al norte.

Las dos naves alcanzaron los 47º y 15’ de latitud norte el 13 de julio, en lo que hoy se conoce como Point Grenville. Poco después de echar el ancla, los españoles de la Sonora –Mourelle entre ellos–, contemplaron la llegada de varias canoas de indios quinault, que abordaron el barco y les invitaron a desembarcar “para comer, beber y dormir con ellos”, trayendo después algunos presentes en forma de comida.

Al día siguiente el comandante Bruno de Heceta descendió a tierra con varios hombres para hacer toma de posesión de la plaza, que bautizaron como ‘;Rada de Bacareli’ en honor al virrey de Nueva España. Todo había discurrido de forma tranquila, pero las cosas iban a cambiar drásticamente aquella tarde. Bodega, el comandante de la Sonora, decidió enviar a tierra a siete tripulantes para que buscasen agua y otras provisiones. Cuando estaban concentrados en aquella tarea, un grupo de trescientos quinault –hasta entonces pacíficos– rodearon a los españoles y acabaron con ellos, pese a los intentos de sus camaradas, que dispararon sin éxito mosquetes desde la Sonora. Como recuerdo de aquel triste suceso, el lugar se bautizó como ‘;Punta de los mártires’.
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