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Romasanta: El primer asesino en serie de la historia

Viernes 22 de Septiembre, 2017
Provocó el pánico a comienzos del siglo XIX. Su base de operaciones estuvo en la bucólica aldea gallega de Allariz. Dio origen a todo tipo de leyendas y mitos. Le podemos considerar como el artífice de la leyenda del hombre lobo. Romasanta fue un criminal que, según su propia confesión, llegó a matar a varias personas. Sin embargo, se libró del garrote vil al ser considerado el primer caso documentado de licantropía clínica digno de ser estudiado. Sus fechorías fueron seguidas en medio mundo… menos aquí. Escribió una de las páginas negras de la historia.
MADO MARTÍNEZ

Las tierras del norte gallegas, cuna de mitos y leyendas, se convirtieron en el siglo XIX en el escenario de una auténtica historia de terror. Manuel Blanco Romasanta venía al mundo en el año 1809, aunque cuando bautizaron a aquella inocente criatura en la aldea de Regueiro, Esgos (Orense), nadie imaginaba que acabaría convirtiéndose en uno de los asesinos en serie más despiadados. No en balde se le ha llegado a calificar como el primer asesino en serie de la historia de España.

No medía más de 1,37 metros y al parecer tenía un carácter “tierno”, según decían. En 1831 y a la edad de 21 años contrajo matrimonio con Francisca Gómez Vázquez, vecina de Soutelo. En los años de casado se dedicó a vender quincalla por los pueblos, aunque era considerado por sus vecinos como un hombre culto porque sabía leer y escribir, cosa poco común y excepcional en la época. Los primeros años de su vida transcurrieron sin sobresaltos. Romasanta llevaba una vida monótona en el seno de su hogar, junto a su esposa. Cumplía con su trabajo entre baratijas, agujas y pespuntes, pues era muy aficionado al arte de tejer. La cosa cambió con el fallecimiento de su mujer quien, contra todo pronóstico, no murió a manos de su esposo, aunque sí marcó un antes y un después en el devenir de los acontecimientos, pues fue precisamente la muerte de su esposa la que, por lo visto, motivó un radical cambio en la vida de Romasanta.

El recién enviudado contaba con 24 años cuando cambió de oficio y se convirtió en buhonero de altos vuelos. Al principio su radio de acción se limitaba al área de Esgos pero posteriormente fue ampliándolo por toda Galicia. Si hacemos caso a la tradición oral, Romasanta empezó a incluir en su catálogo de venta un singular ungüento bastante popular en la época: grasa humana. Diversas fuentes documentales apuntan al hecho de que existía la creencia de que la grasa humana era un remedio infalible para multitud de males, un producto en todo caso milagroso por el que se llegaban a pagar grandes sumas de dinero. Los hermanos Cástor y Félix Castro siguieron las huellas que Romasanta había dejado en Galicia como “homo do unto” o “el del unto”.

Estos investigadores dibujaron un perfil de Romasanta claramente relacionado con el tráfico de grasa humana.

ASÍ ENGAÑABA A SUS VÍCTIMAS
La primera acusación de asesinato le señalaría como presunto autor de la muerte de un antiguo prior de San Francisco de Rocas. También hay sospechas de que en 1834, justo el año en el que quedó viudo, mató a Manuel Ferreiro, vendedor ambulante de Xinzo da Costa-Vilardecás-Maceda con el que viajó a Portugal. En 1843 empezó a recorrer los pueblos de León con una tienda ambulante. Por aquella época  ya le había prometido a Catalina Fernández, del pueblo leonés de Cubillas, que se casaría con ella, pero la acusación de haber matado al alguacil Vicente Fernández en las proximidades de Ponferrada truncó sus planes.

Romasanta consiguió escapar de  la custodia policial y halló refugio en una aldea gallega abandonada llamada Ermida, donde no había ni un alma humana, sólo ganado. Convivió con las reses durante varios meses. La geografía gallega, rica en bosques y zonas aisladas o poco pobladas e incomunicadas entre sí, especialmente en invierno, puede ser un lugar ideal para esconderse. Una vez pasado el peligro, reanudó su camino de terror. Por lo visto, la amenaza de captura no logró disuadirle de sus impulsos asesinos.

En 1843 reapareció en la vida pública y se fue a vivir a Rebordeachao, su nuevo cuartel general de operaciones criminales. En los dos primeros años de su nueva existencia allí vivió en la casa de Andrés Blanca, para quien trabajó como jornalero. Andrés y su familia le tenían cariño pues, por lo visto, Romasanta despertaba simpatía y siempre estaba dispuesto a faenar en lo que fuera salvo –sorprendentemente– en la tarea de sacrificar animales porque no soportaba ver la sangre.

