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El siglo de Ayala

Martes 30 de Octubre, 2018
Fue uno de los grandes intelectuales de la pasada centuria y hoy vuelve a ocupar titulares culturales después de que Días felices, un estudio de sus grandes obras, haya ganado premios por conocer al literato mejor que nadie. Javier Martín

La figura de Francisco Ayala cubre más de un siglo, y no nos referimos únicamente a su dilatada y muy bien aplicada biografía. En la obra de Ayala se enfunda buena parte del recorrido literario de la centuria más activa en innovaciones, la del siglo XX.

Porque Ayala conecta con la vanguardia, con cierto realismo de valor simbólico, con las impresiones históricas más profundas e incluso es un pionero en la reflexión sobre las formas de arte que se van asentando como tales en España –Indagación sobre el cinema es uno de los primeros ensayos sobre el séptimo arte escritos en nuestro país–.

Ayala fue uno de esos pocos individuos que se convirtió en un clásico en vida. En cierto modo, él solo es una historia. Una historia que comienza al borde de la primavera, y en Granada, un 16 de marzo de 1906. Y desde niño se engancha al trapecio de la diversidad. Y va formando su mentalidad abierta.

Su padre pertenecía a una familia de terratenientes andaluces, con unos valores muy tradicionales; por su parte, la familia materna formaba parte de la elite cultural andaluza, con una mentalidad mucho más abierta, e incluso su abuelo materno, de profesión médico, llegó a ser rector de la Universidad de Granada.

Bajo el embrujo de la ciudad andaluza, creció el niño Francisco, primogénito de siete hermanos que sobrevivieron a la infancia, y, ya en la adolescencia, se traslada con su familia a Madrid, con la vocación artística asomando entre las venas de una creatividad que tiene en su amor por la pintura otra inclinación troncal.

“A la edad de diecisiete años, poco después de trasladarse con su familia a Madrid publica su primer artículo, un breve comentario de un cuadro del pintor cordobés Julio Romero de Torres”, nos recuerda Carolyn Richmond, su esposa desde 1999, en la introducción de su libro Días felices.

Sin haber llegado a la veintena, Francisco Ayala publicará el primero de sus muchos libros, Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), al que sucederá un año después Historia de un amanecer. Si bien, sus primeros intentos quedan marcados por un estilo tradicional, pronto comienza a adentrarte en los escritos vanguardistas, cuyas invenciones reúne, en 1929, en El boxeador y un ángel y en Cazador en el alba.

De esta época es también Indagaciones sobre el cinema, el primer libro de cine publicado por un autor español. Nada menos. No es de extrañar que fuese Ayala quien, tras sentir la fascinación del cine, se lanzase a escribirla. Porque su sensibilidad le hacía interesarse por cuanta novedad cultural surgía en la sociedad.

EN PRIMERA LÍNEA DE LA HISTORIA
Y quién sabe si fue esta sensibilidad o simplemente una intuición lo que llevó al escritor a uno de los puntos más dinámicos culturalmente de Europa, a Berlín, donde estuvo en 1929 y, de nuevo, en 1931.

Esta estancia, en palabras de Richmond, resultó determinante: “además de mejorar su conocimiento de la lengua alemana, algo que le permitirá realizar traducciones al español todavía imprescindibles, enviará a la revista Política de Madrid las primeras descripciones del nazismo en Alemania”.

Francisco Ayala está allá donde están sucediendo los hechos que cambiarán el mundo, trágicamente, y su pausada inteligencia y su energía literaria lo transmite. Y de este mismo modo, el escritor granadino vive en España los años de la anhelada Segunda República, en un periodo que centrará en su doctorado y en la preparación en busca de un puesto en la Administración del Estado, además de ganar las oposiciones a catedrático por la Universidad de Madrid.

En 1934 nacería su única hija. Dos años después, durante una gira de conferencias por Latinoamérica, estalla la Guerra Civil. Inmediatamente regresa para ponerse al servicio de la República. En 1939, tras ver cómo morían asesinados su padre y un hermano, después de la victoria franquista, parte al exilio. En París escribirá Diálogo de los muertos, su primera obra de ficción tras la guerra. Desde Francia cruzará el océano hacia La Habana y Chile, después a Buenos Aires, donde se establecerá.

Esta época latinoamericana comienza dominada por una reflexión implícita en toda su obra, pero que aquí se formaliza  a la manera de profundos ensayos interpretativos. Obras como Ensayo sobre la libertad o Razón del mundo configuran una forma de escritura y pensamiento fundamental en la narrativa española en el exilio.

El dinamismo es una constante en la obra de Ayala, nunca autocomplaciente, y también en su vida. Así se traslada a Puerto Rico, donde es contratado como catedrático de sociología y donde dirige la Editorial Universitaria y funda la revista La Torre. El universo docente cala cada vez más en su obra, con inteligentísimas aproximaciones a los grandes clásicos de la literatura –véase, por ejemplo, La invención del Quijote.

Y ese deseo de enseñar, sumado al dinamismo, lo traslada hacia la capital del mundo de la docencia universitaria, hacia el lugar donde se concentraban los mayores expertos de las diferentesramas del conocimiento, hacia Estados Unidos y sus universidades. Será en 1957 cuando comience a vivir en Norteamérica como catedrático de literatura española y latinoamericana.

EN EL CENTRO CULTURAL DEL MUNDO
“Supo aprovechar al máximo las numerosas ofertas de empleo que le brindan algunos de los centros docentes más prestigiosos del país: las universidades de Princeton, Rutgers, Nueva York, Chicago y de la ciudad de Nueva York; los colleges de Bryn Mawr, y finalmente, Brooklyn –todos ellos, con la excepción de Chicago, relativamente próximos al piso que, a poco de llegar, había alquilado en la calle 16 de Manhattan–“, nos relata Carolyn Richmond.

De un campus a otra, don Paco se mueve como pez en el agua, mostrando su conocimiento de su materia preferida, la literatura, y dando forma a algunas de sus obras maestras en la materia de crítica literaria, siempre original, siempre desprejuiciado. Es en esta época también cuando da forma a algunas de las obras emblemáticas de su bibliografía, entre otras la primera parte de El jardín de las delicias.

También son frecuentes sus viajes a Europa, entre otros países a su siempre en la memoria España, donde, en la capital, comprará un piso en el año 1964, “en la calle del Marqués de Cubas”. De algún modo, Francisco Ayala se está preparando para volver. Y regresará definitivamente tras la muerte de Franco, en 1976.

Época, en la que sin prisa pero también sin pausa, recibirá el reconocimiento que durante décadas le ha negado su patria –aunque como Ayala recordará en más de una ocasión “la verdadera patria del escritor es su lengua”. En el año 1984 ingresará en la Real Academia Española; en 1988 recibirá el Premio Nacional de las Letras; en 1991, el Premio Cervantes; en 1998, el Príncipe de Asturias de la Letras.

Todos los reconocimientos literarios de su país natal recaen, poco a poco, en el escritor granadino, jalonados con innumerables doctorados Honoris causa en un buen número de universidades. En 2006, la celebración de su centenario en vida desencadenó un sinfín de homenajes, también la inauguración de la Fundación Francisco Ayala, que hoy insiste en dar “una nueva vida, la vida literaria”, en palabras de Richmond, al autor granadino.

Bien lo merece una obra amplísima, difícil a veces, que con textos como el referido El jardín de las delicias, o uno de las grandes genialidades de los libros de memorias en español, Recuerdos y olvidos, hacen de él un clásico que reivindicar y, sobre todo, un clásico que hay que leer.

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