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¿Quién fue Marina Vega?

Martes 21 de Noviembre, 2017
Marina Vega es un caso especial de luchadora por la libertad. Durante la Segunda Guerra Mundial los soldados nazis nunca consiguieron detenerla y los cuerpos de seguridad de Franco la detectaron pero fue más lista que ellos y consiguió huir.
Fernando Rueda

MARINA VEGA nació en 1923 en Castro Urdiales, de padres republicanos pertenecientes a una clase social pudiente. Para ellos la vida no tenía sentido si no se militaba activamente a favor de los ideales propios. La madre era muy avanzada, vestía pantalones y fumaba, algo no muy bien visto en una época machista.

Cuando llegó la república, su padre, que era registrador de la propiedad, dejó su trabajo y dio el gran salto a la política. Fue diputado y vocal de garantías constitucionales, para terminar asumiendo la Dirección General de Prisiones. La madre también se implicó desde un puesto más discreto en un organismo del gobierno. Mientras, Marina disfrutó de una infancia muy feliz junto a su hermana, seis años mayor, con la que apenas tenía puntos en común.

Cuando contaba con 13 años, estalló la Guerra Civil, que muchos veían venir, pero que pilló de improviso a la confiada familia Vega. El padre estaba destinado fuera de Madrid y no pasó mucho tiempo antes de que fuera detenido por los franquistas, que le encerraron en la prisión de Puerto de Santamaría. Marina vivía en Madrid con su madre e intentaron seguir con su vida habitual mientras la capital era territorio republicano, aunque más adelante se vieron obligadas a trasladarse a Valencia.

Una de las escasas fotos de juventud de Marina Vega, a los diecisiete años, cuando se estaba iniciando en el espionaje.

A continuación mostramos diez de los momentos que más marcaron su vida:

1 El 18 de julio de 1937, exactamente un año después del alzamiento, cambió radicalmente la vida de Marina, una niña de 14 años obligada a abandonar a su madre, a su hermana y su país para guarnecerse del conflicto en suelo francés. Una familia de Bilbao, muy amiga de su madre, decidió abandonar España con camino a Francia y se ofreció para llevarse con ellos a Marina.

2 Alejada de los peligros de la Guerra Civil, se sintió enormemente sola. Desconocía qué era de su familia y no podía escribirles porque o las cartas no llegaban o eran censuradas. Menos mal que había estudiado francés en el colegio, lo que le permitió moverse en París con cierta soltura, mientras terminaba de aprender el idioma.

Dos años después, la Guerra Civil concluyó con la derrota de los republicanos y la pesadilla de una gran guerra que acechaba a los refugiados que vivían en Francia.

El padre de la familia con la que llevaba más de dos años viviendo se sentó un día a hablar con ella. Habían decidido emigrar a México, el país más generoso  en la concesión de asilo a los republicanos españoles, y la invitó a acompañarles.

Marina, que ya había cumplido 16 años, había madurado muy rápido, sin haber tenido la oportunidad de disfrutar de los divertimentos y experiencias de una niña de su edad. Atormentada por lo que les podría haber pasado a sus padres, tomó  la decisión que nadie podía adoptar por ella: se negó a escapar a México y decidió regresar a España.

3 Sola ante lo que se le avecinaba, Marina se presentó en el consulado español de París y solicitó que la repatriaran. Hizo un viaje rápido hasta Hendaya. Al llegar a España todo se convirtió en un caos: estuvo dando tumbos durante dos días antes de llegar a Madrid. Asumió su soledad y se acostumbró a tomar sus propias decisiones. Al ser abandonada en la estación del Norte, se metió con decisión en el Metro para perseguir la única pista con que contaba para encontrar el paradero de sus padres. Sabía que uno de sus tíos trabajaba en la calle Hortaleza, con paciencia consiguió dar con él y la acompañó a la calle Francisco Silvela donde vivía su madre.

La alegría del reencuentro pasó a un segundo plano cuando su madre le contó que nunca podía salir de casa porque si la encontraban los policías franquistas la meterían en la cárcel.

En una situación económica de pobreza extrema, Marina, que no estaba fichada, salía a la calle cada día a buscar comida, no solo con la preocupación de que nadie descubriera el paradero de su madre, sino con la tensión de qué sería de su padre en la cárcel de El Puerto de Santamaría, donde cumplía una condena de 16 años por masón.

4 VOLUNTARIA PARA EL ESPIONAJE FRANCÉS

Las personas con las que se relacionaba estaban en la misma situación de persecución que ella. La única esperanza que les quedaba era que los aliados derrotaran en la Segunda Guerra Mundial a alemanes e italianos, y después acabaran con la dictadura del general Franco.