En esa época, si hacemos caso a la causa judicial, llegaría a matar como mínimo a nueve personas, todas ellas mujeres y niños, pero nunca fue capturado. Romasanta tenía una inteligencia fría y calculadora, según los expertos que posteriormente la examinarían durante el juicio, y logró despistar a las autoridades durante varios años. De modo que logró pasar desapercibido entre la población local vecina de Rebordechao, y ganándose alguna que otra amistad. El hecho de que se dedicara a bordar, tejer y hacer calcetas –el oficio de sastre tejedor era considerado propio de las mujeres– le dio cierta fama de “afeminado”, lo que pudo contribuir a ayudarle a ganarse la confianza de las mujeres.

Su modus operandi consistía en engatusar a las mozas enamorándolas y/o ofreciéndoles un futuro mejor. Al parecer, incluso les escribía cartas encantadoras. A eso se dedicó desde el año 1846 a 1851, ofreciéndose como intermediario y guía para llevarlas a servir en “buenas casas de Ourense y Santander”, que, por aquellos entonces, era uno de los trabajos más cotizados a los que podía aspirar una mujer procedente de un entorno rural. Convenció a varias mujeres de Rebordechao y Castro de Laza para lanzarse a esta aventura laboral en la gran ciudad con la que muchas soñaban. En el siglo XIX las distancias eran mucho más largas que ahora, los medios de transporte eran limitados y lentos, y las comunicaciones escasas o inexistentes. Galicia había visto a muchos gallegos emigrar con la promesa de escribir y dar señales de vida de los que nunca se volvió a saber nada. Cuba está llena de hijos de gallegos que nunca escribieron una carta a los familiares que dejaron atrás en España. Tal vez por eso, a pesar de que las mujeres que un día partían con Romasanta en busca de un futuro mejor en la gran ciudad jamás volvían a dar señales de vida, sus seres queridos no pusieron el grito en el cielo al principio. Era extraño, pero no tanto.

MUJERES Y NIÑOS
Entre los nombres de aquellas mujeres y niños que un día se fueron con Romasanta para no volver más se encuentran Manuela García Blanco y su hija Petra; Benita García Blanco y su hijo Francisco; Antonia Rúa Caneiro y sus hijas Peregrina y María Dolores; y Josefa García Blanco y su hijo José. Los años pasaban y aquellas mujeres y sus hijos parecían haberse esfumado. Nadie había vuelto a verlos. ¿Dónde estaban? ¿Qué había sido de ellas? Según los hermanos Cástor y Félix Castro, las únicas noticias que se tenía de ellas llegaban “por boca de Romasanta”, así que la gente empezó a recelarse que el buhonero las había asesinado en la sierra de San Mamede para sacarles la grasa y venderla después en las boticas de Chaves, a unos ochenta kilómetros de distancia de Rebordechao. Al fin y al cabo, ¿no se dedicaba aquel personaje a vender ungüentos? Ahí fue cuando empezaron a colgarle el sambenito de “homo do unto” o “el del unto”. Sin embargo, estas sospechas no fueron lo suficientemente contundentes como para alarmar a los vecinos quienes, probablemente, acostumbrados a mitos y leyendas, achacaban aquellos comentarios al efecto de los rumores. Además, nadie le había sorprendido jamás en sus actos grotescos ni había dejado huella de sus crímenes.

Si nos dejamos guiar por los hechos relatados en la causa judicial, Romasanta mató durante años de forma discriminada –mujeres y niños–, burlando a la justicia. Era en los bosques de Redondela y Argostios donde cometía sus atroces actos de maldad humana.

JUICIO AL HOMBRE LOBO
La suerte no podía acompañar eternamente a Romasanta, y su miserable avaricia de buhonero acabaría jugándole una mala pasada, pues no contento con asesinar, también se dedicaba a vender  las ropas y enseres personales de sus víctimas en un acto que podría calificarse como el colmo de la miseria y la ruindad. Un buen día, Luis y María Blanco, hermanos de dos de las muchachas desaparecidas, Manuela y Benita, vieron un día que una mujer a la que llamaban la “tía Ángela” iba vestida con las ropas de sus hermanas. Lógicamente, dieron la voz de alarma a las autoridades y la policía empezó a estrechar el cerco en torno a Romasanta. El asesino planeó su huida y se las apañó para salir de Galicia con un pasaporte falso. Permaneció refugiado en Nombela, Toledo, confiando en que las aguas acabarían calmándose y la policía se olvidaría del asunto. Al fin y al cabo, ¿quién iba a delatarle? Allí nadie lo conocía. ¿O sí? Pues parece ser que sí, porque dos gallegos que casualmente pasaron le conocían, sabían su historia y le reconocieron de inmediato. Sabían que estaba en búsqueda y captura, así que llamaron a la Guardia Civil y le arrestaron poniendo fin a varios años de terror.

Continúa leyendo este reportaje en el número 147 de la revista Historia de Iberia Vieja

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