Convencida de que esta premisa era la solución a todos sus problemas, tiempo después se enteró de que el servicio secreto francés había montado en la embajada inglesa un pequeño cuarto para captar españoles que quisieran ayudarles en su lucha contra los nazis. Tenía 17 años, ni siquiera había llegado a la mayoría de edad, pero acudió decidida y se presentó voluntaria para hacer cualquier cosa que contribuyera a la victoria aliada.

Su perfil no encajaba aparentemente en lo que estaban buscando. La inmensa mayoría de los que se presentaron eran hombres, pues en aquellos años la presencia de mujeres en actividades clandestinas era más bien escasa. El esfuerzo físico no le daba miedo, era escaladora y nadadora desde muy joven y había pertenecido al club Canoe. Aunque también estaba el problema de su corta edad. No la dieron una negativa, pero la dijeron que si era admitida la avisarían más adelante.

5 Mientras la contestaban, se fue con su madre a Zaragoza para celebrar las fiestas del Pilar y al regresar se encontró con  una nota del espionaje francés para que acudiera a una cita.

En esta ocasión acudió a un piso clandestino en la calle San Bernardo de Madrid, donde las Fuerzas Francesas Libres había instalado una oficina clandestina. Le comunicaron que había sido admitida y empezaron a encargarla misiones sencillas, aquellas que debían servir para comprobar en la práctica si tenía las cualidades necesarias para trabajar en la clandestinidad.

Sus primeros trabajos consistieron en trasladar paquetes y cartas desde Madrid a San Sebastián o Pamplona, que tenía que entregar en puntos establecidos de encuentro. Previamente, los jefes del espionaje francés la habían fabricado documentación falsa en la que se leía que era mayor de edad y contaba con todos los parabienes de las autoridades para desplazarse dentro de España.

6 PROBLEMAS PARA VIAJAR
En aquellos tiempos, para que Marina pudiera viajar era imprescindible que dispusiera de la autorización del jefe del edificio donde vivía, que siempre era un falangista fiel al régimen, y que en su  caso, para colmo, también era policía. Después debía ir al ayuntamiento para que la otorgaran otra autorización. Un cúmulo de trabas que complicaba cualquier desplazamiento.

Cada vez que emprendía un viaje, los falsificadores que trabajaban para la resistencia elaboraban nuevos documentos con firmas falsas, que Marina debía enseñar a cualquier autoridad que se los pidiera durante el camino. Nunca tuvo problemas graves.

Para complicar más la situación a los policías del régimen y que no procedieran a registrarla en cualquier tren por la sospecha de que no era quién decía ser, adoptó una estrategia exitosa: siempre viajaba en las mejores condiciones posibles vestida con buena ropa y con maquillaje que la hacían parecer más mayor y pudiente. Y es que en aquella época los ricos no eran sospechosos de querer sublevarse contra el régimen de Franco, algo que cualquier persona de clase media y baja tenía que demostrar.

6 Marina llevaba una vida de riesgo que dada su juventud no la importaba y llevaba consigo su falta de apego al dinero. Invertía en buena ropa para parecer de buena cuna, aunque sin que fuera exagerado porque no quería dar la imagen de riqueza.

7 Cuando empezó a trabajar para la resistencia la pusieron el sueldo de un subteniente, lo cual acabó con la vida mísera que llevaba con su madre. Además, cuando se iba de viaje le daban una dieta para gastos que se consumía si iba a hoteles. Ella optaba por dormir en una pensión, mucho más barata, y ahorrar unas pesetas que a la vuelta entregaba a su madre. Al año de trabajar, su madre la sorprendió: se había comprado un abrigo de piel para ella y la había comprado otro a su hija. Un nuevo aditamento a su vestuario que la ayudó a que los falangistas y policías que buscaban rojos escondidos no sospecharan de ella.

8 Superada  la prueba de trasladar paquetes con dinero e instrucciones de un punto a otro del país, sus jefes de la resistencia la encargaron un trabajo bastante más complicado. Debía acudir a la zona fronteriza con Francia para recoger a distintas personas que debía acompañar hasta Madrid, donde otras personas se encargarían de llevarselas hasta zonas de máxima seguridad.

9 Concluido el conflicto, la Policía española la detuvo dos veces por participar en manifestaciones y altercados contra el régimen, pero fracasaron en su intento de apagar el fuego reivindicativo de democracia que corría por sus venas.

10 Marina siempre ocultó su pasado como espía al servicio de la resistencia francesa, por la que estuvo años jugándose el pellejo. Solo hace unos años, su historia salió de las sombras para presentarnos a una de las heroínas españolas de aquella época dramática.

Conoce todo sobre Marina Vega en el nº149 de Historia de Iberia Vieja

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